miércoles, 11 de mayo de 2011

Samuel B. Frisancho: Carlos Oquendo de Amat a las letras puneñas 1999 Un Premio para recordar…

Escribe: Walter L. Bedregal Paz

Escribir del periodista práctico, Director del diario Los Andes, abogado de profesión, el Dr. Samuel Frisancho Pineda, es poder entablar primero un breve concepto y objetivo del aporte que dejara a nuestra prensa escrita en nuestra región, en aquella imparcial, no comprometida que no fue dirigida por poderes públicos, ni sometida a ninguna clase de censura, y que ahora podemos descifrarla y considerarla como un elemento de gravitación esencial de todo estado libre, más aún si se trata de una prensa de publicación diaria o difusión permanente como fue es, y espero sea la publicación del diario Los Andes, Decano de la Prensa Regional, que con el esfuerzo de aquel hombre se constituye ahora en un bastión firme para la práctica de una democracia acorde a nuestra época y, lógicamente, para que sus lectores puedan adoptar determinadas decisiones de carácter político, cultural, literario o de otra naturaleza, tendrán que estar también ampliamente informados, además de estar actualizados, para de ese modo conocer y comparar entre sí, las opiniones de otros.

Samuel Frisancho Pineda, para muchos que no lo conocieron fue un hombre como pocos; trataré en esta oportunidad, tras diez años de su partida, describir una breve remembranza de su vida que tuve la suerte de compartirla casi al final de la última octogenaria década de su vida. A veces es triste recordar la verdad, y uno desea tal vez obviarla; su olvido o su estado casi de abandono en el que lo dejaban sus últimos días de vida en su entorno familiar, -en otra oportunidad entablare ese recuerdo tal vez como denuncia -. Lo que importa ahora es su labor periodística, que fue su vivir y desde temprano fue casi perfecta, a pesar de su desorden, pasando rápidamente de los tanteos de la adolescencia – la hora impersonal, en que se buscan orientaciones a través de campos ajenos – y bien pronto el periodista se define, con notas líricas, francas, melódicas, simples, polémicas, muchas veces repetidas. Es la forma de vivir, alcanzando su culminación en los días que sucesivamente publica en sus editoriales su mensaje: notas periodísticas tradicionales, de un país - aparentemente sosegado con su libertad de prensa -, límpido, sobre sentires melancólicos, mantenía ese inacabable suspiro juvenil que a veces se resolvía en carcajadas; pero que más a menudo en nostalgias, hasta mezclándose llanto y sonrisa, como en los deliciosos de sus días lejanos. No nos engañe esta sencillez de periodista, estas formas de columbrar la vida escondían sabiduría, como las de su antecesor en la tradición puneña del periodismo que elaboró Federico More.

Pero Samuel Frisancho como periodista hacía pensar y causar polémicas, si la sencillez no debe engañarnos, sí debe sorprendernos, porque encontré en sus octogenarios años del hombre, que como indican sus trabajos publicados, ahora históricas ediciones, había conocido ya el caudal periodístico lanzado a la circulación por él desde el diario Los Andes. Samuel Frisancho no se limitó voluntariamente a formas simples y ritmos elementales, porque a la mano tenía cien complejidades tentadoras, ese hombre al margen del periodismo me comentó que también destacó en el género de poesía, en los Juegos Florales de 1941, condecorado por la Municipalidad de la Paz Bolivia con el Escudo de Armas de la ciudad de la Paz. Fue corresponsal del diario El Comercio de Lima; El Pueblo; Noticias; El Deber de Arequipa; El Sol; El Comercio de la ciudad del Cusco; fue Director de la revista del Instituto Americano de Arte de Puno; el Álbum de Oro (XVII Tomos); Antología de la Poesía Puneña (Ocho ediciones agotadas), corroboran el premio que el Grupo Editorial Hijos de la lluvia, - que presidía gustosamente, junto a la Casa del poeta peruano, aquellos días 17 y 18 de diciembre del siglo y milenio pasado le otorgaron; en el cual también logramos reunir a destacados escritores y poetas, en el marco de El último encuentro del milenio de escritores puneños, al final del fin… ese año 1999, del que nos despedimos con nostalgia, está llamado a figurar prominentemente en la historia, resultó apropiado organizarlo, pues el balance general para las letras altiplánicas del milenio – que se escapó como agua entre los dedos – fue favorable, no sólo en calidad formativa y producciones literarias de nivel, sino sobre todo ese cause desembocó en el lago de los brujos (El Titikaka), sobresaliendo una generación literaria contemporánea, aunque sin actos de rebeldía, pero que aportaron un estilo nuevo, aportes que se justifican con las temáticas que se plantean ahora.

También cabe destacar que aquel año de 1999, fue testigo no sólo del Último encuentro… sino que en los anales de la literatura puneña dejó establecido – aún hoy – para institucionalizarlo el Premio Carlos Oquendo de Amat a las letras puneñas, en sus distintos géneros otorgados, y que gentilmente apoyara en su difusión desde su dirección el Dr. Samuel Frisancho. Este Premio presentó retos posteriores para brillar con luz propia en la meseta y el cielo del Ande nuestro, pero aunque no tuvo grandes algazaras, nadie – excepto uno o dos – puso en duda que los ganadores del Premio produjeran un clímax en el proceso de la literatura puneña con sus libros publicados (los dos últimos años específicamente). Entre los que se premiaron en sus diferentes facetas estuvieron: Género Poesía, Boris Espezúa Salmón, (libro: Alba del pez herido); Género Cuento: Feliciano Padilla (libro: Polifonía de la piedra), Género novela: Jorge Flores Aybar (libro Más allá de las nubes); Género Ensayo: José Luis Ayala Olazábal (libro: Carlos Oquendo de Amat cien metros de un poeta vanguardista itinerante. De la subversión semántica a la utopía social); Género Periodismo: Periodista Samuel Frisancho Pineda, director diario Los Andes.

Entonces veíamos un altiplano mucho más unido por sus representantes en nuestro entorno, que comprometía a los que germinaban lejos nuestra literatura; forjando por ello un altiplano mucho más aglutinado, que fue un factor con el que – espero aún – Puno cuente en el ámbito nacional e internacional.

El propósito que el Grupo Editorial Hijos de la lluvia, junto a la Casa del Poeta peruano - Filial Juliaca, presidida por el poeta Fidel Mendoza, quien suscribe y era el Coordinador general del Encuentro, que tuvo como premisa: Premiar, obras que por la crítica entendida sea valorada como fundamental, que sea dentro de sus fronteras muchísimo más vasta que las que se comentan fuera.

Ya entrado un nuevo milenio, se organizó un 1er. Encuentro del milenio de escritores puneños, Homenaje a Edward Huamán Frisancho, los días 26 y 27 de enero del 2001 en las ciudades de Puno y Juliaca respectivamente, y que nuevamente desde su dirección del diario Los Andes, Samuel Frisancho apoyó en su difusión.

Al constituirse la prensa escrita del diario Los Andes en la ciudad lacustre de Puno en un fin o medio de servicio social, en esencia, cabría destacar lógicamente que otra de sus funciones primarias que dejará Samuel Frisancho, es la de educar en un sentido amplio a la colectividad, ya que a tiempo de informar y orientar, dirigir, enseñar e impulsar a desarrollar y activar las facultades, en síntesis incitó e incita a formar una conducta adecuada para que tanto el individuo como el conglomerado social íntegro, observen y hagan posible una vida pacífica, armoniosa y cohesionada.

En nuestro medio, el Cuarto Poder del estado como se le considera a la prensa, no siempre ha jugado un papel descollante dirigido hacia la construcción de una sociedad justa, progresista e integrada sino más bien han existido algunos órganos informativos desquiciadores de la unidad de la familia puneña, ya sea por razones políticas, regiones geográficas o por precautelar los intereses de determinados grupos económicos, lo cual en lugar de contribuir a la formación de una sociedad armónicamente integrada, dirigida a una población sedienta de unidad y con aspiraciones de formar una patria digna, desarrollada con la fusión de la técnica y la cultura propia del medio y, por ende, elevar esa cultura ancestral equiparando a la que tienen países considerados como de alto grado de desarrollo, ha hecho que sólo haya confianza en determinados estratos y sectores sociales hacia los medios de comunicación de masas.


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Tomado de: http://www.losandes.com.pe/Cultural/ 08-mayo-2011.

Ars láser (caosmos digital en barrido de campo de Juan José Rodríguez)


Ars láser

(caosmos digital en barrido de campo de Juan José Rodríguez)

darwin bedoya


I.- (SERMO ARTIFEX) PRIMERA RESURRECCIÓN DE LA POESÍA:

[...] Run: en Esfera, la forma de un movimiento, uno de los libros más extensos de Archie Randolph Ammons, el poeta elabora un discurso en base a ciertos elementos compositivos que el sujeto poemático va haciendo suyos en torno a tres frecuencias que arman la unicidad expresiva: la geología, la física y la cibernética. Tal vez de ahí derive el título del decimoquinto libro de este poeta norteamericano que escribe un poco alterno a compatriotas suyos como Langston Hughes, Amy Lowell o Theodore Roethke. En la página actual, empleando un paratexto de Ammons, el poeta ecuatoriano Juan José Rodríguez Santamaría (Ambato, 1979), publicó barrido de campo, el baile de la esfera (Cascahuesos editores, 2010, 72pp.). Quizá transponiendo una paramagnética electrónica que oscila entre una percepción sensorial y un discernimiento intelectivo, Rodríguez desarrolla una amplitud y una frecuencia de modulación, casi bebiendo algunos sorbos del mismo arroyo que Ammons y que, Alexis Naranjo pareciera haber gustado para escribir Ámbar negro. O, en esta misma continuidad, el poema en prosa Estado sólido de Rafael Courtoisie, Carne de píxel de Agustín Fernández Mallo y Coagula del poeta uruguayo José Manuel Barrios. Todos ellos con ciertas alusiones a la modernidad; a sugerencias físicas, cuánticas; a pintores cardinales, a filósofos del lenguaje, a cirujanos plásticos, a biólogos moleculares, a músicos de post-rock, etc. En esta línea de rizomas apunto una conciencia temática y de actualidad poética que envuelve esta tendencia en la poesía de hoy: Resurrección de la poesía.

