Walter L. Bedregal Paz

De todo lo que el hombre ha escrito, yo sólo amo aquello que él ha escrito con su propia sangre. Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu.

Freidrich Nietzche

MAL DE AMORES

MAL DE AMORES


                                                                       darwin bedoya




                                                                              Leímos todo cuanto había sido escrito sobre el amor.
                       Pero cuando nos amamos descubrimos que nada había sido escrito sobre nuestro amor.

                                                                                                                                      —Marco Denevi

 

Después de Air–Max 180 y Taca-Taca, Yero vuelve a removernos la memoria con estos textos que oscilan entre lo confesional y lo cotidiano como un desplazamiento vital y necesario. Las historias de este nuevo libro tienen la singularidad de atraparnos en un instante, a veces sin que siquiera nos demos cuenta. Cada historia se distingue por la posesión de una atmósfera que a una primera lectura parece poco enmarañada, pero que tiene como principal virtud llevarnos lentamente hacia un desenlace inusitado: los desaciertos y los laberintos interminables del amor. En este conjunto de siete relatos hay una intención por hablar de las personas, de sus sentimientos y de sus quehaceres; de la grandeza y la miseria de sus vidas, de los días oscuros y brillantes, especialmente del amor y el desamor como unidad temática. Las escenas de cada una de estas historias nos hacen ver el pasado, el presente y un resquicio del futuro, en cada historia se pueden encontrar un indicio, una predicción, una advertencia sobre lo que pudo ser y no llegó a concretarse. Y uno vuelve a ensimismarse en los recovecos de cualquier tiempo pasado gracias al amor. Y como en un flashback retornamos a ese punto de nuestra vida en que ocurre la colisión de trenes entre nuestra casi nebulosa infancia y nuestra larguísima adolescencia, entonces empezamos a sospechar un sinfín de cosas. Comenzamos a presentir los sueños futuros en donde la luz del amor es apenas una breve luminiscencia.
La representación de estos textos semeja una escritura-manantial, porque refresca y calma la sed, fluye por un campo semántico que en ese deambular por los laberintos interminables del amor, recorre también las pasiones, la familia y la urbe, lo privado y lo público dentro de los diversos sentimientos que el ser humano es capaz de sentir y provocar. Así, estos siete textos, desde Los amantes hasta el que cierra el libro y también le da título al libro, ¿Qué carajo es el amor?, revisitan la condición humana allí donde la literatura suele escarbar en la oscuridad y el desgarro, allí donde es menos frecuente que las letras paseen por la luz, o que recorran esa nitidez que es el equilibrio. El autor nos presenta un pequeño giro de timón en su discurso con respecto a sus libros precedentes, aunque el escenario sigue siendo el Ilo natal, y aunque persista esa vitalidad por la exaltación de las cosas cotidianas, su voz sigue siendo ágil, con algo de Salinger y Dickinson en la limpidez con que transita los dos parajes de la existencia: el oscuro y el luminoso, sin caer en ningún momento en la negación ni en el pesimismo. Por ejemplo, si nos detenemos en Colca canyon el resultado es un ejercicio de madurez, un sólido comienzo de recorrido consciente y sereno, que nos muestra que los seres humanos estamos hechos de pequeños momentos y de que lo trascendente no es más importante que lo cotidiano. O mejor dicho, lo cotidiano es trascendente, no hay que realizar ninguna vetusta división entre la vida y lo literario.
En este texto el autor nos muestra un detenimiento sensorial, no hay prisas, no hay desesperaciones por narrar, el ritmo del sujeto narrador ha entendido los estadios de la ascensión narrativa. Por momentos Yero tiene esa fecundidad verbal con que parece hacer papiroflexia con el lenguaje. Releemos por ejemplo Catástrofes importantes, el segundo relato importante de este libro, narra sobre un asunto familiar entre la convivencia inicial de las parejas, también el mito, el sueño, la superstición y la realidad que viven Ana, Pablo y  El Marruffo, los personajes claves de la historia. Quizá el tercer relato más logrado sea el que dice en uno de sus párrafos: Él había visto suficientes pezones en su vida como para elaborar un catálogo. Pero estos en particular, los de Sharon, lo obligaron a pisar el freno. Las tetillas, cuyo color le recodaba a la chocolatada tibia, estaban hundidas justo en el centro de la aréola. Como la cabeza de una tortuga escondida dentro de su coraza. El sexto título es justamente: El pezón hundido, en él, el autor, igual que en Samsung, una vez más habla del amor, de la vida sentimental en donde surge, inevitablemente, esa pregunta eterna y conocida: ¿Qué carajo es el amor? y según los relatos podríamos ensayar tantas respuestas, pero nunca llegaríamos a responder con exactitud, porque el amor es tantas cosas juntas, tantas cosas distintas que al final parecen ser una sola. Las páginas de este libro vivifica, en especial, al amor que acabó y dejó una herida (aunque muchas veces la herida es el amor mismo), que resulta insalvable e inasible, como el vano intento de tratar de recuperar el reflejo de la amante en el espejo que no tenemos. En segundo lugar, nos encontramos con el amor cotidiano que viven las parejas que inician la difícil vida de compartir el día a día en el futuro hogar, y para hacer más intenso el libro, el texto final ¿Qué carajo es el amor? recalca la idea del amor que se deben profesar los amantes. Pero especialmente del espacio que ocupa el amor en la vida cuando dice: no alcanzarás a moldear el bloque de su carne y a desearla como/ yo la deseaba/ de otra forma volverás a casa a fumar pasta/ a comer hígado de hace tres generaciones preguntándote tonta, estúpida y cojudamente/ ¿qué carajo es el amor?/ pero todo a su tiempo/ si no quieres a la de treinta puedes tener una de quince… El título, ¿Qué carajo es el amor?, por tanto, quiere ser una metáfora de ese inhóspito reino que todos conocen o creen conocer; además, con estos textos, Yero quiere rendir homenaje al hermoso animal que vive en nosotros, porque ¿quién más puede darle vida al amor? Sin duda, no es solo ese joven que se confiesa en Solo combis ni el viajero eterno de Desayuno en buscama. Por ello, los textos que componen este libro son piezas ingeniosas y originales y muy dispares en cuanto a género porque Yero ha querido, seguro por el tema del amor, reescribir unos versos. Y debido a ello, quizá lo único que los une y les da unidad sea el lenguaje que ya es característico en el autor. Pero hay en ellos siempre, como recurso común, una rotación inquietante en la narración que desconcierta y sorprende, sobre todo por los finos detalles y por los finales, utilizando la primera persona en la voz del narrador. Por todo ello, ¿Qué carajo es el amor? es un libro que, con un lenguaje eficaz, directo y sencillo, relata los avatares del amor convertido por el autor en el elemento que hilvana sus historias constituyendo así una extraordinaria colección de relatos y una poderosa muestra de talento fabulador.
Al concluir la lectura, ¿Qué carajo es el amor?, probablemente, no va a ser capaz de provocar o arrancar llantos o tristezas —méritos clásicos del amor—; pero sí será capaz de hacernos sonreír, suspirar y, sobre todo, recordar fechas e instantes memorables que pueden arrancar el miedo y la pasión de cualquier par de corazones, y como en cualquier punto en donde se cierren las cortinas, Cortázar, en su lista de mal de amores diría: Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Espinar, junio de 2016