En barrido de campo, también es posible advertir ciertos cronotopos que Gilles Deleuze apuntaba acerca del vacío y la ceniza, sobre las escrituras nómadas y rizomáticas, especialmente sobre el asunto de las multiplicidades. Esto supone que se considera, de modo especial, la constitución del libro en sus varias interpretaciones, y como ocurre en este caso, barrido de campo está hecho de materias diversamente formadas, de fechas y de velocidades muy diferentes. Velocidades de barrido. Velocidades de escape. Ars láser. Homo digitalis. Pixeles. Plasmas. Iones. El poema rompe los vidrios y la luz. El poema penetra los astros. En el libro se pigmentan las ideas, se atiende a las materias y a la exterioridad de sus relaciones. Se perciben movimientos electrónicos, líneas de articulación o de segmentaridad, estratos y territorialidades digitales, reproducciones de vídeo, filmaciones del interior cerebral; pero también líneas de fuga y movimientos de desterritorialización. Las velocidades comparadas de flujo que generan fenómenos de retraso relativo, barridos de campo. Todo eso, en imágenes y líneas y velocidades insondables. Por esa temperatura, por su registro expresivo, por la ubicuidad del sujeto poemático, por la unicidad de las seis partes que estructuran barrido de campo, puede entonces afirmarse que este texto es un libro que se sitúa en la contemporaneidad, además de su lúcida y profunda conciencia para considerar y leer el mundo digital de hoy, todo bajo el orden de una rigurosa geometría poética. Los libros, como bien dice Sloterdijk, conforman esferas, círculos de resonancias, imágenes, señales, huellas, expresiones…rostros escritos. Lecturas láser. Lecturas posibles como una propuesta o puesta en práctica de la reprogramación del mundo contemporáneo, un mundo poético escrito en prosa y con una conciencia absoluta de la brevedad y la contención del lenguaje, una contemplación del tiempo que, como se puede percibir en el libro, va entrecruzando discursos y avalanchas digitales de memoria que van aportando una cadencia desafectada pero constante, para lograr una poesía como ésta que leemos en coordenadas con el más reciente poemario que Rodríguez Santamaría ha publicado, Cromosoma, en la editorial Eskeletra, 2011.

II.- (LECTURA LÁSER) SEGUNDA RESURRECCIÓN DE LA POESÍA:

[...] Next: son ineludibles y por lo mismo inconfundibles aquellas obras en las que se puede entrar y respirar, que tienen atmósfera y clima. Que señalan rupturas y exponen propuestas. Ahora sé (está confirmado) que cada poema debe ser causado por un imperioso escándalo en la sangre. Nadie en su vida pavorosa puede llegar al paraíso con los ojos secos, nadie. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto solo; es necesario que la memoria, la sapiencia, la vida, el olvido, la lejanía, la distancia, el corazón y, los grandes miedos; y las ideas, y la sed y el lenguaje y de nuevo la sapiencia y el miedo; el riesgo, la experimentación, todos trabajen yuxtapuestos, al unísono. Mientras uno se inclina hacia la hoja, mientras el poeta se despeña en el papel e intenta nombrar la ceniza, el vacío. El paraíso está en otro lugar. Hay un pequeño ruido en la sangre. El humo, cigarrillos. Una sombra es el miedo, mientras alguien se despeña en el papel. Y esta escena nos remite, de algún modo, a lo que se decía desde las postrimerías de las vanguardias, cuando se afirmaba que la poesía, a partir de un cierto nivel, se burla absolutamente de la salud mental del poeta y de quien la lee: su más alto privilegio —de la poesía— consiste en extender su imperio mucho más allá de los límites determinados por la razón humana. Para la poesía, los únicos escollos serían la banalidad y el consentimiento universal. Desde Rimbaud y Lautreamont sabemos que los más bellos cantares son a menudo los más extraviados y lúcidos. Cantares de Nerval, Hölderlin, Donne, Blake, Eliot; Trakl, Kavafis, Celán, Pound, Rilke, todos mostraron lo más alto de su creación, de sus obras. Manifiestos que lejos de haberlos aprisionado en sus compartimientos, les dieron alas, fue como si el delirio hubiese desatado el lenguaje, como si por un puente aéreo ellos hubiesen entrado en comunicación fulgurante con nosotros. Velocidad de barrido. Por eso, releyendo barrido de campo, uno entra en la cuenta de que sucede un clima fulgurante, digital, electrónico, un aura de alta tecnología se transfigura en un decir poético. Si en este libro de Rodríguez Santamaríallueven iones, átomos, imágenes evanescentes; diremos que estamos alejándonos de las composibilidades reiteradas que tenía la poesía y que a partir de las poéticas —heterogéneas— de Héctor Hernández, Ernesto Carrión, Javier Bello, Maurizio Medo, Alejandro Tarrab, Victoria Guerrero, Miguel Ildefonso, Paula Ilabaca, Rocío Cerón, etc. La poesía ha empezado a encontrar —desde hace rato— una nueva pluralidad, una contemporaniedad que requiere nuevos espacios.

Para acercarnos un poco más a la poesía de Rodríguez Santamaría, nada mejor que transitar por el camino que conduce al proceso de apropiación de la poética del autor. Esta es una obra configurada por los matices que pulsa la poesía, que arrastran al lector hacia las esencias recreadas en un sentimiento interior de lo diferente y de la propuesta. Esto también se manifiesta en el simbolismo de determinadas imágenes recurrentes que captan la esencia de la condición humana y la desesperanza: Soy un cuerpo fracasado. (p.15). Soy un cuerpo fracasado, pero mi vergüenza ya carece de rostro. (p.18). Y mi rostro es una piedra arrojada en cada uno de mis huesos concéntricos donde no hay nombre para mí. (p.21). Este día sueño con destruirme. Volarme con un pájaro la sien del cielo para que mi cerebro se haga espuma en el mar. (p.63). El cielo es fiesta sin mí. (p.52). En realidad, buen aspecto tiene el cielo sin mí. (p.59). No quiero morir, pero quiero. (p.33). Mi cuerpo es ahora un objeto para definir la muerte en sus extremos de aplauso. (p.62). El vivir para la muerte heideggeriano constituye una dimensión inseparable de la escritura. Sobre este espacio inerte sólo pueden erigirse bastimentos de lenguaje. El lenguaje está construido de pasado y futuro —tecnológico—, y se torna en un contenedor de la muerte. Vacío, silencio, lenguaje y muerte. Arte, ciencia y tecnología cohabitan en un mismo plano. La muerte es una hora que existe. Lo mejor de la vida debe ser, sin duda, la muerte. En barrido de campo se muestran una y otra vez, casi como norma y no como excepción, las manifestaciones de libertad y desasosiego del sujeto poemático que como tal, deja de oponerse a nociones ideales de transformaciones. Sólo unas palabras bastan para indicar la posición del yo lírico y sus contextos: Cada palabra es una vuelta al silencio. (p.15).«No entres acá, hermosa palabra destruida»(p.16). Mis arterias son ramas de un eucalipto sumergido en un cielo de agua. (p.60). Esta reiterativa sensación de ruina y vacío introducen al lector en un sistema único, de manera que éste se siente como parte de una totalidad más amplia en la que está, de una u otra manera, implicado. El sujeto poemático instaura un mundo particular, transforma el sistema de referencias y de relaciones con las cosas características del mundo en que impera la vida práctica —la poesía— e instala al lector en un microcosmos extraño en el que viven las sensaciones de un caosmos digital, y dentro de este submundo, se suceden las alusiones a la tecnología, en especial a la electrónica: Reproduzco un vídeo ya reproducido dentro del cerebro: el cielo pausado. (p.40). Abrimos la canilla de las imágenes virtuales hasta la embriaguez. (p.42). El ojo es como un faro halógeno frente al reino de este mundo. Canal aleph. (p.43). Una onda hertziana dibuja una hipérbole en el cielo. (p.58). Transmisión en directo de mí. Difusión de mí. Exento. (p.44). Vibran mis párpados como un control remoto del espíritu. (p.47). El mundo digital del yo lírico en el que caben silencio, dudas, vacilaciones y temores, supone apremios, ansias de atrapar la esencia. Es posible, a través de estas imágenes digitales, percibir la particularidad de este mundo, del propósito de la vida, del vacío, y junto con él, la reinterpretación de la existencia desde la perspectiva de la esperanza. El sol se hunde en el mar y aparece la espuma de un cerebro reventado. Ars láser. Y entonces, la misión del poeta es inventar lo que no existe. Variar su forma de escribir, saltar barreras y levantarse en una delirante fragmentación poética y reflexiva, cercana o dentro del vacío: Sobre el vacío, las moléculas del señor se mueven a la velocidad de mi fe más oscura. (p.12). Mi cabeza siente en su mejilla la ceniza de una estrella no caducada todavía. (p.19). No hay lunas colgadas como tallo de trébol. Ceniza cayéndose a la tierra, trepando la escala, gravedad abajo. (p.31). Sólo estos huesos tienen una extraña solidez para el llanto. (p.34). Las aves serán profecía de otra cosa. Una vez más. Otra cosa. Siempre. (p.34). De ahí el clamor final que tiene intenciones autodefinitorias del comportamiento humano, la señal que se transfigura en la profunda innovación, el disloque de la asimilación estilística y conceptual del pensar y obrar de otros coetáneos suyos aunque exista el temor, la presencia de la muerte, la desaparición como algo natural, humano. Poco a poco la palabra y su ritmo se internan en una especie de sueño y tratan de explicar la fuerza de la imaginación: Temo al mundo, el mundo: esa carta navegada de la muerte. (p.25), La muerte: un ticket de descuento. Dos tickets de descuento. Tres. Ocho. (p.48), La muerte es una pulserita folklórica. (p.37). Esta es una meditación que parte de la palabra para llegar a la poesía. Explora la nada a través de la poesía en una singular plenitud. Abandona los rasgos convencionales de la escritura como testimonio de una época de fragmentaciones y discursos superpuestos. Rodríguez acompaña sus códigos estéticos, exhibiendo una habilidad vertiginosa para moverse, por momentos, en un registro variado de simbologías tensadas y llenas de resignificación. Así, empiezan a derrumbarse las fronteras de los terrenos reservados al conocimiento científico. La poesía comienza a explorar otras instancias, con su precisión del lenguaje, de la plasticidad de la palabra poética, de la construcción de una poética renovada como esta que se lee en barrido de campo. Este es un discurso lúcido y desconcertante.