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Una estampida lenta o la seducción del abismo, una lectura de Caída del búfalo sin nombre de Alejandro Tarrab

Una estampida lenta o la seducción del abismo,
una lectura de Caída del búfalo sin nombre de Alejandro Tarrab
darwin bedoya



 
A finales de los años veinte Vachel Lindsay, aquel rapsoda mítico, viajó por su país —adelantándose a los beatnicks—, predicando un evangelio entre poético y religioso, recitando y cantando sus versos a cambio de hospedaje y alimento; uno de esos días escribió un poema titulado Los búfalos que comían flores, en cuyo final el poeta escribe: Pero los búfalos que comían flores en primavera/ se fueron desde antaño. / Ya no cornean más, ya no mugen más, / ya en las colinas no rondan más: / con los Pies Negros yacen dormidos, / con los Pawnees yacen dormidos. Esa escena de desaparición-muerte de búfalos nos remite al momento en que David Wojnarowicz  fotografió a varios búfalos despeñándose y acabando con su vida, y es de esta imagen de donde nace el título que le da nombre a uno de los recientes libros de Alejandro Tarrab (Ciudad de México, 1972), quien acaba de publicar Caída del búfalo sin nombre en una coedición de Mantarraya ediciones y Malpaís ediciones, 2017. El libro es un lugar donde la sangre delira como un becerro embrujado. En cada página la fiebre se dedica a renombrar la memoria, el reencuentro, la letanía, el retorno, la partida y la muerte, la huida y la vida. Los rescoldos, el mito, el rito, la prolongación, la maldición y la superstición: un ensayo completo sobre la existencia. 
La escritura de Tarrab en este libro transcurre con cierta templanza, tiene el matiz de la contemplación de los finales y los retornos. No tiene prisa para nada. La escritura y su tono son contenidos; aunque en ocasiones ambos —como en un común acuerdo— se desbordan con vehemencia para precisar lo inefable que se trasluce en un comportamiento o una confesión: resuellos y palabras de un día y un lugar celebrados. Cada imagen del libro es la seducción que suscita el abismo, la caída, la incertidumbre que establecen los puntos de fuga en la significación del lenguaje y la memoria —la manera en que se persiguen los hallazgos de los puntos de fuga, el fondo desenfocado que también existe—, se desarrolla así un pulso entre instantes, y así se erige este manifiesto desde el abismo en contra de la muerte. A todo esto Pascal Quignard diría: El pasado es un abismo sin fondo que se traga todas las cosas pasajeras; y el porvenir es otro abismo que nos es impenetrable. Uno de estos abismos desaparece continuamente en el otro. Sentimos la desaparición del porvenir en el pasado, y es lo que constituye el presente, como el presente constituye toda nuestra vida. Entonces el libro se torna en novela, poema, autobiografía, y nace cierto hermetismo que no rechaza la comunicación, no implica un olvido del otro con el fin de imponer la vida y la historia.
Caída del búfalo sin nombre es un viaje interior. Es una propuesta de búsqueda del ser y de su entorno a través de la palabra. Presenta una visión profunda de la vida y de la muerte. Tarrab reinventa el lenguaje poético y a la vez se reinventa así mismo. En cada página se sacude la conciencia de un esplendor que anuncia mudanza y devastación y la recreación de escenas que protagonizan sombras anónimas, errantes. También está la cotidianidad del destierro y el signo de la posteridad. Caída del búfalo sin nombre ya es una leyenda, un mito. Porque está hecho de esas cosas. Porque la muerte o el suicidio, en este caso, es el eje que articula el discurso totalizador del libro, porque el hombre siempre ha tenido el poder de decidir su propia muerte, es el único animal que decide morir; sin embargo, casi nunca se ha considerado que le haya correspondido el derecho de hacerlo; de ahí surge la idea de transgresión y acabamiento. Pero también se trata de aprehender, en lo no inmediato, la insolencia y la derrota, la culpa y el pecado, la memoria y el olvido. Y es que el suicidio es una confesión, y por eso es mucho lo que dice; el cadáver se transforma en un texto que es necesario leer tomando en consideración el todo y el todo hay que leerlo a partir de esa muerte: No la conocí, aunque la presiento sí, a través del aire, de la mordida, de la masa repasada por los dientes, rumiada, masticada y finalmente digerida y liberada. ¿Debería entonces empezar a asumir esta pretensión como algo único, como algo mío?: ¿la conozco? Soy testigo de su presencia, de su paso por el mundo y, ante todo, de su falta. Porque más allá de ese enfrentamiento, cara a cara de la especie, está el no enfrentamiento, el encuentro cara a cara que pudo ser, que debió haber sido, los diálogos en el ánimo que dicen ven, ven, pero también me voy, me fui, desde allá te hablaré. “DOLORA (UN RETRATO)”. Este doble movimiento del lenguaje permite dar un sentido a lo que de otra manera podría pasar desapercibido, así como determinar qué puntos arrojan alguna luz aclaratoria y cuáles nos hunden en las sombras del desconcierto. Así, la seducción del abismo se torna más grande, de ahora en adelante ya no será solo del cuerpo del que se hablará, sino también de las cosas ocurridas, del silencio mismo, porque la vida y la poesía pueden librar y liberar, poner a salvo a quien escribe, purificar al hablante de los demonios que lo poseen, lo cual significa decir la palabra para poder seguir viviendo, porque el suicidio enfrenta al hombre y a la mujer consigo mismos y les pone delante el infinito, casi como la poesía misma.
Espinar, Cusco, julio de 2017

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Tomado del blog: http://darwinbedoya.blogspot.pe/2018/04/
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K u r d i s t á n: Un territorio de pruebas del lenguaje



K u r d i s t á n:
Un territorio de pruebas del lenguaje
El lenguaje no nos bendice con la ternura.

Todo lo que abraza, lo abraza con exactitud y sin piedad.


John Berger



darwin bedoya
Rodinás sabe que la poesía es un gesto que se coloca entre la tierra y el cielo, quizá por eso en este libro haya un universo lingüístico nuevo, un lenguaje despiadado, un cosmos ideado desde laberintos remotos. Cada página es un lugar donde acontece una alegoría de experimentación verbal, una sucesión de cromos de ciencia ficción. En Kurdistán (Grupo Editorial Hijos de la lluvia, 2017) se hallan geografías imposibles y lugares que no. Hay paradojas, desplazamientos semánticos, canciones imantadas que uno intenta reconocer, rapsodias orientales que retratan una música que nunca. Hay lógica delirante en cada poema, hay lirismo metálico y espejismos invisibles, paranoias retrofuturas, juguetes cartográficos, reproducciones cinemáticas, allegros, adagios… Juan José Rodinás (Ecuador, 1979) ha escrito este libro como una de las más ambiciosas, complejas (y también caóticas y originales) aproximaciones al mundo actual desde la poesía totalizadora. 
 

El lenguaje no tiene la costumbre de bendecirnos con su ternura, el lenguaje nos evidencia, nos reúne, nos define y nos anuncia el comienzo o el fin. La poesía es la fundación de la palabra. En Kurdistán, Rodinás busca ciertas brújulas entre las tuercas y los cerrojos del universo lingüístico, aún sabiendo que en la borrasca de los páramos las brújulas se desorientan, en la borrasca de los páramos las brújulas no existen: comienza el lenguaje… Se da la materialidad del lenguaje. Y es que a veces ocurre como en el cine que no hace sino poner en primer término la naturaleza espectral de toda imagen, lo que hace el autor en este poemario es una vuelta de tuerca más en su apuesta personal, incluso teniendo en cuenta que sigue siendo irreverente y trangresor como en sus libros precedentes. Aquí hay cápsulas de dolor, mundos poshumanos, espejos donde la vida transcurre por realidades inteligentes. Hay recovecos donde el presente es un desierto con flores de alambre. Hay retornos y viajes mentales hacia pasados y futuros. Hay, en ciertos momentos, tomas de conciencia de la pérdida que subyace en la existencia. El verso de Rodinás.


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Posando junto al editor del grupo Editorial "Hijos de la lluvia" el narrador Walter L. Bedregal Paz a su llegada a la ciudad de Juliaca - Perú.