III.- (VELOCIDAD DE BARRIDO TECHNICOLOR) TERCERA RESURRECCIÓN DE LA POESÍA:

[...] Bam: La poética de Rodríguez va eligiendo silencios y vacíos para crear un nuevo lenguaje de lo no dicho y de lo borrado. Hay un retorno a la resurrección y la poesía vive. El silencio escrito es la poesía. Ese silencio poético suena de manera natural, en una poética de la exploración, del diálogo humano, de un nuevo significado en las letras de la poesía hispanoamericana. Rodríguez Santamaría, en barrido de campo procesa un ritmo sincopado que da voz al silencio, a la imposibilidad de revertir las cenizas y el vacío, pero también al deseo de mantenerlas como fuente de luz. El fuego —y con él la ceniza— desdice su poder destructor y se ampara en su aspecto iluminativo. Así, la poesía va discurriendo dentro de una escritura en prosa para alcanzar el centro de la poesía misma: Abres los ojos como faros y la realidad es objeto desechable y la calle está cerrada por obras. (p.53). Los ojos se reemplazan pero no se cancelan de por vida, la idea es enfrentar a la lengua, al lenguaje. Porque se trata de despojar a las palabras de sus atributos, de su significado anterior para que recuperen un sentido moderno, electrónico, y entonces aplicarlo a la imagen digitalizada de esta época. El esfuerzo del sujeto poemático consiste en hacernos volver a entender cada una de las palabras como si fueran pronunciadas o leídas por primera vez. Lectura láser. A menudo, en barrido de campo, el pensamiento se violenta hasta la depuración total de la palabra y, sobre todo, provoca el imposible deseo de definir el silencio en silencio: Callejones mentales que son callejones reales en mi cerebro de islas y cobijas manchadas. La pantalla es un imago tumoral de reproducción geométrica. Este proyector de fiat lux en technicolor con su tentáculo de pulpo cordial lame mis ojos. (p.41).

En esta propuesta se percibe, además, que en ciertos momentos ocurre una suerte de ausencia, pareciera que todo sabe a ausencia: Ahora este mapa es un pliego de arcilla y ahora es una línea que se hace fronda en mi retina junto a la carretera. (p.17). En la cama, mi cerebro es una bola de goma que observa sola, parpadeante. (p.40). Se asume la nada y, la mayoría de poemas asumen un silencio, casi como una excavación o un precipicio. Y entonces se manifiesta la sensación de que el discurso es una carrera en la que cada vez que damos un paso, el suelo se derrumba detrás de este, y como que apareciesen grietas, cicatrices que se van borrando. Velocidad de barrido. Lo real pocas veces se plasma en ningún lugar y, por lo mismo, también sabe a ausencia, vacío. Lo que queremos decir, o en este caso leer, no está escrito en las palabras, con las palabras, sino en los espacios que hay entre poema y poema. En las imágenes reproducidas por un cabezal láser. Vídeos. Aporías. Velocidad de escape. Esto, también supone que las modulaciones en barrido de campo no están en el escritor, sino en su palabra, como debe ser. Así, cada vez que intentamos signar la ausencia y el vacío, nos enfrentamos a la imposibilidad del lenguaje como una unidad inquebrantable en este poemario, volvemos al lugar del cual no se puede dar cuenta y al que asistimos sin tener claro cuándo será el retorno, o cerrarnos la boca con la idea de que tal vez no exista como tal. Velocidad de escape. La estética que surge de una ausencia que puede encontrar su metáfora solamente en la poesía. Velocidad de barrido.

Finalmente, seis lecturas láser: anotaremos que si en DE TU DIALECTO [caosmos] se suscita, contrariamente a una conjunción, una bifurcación simulada entre poeticidad y realidad, simulada, porque al final convergen en una línea casi coral. En tanto que en ÁLBUM DE AUTOR [caosmos], notaremos traducciones de ocho rostros hablados, pero hablados con otro lenguaje, el pictórico a modo de ubicuidad y traslación en el tiempo: fisura y distinción. Mientras que en MARCA DE LÁSER [caosmos] los rastros digitales se hacen más notorios, casi como viéndose en una pantalla plasma de HD. En TALA Y LUGAR [caosmos] la ausencia y el vacío retornan a lo poético. Esta es una pieza de impresión pulcra sobre una forma de malestar existencial, una ineludible ausencia interior: una vocación nueva o un vicio exquisito del sujeto posmoderno. Pero sólo así la ceniza se hace fuego y ausencia presente. Tal como ocurre en el libro Fundido en negro de Jesús Jiménez Domínguez, cuando en uno de sus versos dice: al otro lado de las cosas / donde siempre llueve en un idioma secreto/y conviven intactas todas las ausencias. La idea de la ausencia y de la finitud se hace más gruesa, más tiznada en esta zona del libro. Discursos [fade in] / [fade out]. Films. Sistemas audiovisuales donde impera la oscuridad, pareciendo que de pronto la imagen terminara, pero no: todo comienza otra vez. Nada concluye. Por la misma línea [organicidad discursiva], TU CÉLULA QUE EXPLOTA [caosmos] revisa los vacíos, presencias, escritura o habla, palabra, o nuevamente el vacío. En esto de la palabra escrita, quizá se encuentre velado el anhelo de la presencia, razón primera que provoca la desconfianza en la escritura. Velocidad de escape. Para terminar, VUELVES DE TU DIALECTO [caosmos] es la escritura, y justamente por eso, al igual que el habla, dejan de ser tales, y sólo es posible que todo se torne en un borde entretejido alrededor de una ausencia que intenta asirse de la presencia, usurpando así un lugar que no le corresponde o que siempre le correspondió. Velocidad de barrido. En barrido de campo la escritura sigue siendo una máquina de líneas de fuga. Poesía que empieza por resolverse con imágenes desemejantes. Una ars láser que fecunda los nuevos pliegues de la literatura latinoamericana. Un acierto poético que va leyendo nuestros días actuales, abandonando, poco a poco, los sedimentos, los segmentos comunes, para inscribirse/escribirse dentro de la última poesía latinoamericana [movimientos ready-made, work in progress].

Azángaro, marzo de 2011

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Publicado en: www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura, dirigida por Luis Martinez S.

lunes, 11 de abril de 2011

Asedios a Cuerpo enamorado


Carlos Mendoza
Cuerpo enamorado
Colección de poesía contemporánea
Jaula de papel Nº 01
Grupo Editorial "Hijos de la lluvia"
pp.68 diciembre 2010
Juliaca Perú

En la mesa de Honor: Walter L. Bedregal Paz, Luis Pacho, Carlos Mendoza, Percy Zaga y Boris Espezúa.


Escribe: Luis Pacho

El viernes 18 de marzo de 2011 se presentó en la Casa de la cultura de Puno, el libro de poesía Cuerpo enamorado (Hijos de la lluvia, 2010) del joven poeta Carlos Mendoza. El presente es el comentario del libro deslizado aquella noche, en el que participaron también los poetas Percy Zaga y Boris Espezúa.

Divido en tres partes, Cuerpo enamorado es la ópera prima del joven poeta Carlos Mendoza (Ayaviri, 1990). Cuerpo enamorado es también el título de un poema del libro Noche oscura del cuerpo del gran poeta peruano Jorge Eduardo Eielson. Y en efecto, el aura y la poética de Eielson, parecen discurrir en cada poema, en cada verso del libro.
Si bien el conjunto de textos no reflejan una preocupación preponderante por lo social, por la coyuntura o por los problemas económicos y políticos, como fue el referente mayor de la poesía de los noventa; aquí notamos más bien, una mirada a los espacios cotidianos e íntimos, en el que predomina, como lo sugiere el título, los asedios o aproximaciones líricas en torno del cuerpo como tema central. Alguna vez habíamos dicho que, a la poesía de esta nueva hornada, digamos del Post-2000, parecía ganarle terreno aquellos textos lacrimosos al terruño y al simple amor romanticón, o aquella poesía alegórica, descriptiva y paisajista. Pero, este no es el caso. Se puede leer un tratamiento adecuado del lenguaje, con ese ya conocido tono conversacional y coloquial que parece caracterizar a la poesía última.
En la segunda y tercera sección del libro (Poema y La ventana de mi cuarto), se puede percibir nítidamente aquella conocida especulación acerca de la condición humana frente a la realidad social, desde el yo. El hombre frente a la tentación del silencio, al acoso de la soledad. Es decir, un tránsito espiritual interior, donde el cuarto parece ser el espacio propicio de ese viaje, y las ventanas un escape de ese mundo íntimo, personal e individual.
En ese sentido, el presente libro, es también, una forma de tomarle el pulso a esta nueva hornada, una mirada a esa especie de coordenada que se ha ido formando en estos últimos años en la literatura puneña. La tradición de la poesía puneña transita, efectivamente, entre la continuidad y la renovación. Cuerpo enamorado, es una muestra palpable de esa afirmación, y coadyuva a su fortalecimiento. Otro aspecto a resaltar en Carlos Mendoza es la audacia en publicar un libro. Desde la calidad de su edición, que caracteriza al Grupo editorial Hijos de la lluvia con Walter Bedregal a la cabeza, y la juventud del autor. Este su primer libro es una buena señal y nos augura un fructífero tránsito en la ruta de la poesía. Recordemos que nuestros más grandes poetas han empezado a escribir y publicar a muy temprana edad. El caso del autor de 5 metros de poemas, Carlos Oquendo de Amat o el caso de Javier Heraud, son ejemplificadores en este caso.
Sabemos que esta hornada está viviendo una tenue restauración de la democracia, opacada por la corrupción, después que Fujimori terminara destruyendo incluso la conciencia estética. Y, a pesar de que nos embarcamos en un mundo avasallado por la tecnología, la informática y la masiva propaganda de los medios de comunicación, cuyos pretenden convertirnos en apenas una pequeña provincia de la aldea global, en el que el ser humano pareciera una pieza más de esa maquinaria, congratula que haya seres humanos que se resisten a entregarse mudos y sumisos a este discurso, que se resisten a ser un dato más; y creo que esos seres son los poetas.
De todas las artes, decía el crítico Gonzáles Vigil, que la poesía era la que menos se vinculaba con la economía de mercado, y que por eso precisamente expresaba los mecanismos más esenciales del hombre de una manera menos alienada. Es por esa razón, reitero, es gratificante y positivo, saber que la poesía se resiste a morir. Necesitamos más poetas, este mundo necesita poetas. Y en eso también consiste la audacia del poeta Carlos Mendoza.