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EL FINGIDOR y EL MAGO

EL FINGIDOR y EL MAGO



José Estela 


EL FINGIDOR:
Walter L. Bedregal ha escrito un libro sentimental: El libro de nuestros nombres (Grupo Editorial Hijos de la lluvia, 120pp. 2016). Pero no solo sentimental. Desde la primera página finge ser un Dios, en este libro se llena de caras y recuerdos ajenos. Los nombres son la única palabra que no miente, nos dice oscuro y perverso, y comprobamos, mientras nos adentramos, que este libro de nombres es una bitácora melancólica, de mundos muy propios a nosotros, y hasta cotidianos. Este ser va mutando entre nombre y nombre, entre foto y foto, entre un rostro y otro, como si fueran máscaras que cambian según la ocasión, con un oficio siniestro, el lector sospechará de la trampa, pero se dejará engañar, porque la curiosidad lo llevará a la última y única verdad, que al pasar las hojas y a través de las historias, ese Dios oscuro y melancólico, ese diablillo burlón y hasta sádico, no es otro que uno mismo.
EL MAGO
Ya conocedor de los microrrelatos, Darwin Bedoya nos presenta Canciones de cuna (Grupo Editorial Hijos de la lluvia, 96pp. 2016). Un libro que nos remite a las páginas de un clásico: Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor, por mí se va hacia la raza condenada… La entrada de la puerta del infierno de Dante Alighieri. El mundo de Darwin Bedoya es entropía, es ver el acto más cruel como cotidiano,  es el estupor hacia la esencia misma de la maldad, que no es otra cosa que un niño travieso, donde la familia es el centro, la vorágine, el ojo del huracán. Uno no puede evitar enamorarse de Quiela, no puede dejar de mirar hasta con cariño tanto horror, esta es la magia del escritor, convencerte de que lo bueno es malo, de que lo malo es justo, de que las cosas se dieron como jugando… Para después de terminar de leer el libro sentirte culpable sin saber ciertamente por qué.
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P.D. Textos leídos por José Estela Huamán en las presentaciones de los libros El libro de nuestros nombres de Walter L. Bedregal Paz y Canciones de cuna de Darwin Bedoya y, en el marco de la 3ra. FIL –Cusco 2016 (sábado 03 de setiembre y domingo 04 de setiembre).

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UNA ESTÉTICA DE LO GROTESCO: El hombre elefante y otros poemas de Miguel Ildefonso

UNA ESTÉTICA DE LO GROTESCO:
El hombre elefante y otros

poemas de Miguel Ildefonso






darwin bedoya


Entre todas las artes la poesía es la única que ya no existe... dice, en las antípodas, uno de los poetas más actuales y más activos en nuestro mapa literario de hoy, tal vez sea uno de los integrantes más prolíficos y descollantes de la poesía peruana de los 90: Miguel Ildefonso. Ha publicado alrededor de una docena de libros de poesía, entre los tres últimos títulos está El hombre elefante y otros poemas, 130pp. Fondo Editorial de la Asociación Peruano Japonesa, 2016. Este nuevo libro —al igual que casi todos los poemarios publicados por nuestro poeta—, ha sido merecedor de un importante reconocimiento: el Premio José Watanabe Varas de la Asociación Peruano Japonesa, 2015.
Desde Vestigios (1999) hasta Diario animal (2016) ha pasado mucha agua bajo el puente, quizá por eso Miguel ha anunciado que este libro es parte de un largo proyecto y, a la vez, de un solo texto que empezó a escribir en los 90 y que, además, cierra todo un ciclo de trabajo poético (ciclo de despedida y de inicio) que no solo refleja completud y realización dentro de su línea estética, sino también un decir poético lleno de apuestas y propuestas: un canon poético de la madurez, además de cantar, en tono mayor, la resistencia a las voces de la destrucción; todos estos signos se entrecruzan para hacernos ver esa latente vena del autor que nos conduce a una épica de la vida que ahora, como en sus libros precedentes, también se nota en este nuevo texto.
El hombre elefante y otros poemas que se podría titular también: El cántico de las criaturas, se divide en dos partes: Los monstruos y Otros monstruos. En Los monstruos la apuesta que hace el autor no es accesoria, y se entiende al concluir la lectura, porque es un juego de espejos, una suerte de recreación de voces y personajes; un desdoblamiento y transmisión de las sensaciones que muestran, de manera más lírica las múltiples voces en tiempos diversos y distancias insondables adquiriendo intensidad y mayor lirismo, casi una metapoética. La idea del autor al seleccionar personajes grotescos, seguramente tiene que ver con la intención de mostrar de estos monstruos su lado humano, sentimental, estético al fin y al cabo. No nos sorprenderá, por eso, encontrar a un Kafka meditativo, a un Van Gogh pintando entre los ojos de los bichos o al Fantasma de la Ópera escuchando unos aplausos en el centro de su inframundo. Tampoco nos será extraño toparnos con un Pinocho tirado entre juguetes empolvados y, no resultará insólito ver desde una ventana al Joven Manos de Tijera deambulando entre un jardín de árboles disecados. En los distintos pasajes o reescrituras hay una suerte de interlocutor ausente, alguien para quien se escribe y que no es un lector anónimo, alguien que recibirá el mensaje para escrutarlo y que lo espera. Aparecen referencias a una época y un lugar, a un dolor físico y emocional, lo que hace que se emparente este libro con los anteriores de Ildefonso, y, por supuesto, este poemario sigue trazando esa línea que marca —en la poesía peruana—, un cierto hito generacional.
Quizá la parte más reflexiva del libro sea la última, Otros monstruos, allí se percibe una gran sensibilidad que se ve expresada por la necesidad de sentido, pues trata de definir al hombre contemporáneo una vez desenmascarados los excesos de la postmodernidad, las carencias del individuo actual y la valoración de la poesía a la luz de los últimos acontecimientos del mundo. En estas páginas finales, intelecto e intuición animan la frondosa poesía de Ildefonso: la poesía es delirio.
En definitiva, El hombre elefante y otros poemas es una poética que embiste el cuerpo central del problema: la presencia y magnificidad de un arte o post-arte, o post-literatura que ni resuelve ninguna de las cuestiones actuales ni procura una definición a los retos más inmediatos. Miguel Ildefonso, con este nuevo poemario, delata un culmen poético, un conjunto de canciones para aliviar la soledad y para recorrer un largo camino, porque escribes desde la nostalgia de una polilla… porque la poesía es otro mundo/ es posible allí dejar de escribir (p.119 / - / 121) porque la poesía, al fin y al cabo, es un silencio útil para descentrar, o al menos poner en tela de juicio a cualquiera de los discursos imperantes de este siglo. Pero no solo eso, El hombre elefante y otros poemas supone, en última instancia, el triunfo de la palabra sobre el discurso.


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DIARIO ANIMAL O LAS BATALLAS QUIETAS DE MIGUEL ILDEFONSO

DIARIO ANIMAL
O LAS BATALLAS QUIETAS DE MIGUEL ILDEFONSO


Darwin Bedoya
La poesía de Miguel Ildefonso tiene tratos con las batallas de la vida y de la muerte: ha seguido una ruta paralela a la de Dante Alighieri: infierno, purgatorio y paraíso. Quizá esto tenga que ver con lo que decía Rilke alguna vez en sus Elegías de Duino: lo bello no es sino el comienzo de lo terrible. Desde Vestigios (1999) hasta este libro, Diario animal (2016), que cierra una época, encontramos en la poesía de Ildefonso textos que reflejan los espacios menos gratos, los sitios más oscuros de la existencia humana mostrados al lector con voluntad de choque, para que la colisión les abra los ojos a una realidad velada por las luces y el ruido insoportable de la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Diario animal (Hipocampo Editores, 64pp. 2016), reúne 38 poemas que narran silenciosamente los viajes y retornos del poeta. En las páginas de este breve libro encontramos otra vez esa representación del sujeto migrante en su citadina épica cotidiana de la que hablaba Paolo de Lima. Una poética de la tensión de la imagen donde el sujeto/personaje está en distintos lugares y va narrando y anotando, a modo de diario, lo que siente y lo que piensa: lo que vive y lo que muere.
Si bien la poesía de Miguel Ildefonso (Lima, 1970) expresa también la hibridez de la cultura peruana, lo marginal, el desencanto por lo urbano, lo metapoético; en Diario animal aparece también ese halo profético donde el sujeto poemático descubre que puede aniquilarse o que puede ser eterno: Agotada la polilla sola en un bosque de edificios y cables / yo sería aquella polilla pero solo me queda el cansancio / las sombras de palabras que fui domesticando en habitaciones lúgubres de hostales lejanos / la polilla no tiene memoria como el dolor / solo es un sueño / solo es la abreviatura de una vida / el intento de ser el reflejo de una luna muerta escrita en estas batallas quietas (La polilla, p. 16). Devolverle la palabra al poeta es empezar otra vez el mundo. Como en La Odisea, Ildefonso nos habla de volver a Ítaca, desde la sombra de los escombros, llegar a las ruinas de la casa. Jugar a los dados en esa vida underground. Irse para volver al lugar poético. En Diario animal están Apolo, Durham, Juárez, Lima, Texas, EE.UU., México, el Norte, el Sur, otra vez Apolo, otra vez Lima o cualquier lugar del mundo: Tirado en el cemento/ de una calle sucia/ silbando en la neblina/ del invierno claro/ y lleno de sinestesias/ allí ve a Dios/ que también gusta de la música… (El ángel caído, p. 20). Estas batallas de las que habla el poeta tienen que ver con el retorno y la partida. El dolor. La ausencia. El recuerdo: el paraíso de Dante, el lugar para vivir: la casa familiar: es una pequeña casa que habita una casa infinita/una habitación donde apenas/ puede entrar la mitad de un amor  (La mariposa, p. 33). Pero cuando el poeta habla de su hábitat terrenal, también habla de su otro gran hogar: vivo en la poesía/ de niño no lo sabía/ ella estaba hecha solo de silencio/ pero luego (a los 17 así) se hizo de palabras/ simples palabras como estas/ yo vivo aquí/ en este poema que no escribo/ sino que se hace visible ante la luz del mundo… (La salamandra, p. 34).