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Publicado en el diario Los Andes Puno, domingo 10de abril, 20111.

viernes, 8 de abril de 2011

Una lectura del silencio o la poesía de Eduardo Moga



Una lectura del silencio o

la poesía de Eduardo Moga



darwin bedoya


La obra poética de Eduardo Moga está compuesta de unos 12 libros. Se puede hablar entonces de trabajo extenso y, en consecuencia, arduo. Un trabajo poético que a la vez es acompañado por las reflexiones críticas que incluyen un sinnúmero de ensayos y artículos literarios. A propósito de la aparición de su más reciente poemario Bajo la piel, los días (Calambur, 2010) mostramos aquí una breve selección de los poemas que nos han gustado casi hasta la maldición del silencio. Destacamos poemas de este libro, Bajo la piel, los días, donde el autor, una vez más nos muestra su dominio, su maestría con el oficio lírico.


Creo que en cualquier poema de Moga podemos encontrar la fuerza metafórica, el silencio, la musicalidad, el ritmo, la riqueza y fuerza de la palabra, la autenticidad de las imágenes (en este último libro creo que pesa más la experimentación y la propuesta), todo ello hace que lo conviertan en un poeta diferente, único, difícil de encasillar, irrepetible. Moga es un poeta en el más hondo sentido de la palabra. Un poeta que todavía está por seguir descubriéndose. Y es que su poesía tiene la fluidez de un río, la serenidad de un día de otoño y la hondura de la noche.


(Letanía a modo de poética)


POESÍA PARA…

Poesía para desnudar la palabra.
Poesía para que se encienda la piel.
Poesía para conjurar el miedo.
Poesía para interpretar el caos.
Poesía para razonar los sueños.
Poesía para hacer exacta la alucinación.
Poesía para ver lo invisible.
Poesía inútil.
Poesía para la belleza.
Poesía contra la estupidez.
Poesía frente a la intemperie.
Poesía para llegar al día siguiente.
Poesía para tener tema de conversación.
Poesía para respirar.
Poesía para sustituir al grito.
Poesía para follarnos al lector.
Poesía para que el poema nos folle.
Poesía porque es lo único que sé hacer.
Poesía para que la oscuridad sea luz y la luz, oscuridad.
Poesía para vivir más.
Poesía para decir "te quiero".
Poesía para eyacular.
Poesía sin poéticas.
Poesía para la revolución.
Poesía para la nada.
Poesía para todas las palabras.
Poesía en silencio.
Poesía para que no nos engañen.
Poesía porque no se vende.
Poesía para el poema.
Poesía para ser libre.
Poesía para los amigos (y los enemigos).
Poesía de lo inverosímil y de lo cotidiano.
Poesía para crear otra realidad.
Poesía porque de algo hay que morir.
Poesía para no pensar en la muerte.
Poesía porque es divertido.
Poesía para llevar la contraria.
Poesía para tener razón.
Poesía porque no me da la gana escribir prosa.
Poesía porque no sé escribir prosa.
Poesía para rezar.
Poesía para que nos quieran más.
Poesía para preservar el espíritu.
Poesía por facilidad de palabra.
Poesía porque suena bien.
Poesía para que la palabra diga lo que dice.
Poesía para que la palabra diga lo que no dice.
Poesía para comprenderme.
Poesía para convivir con la contradicción.
Poesía para vencer al pudor.
Poesía para olvidar el tiempo.
Poesía para sentirnos diferentes.
Poesía para que nos pregunten: "¿Qué ha querido Ud. decir con...?"
Poesía porque no rima.
Poesía para recordar.
Poesía por imitación.
Poesía para tener algo que hacer los fines de semana.
Poesía como prótesis.
Poesía como consuelo.
Poesía para entretener la espera.
Poesía para seguir escribiendo "poesía para..."
Poesía por vanidad.
Poesía poro.
Poesía para que se nos ocurran versos al acostarnos (y no los recordemos al despertarnos).
Poesía para que nos deseen las mujeres (o los hombres).
Poesía para que nuestro padre nos apruebe.
Poesía para que nuestro padre nos repruebe.
Poesía para cagarnos en alguien.
Poesía, siempre, para la emoción.
Poesía porque poesía.


POEMA III

[TIENE EL CUERPO ANCHO…]


Tiene el cuerpo ancho; la constituye una pureza redondeada. Verifico el himen: un lienzo sin estrías, de un granate próximo al escarlata, como el corazón de una geoda. Está temblando, pero su temblor no se corresponde con mi pasividad. [Es el fruto de la inminencia: la previsión de una puñalada líquida]. La piel se inclina: el sol —que penetra en el cuarto por las aberturas de las persianas, aunque haya tenido la delicadeza de bajarlas— le inyecta turbiedad; la vulva dentellea, contraída por la voluntad de asir, pero no encuentra objeto; las axilas resplandecen de albúmina, secretada por la anticipación del placer [el orgasmo es una idea, a cuya formulación sirven los mecanismos del cuerpo: se requiere la información que aportan las células y la lucidez desesperada que inspira el miedo; ambas obran con sigilo, como escolopendras que se introdujeran en una casa por una irregularidad de sus cimientos; también participan el recuerdo de las pieles con que nos hemos abrigado y el de las pieles que hemos oído, las esquirlas del azar y el daño, la ceniza y la humedad de la ceniza].


[Otro temblor, recorrido de azul —un azul que desagua en negro—, me rodea: lo tiznan reminiscencias de mandarina. Olas lábiles se alían con encinas que cuchichean, y de su alianza resulta un rumor de plata, afilado como el oxígeno. Hay una ventana abierta, por la que olemos el mar, y una luna voluminosa, apoyada en su alféizar, y un revuelo de pieles, entre sábanas acuosas, en las que hemos escarbado. Las gaviotas orlan la caperuza tintada del Peñón con el encaje de su planear ceniciento. Dices: a lo que renuncio es lo que construyes; huyo, pero no me muevo; abasteces mi miedo, y lo transformas en ojo que lame, en soledad que palpa; oscuro, agregas luz].


Está en la cama deshecha; se deshace también, modigliani gruesa. Distingo las melladuras de su sonrisa, rodeada de un carmín exhausto. La piel oscila del rosa al atardecer: posee una tersura tónica, de negruras intermedias. Destacan los pómulos, los pezones, la vergüenza: el andamiaje turbulento de la sangre. Observo que los pies no son feos [casi siempre lo son: me sorprende su regularidad, que sólo hallo en los de los niños]. Compruebo su entrega y su turbación: se asoma al abismo de lo sólido. Sigue temblando, y me espanta mi serenidad. Husmeo en la vagina: mi lengua husmea.


Nos miran las cosas enturbiadas por el deseo, que se filtran por el alambique de la penumbra. Oigo, en la habitación contigua, la conversación estruendosa de los vecinos [son negros; la noche anterior les pedí que hablaran más bajo: no me contradijeron, pero no hablaron más bajo; de hecho, tocaron un tambor].


Quédate, me dice.

Tengo que irme, le respondo.

Me fela, pero me retiro: siento sus dientes; roza la mordedura.

Suena el teléfono. He de contestar, le digo.

Lo hago. «Ahora es un mal momento», digo. «Me lo imagino», responde mi interlocutor, cuya sonrisa oigo. Cuelgo.


Vuelve a chupar, sujetando el caño con ambas manos. Esta vez comete el error contrario, y no aplica la suficiente presión. No tiene costumbre, conjeturo.


Lamo yo. Tengo miedo de hacerle daño. Me aprieta la cabeza con los muslos: muslos columna, muslos mandíbula, muslos mazorca. Siento la rojez de su ansiedad; el placer que le proporciono es agridulce, como su coño. La penumbra se blanquea, lijada por el sol; braceamos en la penumbra como en una piscina amniótica. Su cuerpo se instala en mí, encendido y helado: escala, escupe, interroga.


¿La razón de que no la desflore es que no creo que deba ser yo quien lo haga, como argumento, o que no estoy seguro de satisfacerla, es más, que no me siento capaz de vencer la pereza —y el temor— que me inspira esa obligación?


¿Creo en lo que hago? ¿En los dientes, vagabundos, que abrazan a otros dientes, y despeinan a las mucosas, e indagan en la lava leve de la saliva? ¿Creo en la muchedumbre de las manos? ¿En los testículos que se extravían en su boca, y en los que tamborilea la lengua?


[Las palabras no tienen cuerpo; o bien su cuerpo se agrieta, como una lechada antigua. Ya no puedo cancelar sus fisuras, su rubor encrespado, su enfermedad de tea. Las palabras afirman, pero su afirmación no constituye ninguna certidumbre. Las encalo, pero me incriminan; hurgo en ellas, pero eluden mi abrazo: saben de su debilidad, que es la mía. Escribo y detesto escribir; la escritura, no obstante, me viste: es otra desnudez].

Le devuelvo las bragas. Le regalo libros con los que no quiero cargar. Cierro la maleta.