En la última parte de Diario animal: EX-LIBRIS/ Nocturno de Lima, el poeta habla de un viaje que no es sino el volver a casa. Y en este poema el más extenso y logrado del libro, nos habla, una vez más, del eterno ir y venir, del viaje, del retorno como una insistencia para marcar territorio o como el que sabe que no debe irse porque no sabe despedirse y por eso retorna a la Ítaca de toda la vida: aquí está / lo vemos esperando su carro / metido ya en la noche desplegando sus alas que no pueden volar / esperando y sonriendo/con el viento ácido / con la cruz del cerro negro al frente / los faros guiándolo / aquí está él / perdido en la tierra sedienta de ese cuerpo divino airado loco animal… (Nocturno de Lima, p. 58).El poema es una autobiografía, un retrato hablado del país y sus aristas más altas y bajas. Ildefonso cierra así un período, una vida: …entonces quedan aquí las palabras nada más/ queda en esta línea: un punto final. (La pulga, p.27), este libro final (todos los poemarios de Ildefonso son un solo poema, como él mismo lo ha afirmado en algunas ocasiones) es un canto, literalmente, una sucesión de cantos a la vida, al viaje, al retorno, a la poesía misma, por eso encontramos, por momentos, registros levemente disímiles que, de alguna manera, delatan una enunciación plural y abierta a la diferencia, al cambio, al desafío. A la manera de Luchito Hernández, Ildefonso ha ido publicando no cuadernos, sino libros de poesía fracturados que son un todo y que culminan con este poemario. Así, la voz de Ildefonso desde su consagración con Las ciudades fantasmas (2002) no puede confundirse con la de ningún poeta, pues la suya se ubica entre las más singulares, inquietantes y hondas porque, como él, sabemos que: Un poeta/ solo es quien va dejando sus poemas al olvido.
 
 
Ganador categoría Poesía
Obra: El hombre elefante y otros poemas
Autor: Miguel Dante Ildefonso Huanca
Editorial: Asociación Peruano Japonesa
 


Tomamdo del Blog:
 https://darwinbedoya.blogspot.pe/search?updated-max=2018-04-12T15:40:00-05:00&max-results=20&start=2&by-date=false

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Tributo a la Poesía "Cielo de relámpagos" Juliaca 2016





El Grupo Editorial "Hijos de la lluvia", 
"TUNTTA" comida peruana, 
Real PLAZA - Juliaca, 
el Centro de Poesía "Vicente Benavente Calla" 
y la Municipalidad Provincial de San Román, 
tienen la responsabilidad
de organizar: 
Tributo a la Poesía 
"Cielo de relámpagos"
 Juliaca 2016.

Juliaca lee en voz alta los versos de la poesía,  desde este jueves 25 de febrero hasta el domingo 28 de febrero del presente, en las instalaciones de Real PLAZA - Juliaca. Cinco países, 21 poetas hablarán de la poesía, de la literatura y de los que se nos adelantaron en el viaje a la eternidad: Marco Fonz (México 1965 - Chile 2013); Luzgardo Medina Egoavil (Arequipa 1959 - Arequipa 2014); Kelver Ax (Loja, Ecuador 1986 - Loja,  Ecuador 2016); Eduardo Chirinos Arrieta (Lima, - EE.UU. 2016).
Quedan todos invitados. Ingreso libre. También tendremos presentaciones de libros, expo-venta de libros, canje, revistas, etc.
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JUSTIFICACIÓN DE LA VIDA Y LA POESÍA