(de Bajo la piel, los días)


POEMA VIII

[AYER PENSÉ QUE HOY PODRÍA ESCRIBIR UN POEMA…]


Ayer pensé que hoy podría escribir un poema. Hacía tiempo que no escribía ninguno. En realidad, me asigno otras tareas, en prosa, para no sentirme obligado a escribir versos. Pero ayer se me acabaron los quehaceres, o, mejor dicho, ninguno se me imponía con tanta urgencia como para no poder dedicarme a otras actividades. He terminado de corregir la traducción de Libro de amigo y amado: he llegado a ese punto, cuya determinación es intuitiva, en el que cualquier cambio la empeora, aunque no sea inmejorable [ninguna lo es: toda traducción caduca; toda traducción, según Benjamin, «está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua»]. Para los artículos pendientes sobre el realismo sucio [no sé qué voy a decir: apenas me interesa el realismo sucio: su dicción es tan seca que se rasga, y el desgarrón sólo revela, casi siempre, una vaciedad iletrada. Sin embargo, alguna vez, la hendidura se abre al abismo: la voz, de tan áspera, se coagula en espanto, y se detiene, sobrecogida, al borde mismo del despeñamiento] y la poesía de A. F. M. aún no he hecho las lecturas debidas: no puedo, pues, ponerme a escribir, aunque ello no sería un obstáculo para muchos: el reverendo Sidney Smith, que reseñaba novedades para el Edinburgh Review a principios del siglo XIX, afirmaba no leer nunca el libro antes de escribir su crítica, para que no le creara un prejuicio. [Hace poco he leído esta anécdota atribuida a Óscar Wilde, a quien cabe asignar —como antes se hacía con Quevedo en España— cualquier facecia o chascarrillo de la historia de la literatura: in dubio, pro Wilde.] Lo de A. F. M. me preocupa, porque he de entregar diez folios antes del próximo dieciséis de octubre, y sólo ver los tres gruesos volúmenes de sus poesías angustiosamente completas me levanta dolor de cabeza. Tengo sus libros junto a mí, en un estante, a la altura de los ojos [mi biblioteca se ordena alfabéticamente, pero su disposición se tambalea: los libros, que no dejan de afluir, ya no caben en pie y rellenan, tendidos, los espacios entre baldas; promiscuos, se apiñan, se refriegan, incurren en orgías horizontales]; entre ellos se cuentan muchos cuadernillos y plaquettes, algunos de ínfima condición: A. F. M. publicaba, en cualquier sitio, todo cuanto escribía; no quería privar al mundo de la sublimidad de su estro. Les he echado un vistazo antes de empuñar el lápiz. A menudo lo hago: hojear poemarios al azar, sin ningún propósito, sólo para convocar a la inspiración [la inspiración es corregir sin fin], o para que pase el tiempo y esté así más cerca el momento de levantarme de la mesa. Limpio el tablero a papirotazos, afilo el lápiz, repaso inútilmente los papeles inútiles que se acumulan a mi alrededor [muchos de los cuales son poemarios, abnegadamente compuestos, que sus autores quieren ver publicados: no se dan cuenta de que nunca verán la luz, o de que lo harán en condiciones vergonzantes, y de que jamás cobrarán la relevancia a la que aspiran; qué glosa interminable, por lo demás, es la poesía: qué laboriosa perífrasis]: todo para despejar un espacio en el que pueda alojarse la palabra. A veces, me quedo quieto, sin pensar en nada, mordisqueando el extremo del staedtler, sintiendo que el tiempo pasa como una gamuza por un aparador.


Llegado a este punto, me doy cuenta de que aún no he escrito ni una sola palabra poética, o, por lo menos, animada por una voluntad poética: no me ha costado escribir hasta aquí. Sólo si la palabra se resiste, es poesía; los versos calamo currente no son, en realidad, versos.


En la mesa se abre una grieta. [«El poeta es un cultivador de grietas», ha escrito Juarroz.] Dentro están mis ojos. [También se resquebraja el agua del vaso; y el vaso, intacto.] Los almohadones han perdido su blandura. Algo incomprensible entumece los músculos, el folio en el que escribo «el folio en el que escribo» [que pertenece a un poemario rehusado, ignoro de quién: utilizo el dorso de tantas páginas desechadas para consignar mis borradores; la poesía es el humus de la poesía], el cielo, convertido ahora en una membrana imposible, en una sopa quebradiza. Se luxa lo negro, a la par que me ilumina; se encona lo negro, me descoyunta, nieva. La ropa con la que me visto es, de pronto, una corteza impalpable, un peto de escarcha. El aire me lamía, como un ciego que tanteara un rostro no oído, pero ahora se endurece como la brea, y destila cosas no fluidas, y olvida mi nombre, y el lugar en el que he de morir, y mi número de teléfono, y todos los lugares en que ya he muerto. Los lápices se distienden hasta volverse serpientes, y ondulan como lágrimas, y se desvanecen. Observo que mi caligrafía ha empeorado: se despliega, inacabada, con prisa. [No he perdido el hábito de cerrar los trazos circulares, siempre con portezuela, ni de prolongar los rectos, con frecuencia demasiado lacónicos. Así ha sido desde la adolescencia. En algún sitio he leído que es un rasgo propio de los perfeccionistas.] [Compruebo con desaliento que ya he escrito sobre mi caligrafía en el poema anterior. Mi primer impulso es suprimir la repetición, pero decido respetarla: ¿por qué debería ocultar que el poema versa sobre el acto de escribir, es decir, que no tengo nada que decir, salvo que digo? ¿Por qué erradicar las redundancias, los pleonasmos, los tartamudeos, como si fuera un deber higiénico, si la reiteración nos define: palpitamos, balbuceamos, ardemos? Por otra parte, ¿cómo he podido olvidar que ya había escrito lo que escribo?] Cuanto nos rodea, ¿seguirá siendo? [Pienso en Agustín de Foxá, fascista y perspicaz, amante del pormenor y la cizaña, y en el poema mortuorio —casi un jisei— hallado entre sus manuscritos inéditos: «Y pensar que después que yo me muera / aún surgirán mañanas luminosas, / que bajo un cielo azul, la primavera (…) / encarnará en la seda de las rosas. // Y pensar que, desnuda, azul, lasciva, / sobre mis huesos danzará la vida, / y que habrá nuevos cielos de escarlata, / bañados por la luz del sol poniente, / y noches llenas de esa luz de plata…»] El día que me inyecta su azul ¿se volverá incoloro? El árbol que me anuncia con su entereza su fragilidad ¿permanecerá, adelgazará, nacerá? Las flores que, encendidas por el agua, devienen tildes inmoderadas en el aire, ¿recitarán la tabla de multiplicar, practicarán la usura, sugerirán un mundo inmaculado o abyecto? Cuando yo sea otro, y me recubra de pieles ilegibles, y vea con los ojos de aquellos a los que he odiado, ¿estaré aquí —con mi cólera, en mis zapatos, asido a mi transcurrir— o me exiliaré en los huesos? ¿Dormiré o seguiré flotando en el lago sin orillas de la conciencia?


[Lo anterior sí es poesía: participa de la ambigüedad de lo absoluto: de lo que no puede ser dicho de otra manera; no significa: insemina; y cada palabra es arrastrada desde la vibración que la ha propiciado hasta el lugar que ocupa en la página. Ha atravesado la maleza de los sentimientos, y el grosor de los ecos, y la falsedad de los símbolos. Como siempre, temo la hipérbole: su filo máximo, que acaba por ser romo.]

(de Bajo la piel, los días)


[ESTOY AQUÍ, PERO ME ALEJO…]


Estoy aquí, pero me alejo. Pesan las vísceras, los calendarios. No obstante, me aparto de quien soy: de quien da sorbos a la cerveza, de quien lee con desgana el periódico, de quien ve envejecer al mundo y se ve envejecer con el mundo. Me miro los pies sarmentosos, apoyados en un escabel fatigado, y no sé a quién pertenecen. Los pies quieren escapar, hartos de entroncar conmigo, o de ser mi desembocadura. Y lo que digo enmudece: no se posa en el borde de los muebles, ni en las hojas de los plátanos [que aletean, encadenadas a un viento púrpura], ni en las cosas cercanas y remotas; por el contrario, vaga sin fe en los sonidos, sin esqueleto que informe su enunciación —o con un esqueleto laxo, espina apenas de sus llamas—, y se exacerba entre rosas, o esparce sus enigmas, o se aferra al pecho de lo sido, al dolor con el que zigzagueo entre mis ruinas palpitantes.

[Soy consciente de mi deriva. Las palabras asoman sin que medie la voluntad: son coágulos fluviales o acelerados remansos de sangre, que a veces se agrupan en nebulosas o en ascuas oscuras. Me avengo a su impulso: lo busco. El lápiz no corre tan deprisa como el lenguaje. Se han diluido las orillas del pensamiento —que no es razón, sino acuidad ardiente— y lo dicho fluye sin previsión, pero con justeza. A veces me detengo (de hecho, me ha costado rematar lo escrito entre guiones; intento, durante los frenazos, que los adjetivos, siempre acechantes, no graven la frase, su tiritar de cosa brotada), y entonces siento la pausa como un corte: procuro distraerme —afilo el lápiz, hojeo un libro (acabo de hacerlo con la poesía completa de Manuel Álvarez Ortega), busco cualquier pretexto para salir del despacho y eludir el silencio que me ahoga: voy a por un vaso de agua; me masturbo, cautelosamente, en el baño; enciendo un momento el televisor y repaso todos los canales, hasta dar con el programa más idiota (acabo de ver a Nadal ganarle un juego a Seppi en su partido de la eliminatoria España-Italia para evitar el descenso del Grupo Mundial; como si descender del Grupo Mundial tuviera alguna importancia. Nadal se sujeta la melena con una cinta amarilla, que combina con el granate de su camiseta Nike; Seppi, por su parte, viste de azul y blanco, como se espera de un jugador transalpino. Cuánto pesan los símbolos: más que las ideas que los sustentan. Se recubren con galas aparatosas, fabricadas en alguna maquila tailandesa, como los neanderthales se cubrían con pieles que les hicieran parecer más corpulentos para acudir al combate contra los clanes vecinos); hecho lo cual, regreso a mi mesa y empuño otra vez el grafito— y recuperar el aliento de la elocución, la fluidez articulada con que las palabras se acoplan en la página. No sé cómo lo logro, si es que lo logro. Los mecanismos de la dicción —y del pensamiento— se activan, en buena medida, al margen de la voluntad: algo hierve, helado, insumiso como el barro, exacto como el barro; algo sugerido por un aroma pasajero, o por una incisión de la luz en el ala de una paloma, o por el recuerdo de un pecho acariciado.]


Lo que tengo no es mío. Y quien lo tiene no soy yo. Me constituyen los relatos que compongo para consolarme, la sangre de lo que imagino, lo no nombrado, el olvido. Pero ni siquiera eso forma parte de mí: me lo arrebata la lámpara que derrama su linfa sobre la mesa en la que me derramo, el miedo que me fortalece y me estraga, los besos y los ojos y los fantasmas que respiran conmigo y que expirarán conmigo. No revelo lo que he aprendido: que ya no estoy aquí; que el tiempo se desmigaja como una mucosa al sol. Mis brazos ocupan otros espacios, en los que deposito mi soledad y mi semen. Mi lluvia es otra lluvia: un agua arrancada al tiempo, cuyas gotas dibujan mi rostro y la huida mi rostro. Mis órganos se han vuelto nieve, que cae como un plasma abrasador, hermético en su dispersión; o limaduras de plomo, que hieren a cuanto acarician, o que se hieren a sí mismas.


[He mirado dos veces el reloj en los últimos cinco minutos: es una mala señal. Me duele el cuello. No sé si he hecho bien tomándome un schnapps de limón. Es raro que beba alcohol fuera de las comidas.]


Quiero oír el embate de la sangre, como si rompiera contra un talud de sombra. Y la piel como una detonación. Y superficies que se yergan con el tronar de los labios. Y uñas que se estremezcan al pertenecerme, que ladren y florezcan y se insubordinen, y que luego, en su quehacer diario, recuerden lo pétreo del beso, lo infundido de amor. Quiero que las cosas ocurran por primera vez.


La tarde amenaza lluvia. El vidrio presiente la llegada del agua y se adensa en su transparencia, como si ya lo intimaran dedos serpenteantes. Oigo un retumbar: ¿cruje el cielo? ¿Chirrían su topacio y su humedad? Oigo trepidar a los pechos amados, y a mi propio pecho, en el que advierto el florecer de la senectud: los músculos lacios, el vello tintado de blancura. Los pechos que acaricio son las manos con que los acaricio. Oigo la violencia que subyace en lo naciente.


No escribo el poema que estoy escribiendo. Preveo que encanezcan los engranajes, que disientan los teléfonos, que se apaguen las sienes: que se archive el mundo, como los álamos que entreveo, sometidos a una lluvia semejante a sal. La descarga se ha producido, por fin: estornudo de sombra y plata. Pero no aplaca a la realidad, sino que la excita: la alimenta de un agua exultante, como una desbandada de luciérnagas. El poema me contempla, asombrado: yo soy sus signos; yo, su negrura y su alabastro.


Me alejaré aún más. ¿De quién es este estómago y su querella? ¿De quién, la tendinitis que me atormenta? ¿De quién, el ansia por que mi fuego se transfunda en otros fuegos, por alearme con otra carne, por aliarme con otro yo? ¿A quién pertenecen los ojos con los que leo lo que no he escrito? ¿Por qué enmascaro lo que digo, diciéndolo? ¿Por qué me sojuzga la identidad?

[Veo, de soslayo, esperándome, la columna de libros que integran la poesía completa de A. F. M., y que me he comprometido a reseñar para el libro-catálogo que el Gobierno de Aragón está preparando en su memoria. Me pasma su capacidad para concebir imágenes. Sus ideas tienen forma y color: son bestezuelas zaheridoras como libélulas. Aunque a veces me gustaría que fueran sólo ideas.]

¿Qué hago en esta casa, en esta piel?


(de Bajo la piel, los días)


POEMA XVIII


El sol es un fluido: lima las aristas del agua; aturde a las gaviotas, que describen parábolas informes o se reúnen, aluviales, en alguna angostura del espacio; maniata a los balandros cabeceantes. Asciende lo azul, espoleado por su vastedad, y se quiebra en el aire, entre espasmos de transparencia, como si lo golpearan las golondrinas o se extraviase en las cavidades de la luz, en las bodegas de lo alto. Huele a mar encalado, a higo, a movimientos que se hincan en la tierra como si quisieran atravesarla, o como si la abrazasen. Huele a neopreno y a esparto, a encina y a crema solar [el factor de protección ha aumentado paralelamente a la psicosis social por el melanoma; ahora es posible encontrar intensidades propias de la lejía: tan altas que casi blanquean; en mi infancia sólo había nivea ], y observo esos olores desprendidos de la claridad sucediéndose en los páramos: son la destilación de una calma airada, de las olas y sus espinas, de las arenas gigantescas del tiempo. Las polillas rebotan en los tabiques. La resina que exudan los pinos, desencajada por el calor, inviste a los troncos de estrías ambarinas. En la terraza, una italiana luce sus tetas de plástico. Se esfuerza por mostrarse natural, pero advierto miradas relampagueantes: su indiferencia es inquisitiva. Como cualquier mujer que se exhiba, no desea una respuesta explícita, sino un asedio tácito, indistinguible del desinterés. Seguimos charlando. Los aerostatos de la dama sólo suscitan una observación displicente por parte de Javier: «Ah, las medusas...» [las medusas sienten predilección por las zonas blandas de los bañistas; en castellano tienen otro nombre, muy preciso (porque el 95% de su cuerpo es agua) y muy poético: «aguamalas». Este verano, en la playa de Williamsburg, una cinta sin horizonte de ocres bulliciosos, vimos muchas: allí son jelly fishes, «peces de gelatina»].


[Pensaba que, en pleno agosto, apenas se podría circular por Cadaqués, pero me equivocaba. El hecho de que sólo una carretera sinuosa, que revuelve el estómago, conduzca al pueblo, entre riscos y aliagas, lo ha preservado del saqueo inmobiliario. Por esa carretera le gustaba conducir a P., mientras S. se la chupaba. Siempre me pareció heroico tanto autocontrol. Hay gente que sólo goza con la inminencia de la muerte. Pero la muerte es siempre inminente].


Luego, la luz se exilia en sí: anida en su oro. Los rayos persiguen sus propias estelas y, cuando las alcanzan, dibujan ópalos sin curvas, círculos sin diámetro, centellas en las que escarba lo oscuro, o en las que vierte sus jugos aciagos. Los quejidos amarillos de los catamaranes se confunden con la refriega insonora de los peces.


Remite el esplendor, acosado por sombras vertiginosas; se aja como una orquídea expuesta al levante; se difunde un conglomerado de fugas y de nácar. Circulan autobuses, que se engastan en las laderas. La sal corroe la penumbra. Los umbrales, de blanco e índigo, gimen de tibieza. Un vino equívoco se derrama por los roquedales. Por fin, se encienden las farolas, que chorrean un fulgor de obsidiana bajo la alpaca soñolienta de la luna.


El recital se va a celebrar detrás de la casa de la familia Dalí en la que se alojó Lorca en 1925 y 1927, frente a la playa del Llané Gran. Corren estrellas delgadas y murmura el mar. En la pizarra undosa de la noche se imprimen las huellas de los focos; también en los ojos, que buscan el sosiego de la página y la frescura de la oscuridad. La sobrina del poeta no oye y apenas puede andar: es la excusa perfecta para el retraso con el que se inicia el acto. De hecho, la bajan en brazos al estrado, como a una flor lisiada. Averiguo después que tiene setenta y seis años, pero aparenta un centenar. Como no oye, empieza a leer su discurso —que ya ha leído por la tarde en el teatro del pueblo— al mismo tiempo que los organizadores anuncian que va a leer su discurso. La hacen callar [a gritos].


Leo el poema «Paisaje de la multitud que orina (nocturno de Battery Place)», de Poeta en Nueva York, ese libro que algunos sedicentes poetas actuales consideran «sobrevalorado» [a Bukowski tampoco le gustaba: prefería, entre otros, a Hamsun, Pound o Céline, que coquetearon, como él, con el fascismo, o que lo apoyaron abiertamente]. He elegido el poema sin meditar, cuando ya había subido al estrado, que revienta de luz. Me ha llamado la atención la referencia a «Battery Place» del subtítulo: un lugar invadido hoy por los turistas, pero genuinamente portuario en 1929: con contenedores, carromatos y estibadores con abdominales de granito. «Se quedaron solos: / aguardaban la velocidad de las últimas bicicletas./ Se quedaron solas: esperaban la muerte de un niño en el velero japonés./ Se quedaron solos y solas/ soñando con los picos abiertos de los pájaros agonizantes,/ con el agudo quitasol que pincha/ al sapo recién aplastado,/ bajo un silencio con mil orejas/ y diminutas bocas de agua/ en los desfiladeros que resisten/ el ataque violento de la luna». [El delirio, cuyo orden son las repeticiones, es otra forma de llamar a las cosas por su nombre; lo incomprensible no es menos exacto que lo común. Cualquiera que visite Nueva York, aunque ni remotamente se imagine el impacto que debió de tener en un muchacho de la vega de Granada hace ochenta años, comprenderá por qué Poeta en Nueva York sólo puede estar escrito así]. Un cincuentón con coleta y traje de payaso lee algo mientras intenta desplazar por el escenario una silla en la que se ha sentado uno de los organizadores; Javier y yo nos apartamos para que no nos cercene un pie. Los más jóvenes son los más arrebatados: sus poemas chisporrotean; su entusiasmo es sulfúrico.


[Me gusta lo que recita Javier. Su contención oculta un deseo cegador. Nos cuenta, después, que los mozos del pueblo apedrearon varias veces al pintor y al poeta por maricones. Las hazañas de la recia muchachada no asoman, en cambio, en las elogiosas evocaciones del Cadaqués protosecular].


[A David le sorprende que sepa quién es Esteban Peicovich, es más, que haya adivinado el título del libro al que se refería, antes de decirlo. En Poemas plagiados, «El túnel» dice: «Digo que, encerrado en este hospital,/ hoy lluvia, veintisiete de abril,/ quieto el vivir a las seis y tristeza,/ al no encontrarme los costados,/ tan que grande me sobra la existencia,/ que sólo viene a quedarme,/ como calor y compañía,/ el clavo de mi cigarro». No lo ha escrito César Vallejo, ni siquiera Leopoldo María Panero, sino un paciente anónimo a su psiquiatra].


Hace mucho que no hay sol, sino sólo tierra: una tierra que se encarama por las paredes del cielo y encofra los salientes de granito; una tierra que seca las gargantas, y embebe las salivas lunares, y se ensambla con el agua lívida, de filos nulos.


Nos invitan después a una copa. Alguien canta un fado en el porche de la masía. El vino es negro como el viento: ambos distribuyen asperezas de seda, arañas que corretean por el sexo, chispazos que iluminan la retícula de la realidad, y que nos ciegan a ella. La bahía es un bostezo bituminoso que contemplamos desde el jardín oculto. Se agranda a cada golpe de tramontana; luego clausura su albor, mengua en horizonte y cesa.


(de Bajo la piel, los días)


POEMA XI


Tu sexo sabe a corzo, igual que tu tristeza. Antes lo oía como un regato indeciso, como un niño que rebulle entre las sábanas. Se acercaba sin haber comulgado, todavía en su colmena, iniciándose en la mirada, con recuerdos improbables, con hábitos apenas míos, como un olivar interminable. Permanecía en su aquí, a la espera de que yo hablase, cierto de su ternura, pero sin cambiar su máscara, enamorándose del tiempo, alimentándome de erizos, viéndome insertar lóbulos. Después todo fue túnel, mas túnel con brazos. Hubo ojos en el aire, vibraciones sin dudas, éxodos que culminaron dentro, donde se desnuda la piel, donde el mar no tiene ligamentos. La quietud fue subvertida por la forma, el fuego habló, la física obtuvo su ángel. Ahora oigo aves que inequívocamente respiran, hornos que se hacen cuerpo, pólvora que me incita; traspaso el umbral más golpeado, siento que tu sal me besa, y huelo, y me adentro, y le doy el tiempo de mis dedos, el furor de mi espuria saliva. Caen las estalactitas, confundes los estribos, confundes los pájaros que te vuelan, la llama sonora te arranca como un líquido, pero no es el eco de esa gran ciudad lo que a mí me llega, sino una luz que desciende hasta la úvula, y allí me da tu misma sombra emancipada. Tu sexo, que huele a insomnio, es la lámpara en que tropiezan los perros. Tu sexo tiembla como un recién nacido. Tu sexo, agua dilatada, planea sobre tus enemigos. Una sola disciplina, sin recintos, sin mejillas, como si hubiese abierto una válvula. Yo, en tu balsa; tú, comida como un clavel, insólita entre mis fauces delicadas. Así se riegan los vientres; como si se erigiera una casa, como si la imagen devorase al espejo. El epicentro soy yo, o tú, o este cínculo que rodea mi boca. Y bebo. O deposito almendras. O saboreo la tímida caracola. Tu sexo es una crátera de anís, una esponja de plata. Con los primeros sorbos se despereza, abre su turbio limo: un húmedo sol lo llama. Después, el rotar es constante, no conoce los espías, desata las luces, regala su limpia mostaza; un oleaje indudable lo levanta como una piña y lo deja temblando, sobre mi ápice, al borde de la nada. Pero luego, cuando el camino cesa, muestra su centro de uva calmada; es el descubrimiento de la ausencia, decantada desde las raíces, transmitida por el barro hasta la mera palabra. Sin embargo, no es desamor esa fatiga que sientes, sino melaza que regresa, sed que a sí misma se niega para entregarse, después, más fría y tamizada. No pretendo sepultar la herida, sino hacerla más azul: darte más aire, en lugar de exiliarte. Por eso mi tierra, que antes buscaba la incisión, el reír de los cuchillos, recoge ahora el ámbar de tu vientre. Por eso me arropo con tus membranas. Por eso aflora mi estómago: para que no se escapen tus centímetros. Tu sexo huele a espíritu. Tu sexo es una casa consagrada.


(de Unánime fuego)



[VUELVO AQUÍ…]


Vuelvo aquí, al lugar del que nunca me he ido; aquí, donde el terror se alía con la inocencia, y las manos no tienen otra cosa a la que aferrarse que las propias manos; aquí, donde el ojo interroga a la página, y vuelca en la página cuanto ha apresado, y vierte la tinta espectral de los años, y el oro podrido de las cosas, y el zumo de su propio cristalino; aquí, donde los objetos, huérfanos, se preguntan qué forma revestirán, o qué temblor seré capaz de conferirles; aquí, donde soy, escribiendo, y me abraso, escribiendo, aunque se haya borrado mi nombre, y vague por los despeñaderos de la ignorancia, y el cuerpo se llene de explosiones silenciosas, de días átonos.


Vuelvo a la vecindad de los papeles. Me observan cosas que podrían ser, pero que pasan, sin cuerpo y sin resplandor. Claman por la lengua que las diga, pero perecen en la inexistencia. Se asoman a mí, con turbulencia germinal, pero concluyen: antes de disiparse, antes de amar. El polvo podría ser piedra; la transparencia, oscuridad; lo que reconozco podría reconocerme. El mundo posible me aplica su ley: si duerme en el barro, me embarra de pureza; si muere, también yo muero; si alcanza a vivir, me destruye. Veo un promontorio que no es un promontorio, y una casa que ha sido demolida, y una luz que ennegrece. Veo gestos sin movimiento, noches sin madrugada, sinrazón sin irracionalidad: nombres que no designan, o que encarcelan. Me veo a mí, manoteando en la incertidumbre, para abonar la incertidumbre, atrapando lo que sobrenada en el tiempo, con hambre de signos y de prodigios: creando para crearme. Veo, aunque me haya arrancado los ojos.


Estoy aquí, encajado en mi tórax. Siento el peso tímido de los testículos. Esparzo en el polen el polen de mi muerte. A mi alrededor se reúne lo oscuro, abrazado por lo que resplandece. Quiero coger el reloj, pero se aleja. Me gustaría atravesar el aire, y desvelar lo que oculta, y eyacular en su herida, pero me intimida su impenetrabilidad: su cuchilla ubicua, unida a otras armas incorpóreas. La pantalla del ordenador no deja de interrogarme: cuanto más escribo, más ignoro. La goma con la que borraré casi todas las palabras de este poema descansa en un reposavasos oxidado, que ya he mencionado en otro poema. [La tecla Supr es otra área del córtex cerebral: su circunvolución más creativa. En alguna ocasión he acariciado la idea de componer un vasto poema, integrado por sus sucesivas correcciones, desde el manuscrito original hasta su versión publicada: un palimpsesto interminable]. Todo se escuda en su ser, para no ser; todo es su yo inacabable, que muda jubilosamente en tiniebla; todo se vuelve enemigo, pero sonríe. Y yo observo su migración como quien contempla el desbordamiento de un río.


Acuden realidades a las que no he dado representación. [También he pensado en componer un poema enteramente fragmentario (¿enteramente fragmentario?) con retales no utilizados de otros. Pero ¿no es todo poema un remiendo, una sucesión de costurones?]. Los champiñones de hormigón que jalonan los campos de Albania. El barbero que, para mantener la muñeca caliente, le recorta el pelo a un maniquí de plástico, sentado en una butaca de la barbería. El perdigón de vidrio de un vaso roto a muchos metros de distancia, que me impacta en el ojo mientras como en un restaurante [y que me lleva a pensar en lo milagrosa que resulta nuestra indemnidad, entre tantas asechanzas del azar]. El móvil que le suena al que está meando a mi lado, en el lavabo de un antro, y al que responde sin dejar de orinar. Un verso de Ashbery: As Parmigianino did it, the right hand/ Bigger than the head, thrust at the viewer/ And swerving easily away, as though to protect/ What it advertises, que fluye con sincopada nasalidad en la penumbra de una sala, en cuyo vestíbulo se desarrolla un desfile de Mango [cuando salgamos del museo veremos a dos modelos, esquemáticas, meterse en un coche de la organización]. Violet, de la que podría enamorarme. La conjetura de que merece la pena vivir —de que el sol es sangre, y la sangre, ahora, y el ahora, eternidad—, aunque todo se hunda, con la impaciencia de una ola, en el cráter de la muerte.


Todo se dirige a la afirmación, pero se embebe en la indiferencia. Todo tropieza en mí, y yo tropiezo en todo. Camino por lugares que se me ofrecen como alambradas, y que me desgarran como amapolas. Salgo de casa, piso los minutos, recorro la piel: es una hoguera helada, cuyos espejismos incorporan matices de antracita o sugieren hipótesis de suicidio. Hago otros hallazgos en este camino desolado: un puñado de relatos, que describen mi desvalimiento, a los que me empeño en llamar poemas; el flagelo de la serotonina; la pesadumbre de ser alguien. Y me sujeto las manos como si fueran a echar a volar [de hecho, vuelan: se alejan de mí, surcan espacios que aún no he bautizado, se extravían en la vastedad de lo cercano. Las manos recuerdan. Por fin, se funden con el lápiz que sostienen]. Todo puja, aun lo carente de fuerza para ascender: lo que no puede brotar. Discrepo del desorden: hablo. Escupo sueños: me desangro. Abrazo al viento, a lo ininteligible, a la tristeza: me abrazo a mí. Y persevero en la senda que he elegido [Two roads diverged in a wood, and I—/ I took the one less traveled by: recuerdo a Danny recitándome estos versos de Frost, mucho antes de que quisiera ser poeta], que serpentea por países nocturnos, y que iluminan lunas desprendidas de sus cielos. Me rodea lo que no ha existido: lo nunca oído. Pero narro. Pero grito. Deshojo sustantivos, y me desequilibro, pero ese desequilibrio me sostiene. Atiendo a las ecuaciones de los sentimientos y a los borborigmos de la razón: soy mortal. Todo se yergue, aunque perezca. Y sobrevivo, fugazmente, en la duda y la alegría.


(de Bajo la piel, los días)


POEMA IV


Nací porque me llenaste de bronces. El agua, de un solo gesto, se hizo ópalo. La savia se aceleró como si careciese de órganos. La materia se mezcló con el trabajo. Qué reunión de fuentes apagadas, cuánta precisión en las ingles, qué fricción de paredes solas. Me devoro con tus dientes, pero esa destrucción tiene forma de espiga. Estoy cerca de mí: con tus anclas he alcanzado mi propio cuerpo; con tu liquido he recobrado la respiración. Las encías me saben a alma. El dolor respira como las campanas. La infancia no está en venta. El tiempo no se infiltra en el sueño, sino que permanece, con sus blandos revólveres, junto a la puerta inmortal, sintiéndose más pez, más cueva enajenada. Todo el territorio está a la vista: por primera vez, el camino no concluye en la pupila. Ahí estoy, con mis verdugos y mis alfiles y mis compraventas, con los trozos de tabaco que la noche ha coloreado, con las novelas perpetuas y los pedúnculos de una flor extraterrestre y las ojivas que he robado. Soy sin fragmentos, sin aunques, desde la era hasta la cúspide, desde la ría hasta el satélite. Y en la casa que has construido con tu lengua, en las zanjas que ha abierto tu memoria, los fluidos se enderezan, yo escojo sin sangre, las arterias desembocan en tus cestas, la materia se depura como si Dios la interrogara, los ojos se disculpan, ya no quedan cosas ni catafalcos ni mesanas. Y sólo ambos. Y sólo el amor huyendo de su óvulo. Y sólo la persona que multiplica su todo, que persigue el lugar donde a las pústulas no les importa ser pústulas. Y sólo quien se construye con otros ríos, cuando las hogueras apenas murmuran. No es verdad: la lengua es mutua; un único paso basta para que crezcan más hombros, más cielos. Todo es tuyo, pero soy yo: un aislado libro entre tus cepas; una celda fugaz donde vemos las llamas como si fuéramos gatos, donde se comete el estío, donde todo ocurre, como si un cántaro nos hubiese absorbido. He recordado mi nombre. Tu incisión renueva mi tierra. Tu mar alivia mi boca rodeada de tejas. Por fin un enigma que no conduce al yermo. Por fin un hombre completo de ti que mira a la muerte interminablemente prevista.


(de Unánime fuego)


POEMA XIV


Te esperaba en el alambre del día, comiendo latidos, sofocando el grito de los huesos. A veces, sin embargo, cuando las poleas levantaban relámpagos y la noche sabía a almacén, callaba. Recordaba entonces las cosas pequeñas: la luna húmeda que encendía nuestros pasos junto al muelle o las palmeras amarillas de Tozeur o aquel lento cometa, sobre los montes caudalosos, a cuyo paso imaginamos la vejez. Te esperaba, deshabitado, acariciando el tiempo.


Ahora que se ha endurecido tu imagen, no sé dónde guardas el pan, dónde los quicios, las rodillas familiares, los ídolos de tu olor; he olvidado cuándo regresarán tus manos. Aquí, mientras tanto, ascensores, transeúntes, horas que escupen lágrimas.


Te esperaba. Hablábamos de cosas sencillas. E ingería la ropa, los pezones, tu mínima tos. Después salíamos a cenar como si nos hubiera amenazado un ángel.


(de El corazón, la nada)


POEMA VII


Leo el silencio, a lentas masticaciones. Leo el mar que no alcanzo a ver, pero cuyo azul numeroso lame los cipreses y las palabras. Leo las palabras que gotean: nazco bajo sus escamas tajantes. (El mar se ha ido: lloro sus ascuas; leo.) Pero ¿reconozco aún los espacios abrasados por la lluvia, la última estancia de la miel? ¿Vuelan en mis ojos las gaviotas que veo o son manchas inútiles en las circunvoluciones de lo abierto?


El mar está lejos. (O cerca: en el pecho, sembrando su humo; en la retina, mojada de añil). El mar llamea, como este papel en el que me embarro, como este teléfono en el que convergen cuerpos solos, unidos por un sombrío estertor. Los pechos que amo descansan en otras manos, mientras el mundo es un jirón de fuego, el animal parsimonioso del poema.


Se ha abierto, sin embargo, la puerta. No hay nadie. Se ha abierto para que no olvide que los objetos, pesados, han visitado mi cuerpo, y que lo poseen. Mi tedio, seminal, construye entonces otro centro, otro país donde transformarse en acto. No hay nadie cuya carne sienta, nadie que me dé su sombra tensa, la humedad de su ceniza. Pero la palabra remonta la sangre y le habla al niño duro, al hombre de la desesperación.


Se ha abierto la puerta y cruzo su umbral y sigo aquí, sobre el mismo sillón agujereado por los cigarrillos de alguien que ya ha muerto, junto al mismo cajón ojeroso, frente a esta pantalla que soy yo, cuyas deposiciones soy yo, irrealidad que me transfunde realidad.


Una palabra, muchas palabras, como un caliente derrumbamiento, me indican el camino hacia el sol. Libre de mí, aparto los códigos. En los folios hay pámpanos, azoteas frutecidas en la ventana.

Y vigilia. Y pechos que regresan.


(de Las horas y los labios)


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Eduardo Moga (Barcelona, 1962), ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída («Premio Adonáis», 1995), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999, en edición bilingüe castellano-portugués; 2ª edición en 2007); El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006; 2ª edición), Los haikús del tren (2007), Cuerpo sin mí (2007), Seis sextinas soeces (2008) y Bajo la piel, los días (2010). Ha traducido a Frank O’Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Ramon Llull, Carl Sandburg, Richard Aldington, Tess Gallagher, Arthur Rimbaud, Billy Collins y William Faulkner. Practica la crítica literaria en «Letras Libres», «Revista de Libros» y «Turia», entre otros medios. Es responsable de las antologías Los versos satíricos (2001) y Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004). Ha publicado los compendios de ensayos De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007). Codirige la colección de poesía de DVD ediciones.

martes, 22 de marzo de 2011

Fotografías para el recuerdo de la presentación de CUERPO ENAMORADO , de Carlos Mendoza, aquel 18 de marzo del presente...

MAS FOTOS DE LA PRESENTACION DEL LIBRO "CUERPO ENAMORADO"
DE LA NUEVA SERIE DE POESÍA CONTEMPORÁNEA "JAULA DE PAPEL"
EN LA CASA DE LA CULTURA DE LA MUNICIPALIDAD PROVINCIAL DE PUNO


PALABRAS DE PRESENTACIÓN A CARGO DEL POETA LEÓN QUISPE HUARANCA,
QUIEN FUERA A LA VEZ MAESTRO DE CEREMONIAS

PALABRAS DE BIENVENIDA A CARGO DE WALTER LUIS BEDREGAL PAZ, EDITOR DE LA SERIE DE POESÍA
CONTEMPORANEA "JAULA DE PAPEL" QUE INCLUYE EL LIBRO DE POESÍA
“CUERPO ENAMORADO” DE CARLOS MENDOZA

COMENTARIOS DEL LIBRO DE POESÍA “CUERPO ENAMORADO” A CARGO DEL POETA LUIS PACHO

LUIS PACHO GENERANDO ESPECTATIVA POR EL ESTILO EMPRENDEDOR DEL AUTOR CARLOS MENDOZA
EN EL LIBRO DE POESÍA “CUERPO ENAMORADO”


EL POETA, BORIS ESPEZÚA SALMÓN, EN LOS COMENTARIOS AL LIBRO DE POESÍA
“CUERPO ENAMORADO” DE CARLOS MENDOZA



PREGUNTAS DEL PÚBLICO ASISTENTE A LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “CUERPO ENAMORADO”
Y RESPUESTAS POR PARTE DEL LAUREADO POETA "PREMIO INTERNACIONAL COPE", BORIS ESPEZÚA

EL POETA PERCY ZAGA EN LOS COMENTARIOS DEL LIBRO DE POESÍA
“CUERPO ENAMORADO” DE CARLOS MENDOZA


EL POETA PERCY ZAGA, DESLINDA Y UBICA EL ESTILO DE LA POESÍA DEL AUTOR
DEL LIBRO DE POESÍA “CUERPO ENAMORADO”, CARLOS MENDOZA



PALABRAS DEL POETA CARLOS MENDOZA AUTOR DEL LIBRO DE POESÍA
“CUERPO ENAMORADO” QUE ES PARTE DE LA SERIE DE POESÍA CONTEMAPORÁNEA "JAULA DE PAPEL"

CARLOS MENDOZA, AUTOR DEL LIBRO DE POESÍA “CUERPO ENAMORADO” HACIENDO REMEMBRANZA
DE SU POESÍA Y LECTURA DEL MISMO


EL AUTOR AMPLIANDO SU PARECER DE LA POESÍA PARA EL PÚBLICO PRESENTE EN LA CASA DE LA CULTURA DE LA MUNICIPALIDAD PROVINCIAL DE PUNO AQUEL VIERNES 18 DE MARZO, QUE NOS DEJO PARA EL RECUERDO


EL COLOFÓN, VUELO DE BÚHOS, WALTER BEDREGAL PAZ, DIRECTOR, COORDINADOR Y EDITOR DE LA NUEVA SERIE DE POESÍA CONTEMPORÁNEA "JAULA DE PAPEL", AGRADECE A LOS ASISTENTES A NOMBRE DEL GRUPO EDITORIAL “HIJOS DE LA LLUVIA”


JUNTO AL AUTOR DE "CUERPO ENAMORADO" POSANDO PARA EL RECUERDO


FELICIDADES Y UN UN HASTA PRONTO A CARLOS MENDOZA