Efraín Miranda (Condoraque, San Antonio de Putina - Puno, 1925 - Arequipa, 2015) 


Hubiese querido empezar a hablar de la lectura y literatura puneña siquiera con unos 50 libros contemporáneos en la mesa. Hubiese querido detenerme un par de horas en aquel primer libro que Efraín Miranda publicara allá por 1954 y compartir con ustedes verso a verso.
            El libro y la lectura mantienen hoy en día una posición de privilegio como fundamento de la cultura, la convivencia, el progreso y el desarrollo. Los libros y la lectura son piedra angular de la prosperidad, factores sin los cuales no hay civilización democrática moderna que valga. Requerimos en la actualidad, efectivamente, una Patria con Lectores. Y es que sin libros ni lectura, no puede trazarse destino ni porvenir en una sociedad. La democracia, igual, sin esos elementos civilizatorios está en riesgo de quedarse atrapada en los espacios de los anacronismos políticos. Nuestro país está por los suelos en éste ámbito, lo que nos habla por lo tanto del fracaso estrepitoso del sistema público de educación. En ese sentido, creo que no podemos formar parte de ese desmoronamiento, desde provincias como San Antonio de Putina, donde nace el poeta Miranda en el año 1925, desde departamentos como Puno debemos trabajar en ese punto de desarrollo cultural, y qué mejor si en nuestra Región tenemos cumbres intelectuales como el maestro y poeta Efraín Miranda Luján. Creo que a partir de este enorme hito se debería emprender el estudio, el conocimiento de nuestra identidad, de nuestra literatura. Y creo que las actividades literarias, o las publicaciones de libros en primera instancia, tienen esa finalidad: escarbar un poco en la memoria, poner al alcance no solo nombres de escritores, sino también libros, conocimientos. Saber en qué va nuestra formación literaria, saber cuán sensibles somos. La publicación de textos es el ideal de muchas organizaciones, pues soportan una comprensión y divulgación de las manifestaciones literarias y culturales de un espacio, pues son una primera tentativa que generan distintas posiciones para iniciar un dialogo cultural. Ni la crítica ni la cultura son exclusividad de alguna institución o medio –canales de televisión, radios, editoriales, fundaciones, organismos gubernamentales, etc.-, ambas existen porque existe un cúmulo social que desea intentar una comprensión de sí mismo, una cantidad de personas que organizan una mirada sobre lo que sucede en su entorno y lo que se dice acerca de estos sucesos. Estas miradas tienen una repercusión muy importante en los procesos culturales, y con mayor razón cuando se trata de lectura y literatura. Entendemos que el escenario cultural no es un barrio céntrico de notable arquitectura por donde pasean turistas y espíritus educados para una correcta apreciación estética, ni tampoco una carretera por donde transitan vehículos cargados de distintas mercancías a velocidades variables hasta los domicilios de sus consumidores. Entre una y otra barbarie, a medio camino entre estas dos escenas, sucede la imagen inestable de nuestro presente. Ordenar algunas notas que lo demarquen o sirvan para hablar de él constituye un aporte crítico que evita su disolución. El propósito de la presente publicación tiene varios asuntos implicados, en realidad, si mal no entiendo, debe ser evitar la disolución de un espacio común, atendiendo principalmente al ámbito literario en consonancia con el resto de las dinámicas culturales de nuestro departamento.
           Entonces, el primer objetivo es la divulgación de lo literario y su inclusión en esa esfera indeterminada y en movimiento que se llama cultura pura. Creo que los cuatro libros publicados por nuestro mayor autor de la literatura puneña y peruana son primordiales para un estudio. Creemos que existe una grave desconexión entre la creación literaria actual y el público, la cual no solo se debe a la falta de medios de divulgación, sino a fórmulas inadecuadas para iniciar una conversación: los lenguajes académicos que cierran el asunto con un comentario acerca de las metodologías más apropiadas para enfrentar el tema. Creo este evento tiene la finalidad de cubrir esa desconexión, suplir ese vacío en que nada se dice o se dice algo, pero desde un encierro inexpugnable, cual envase de cuatro paredes. La literatura es un telar en movimiento, un conjunto de voces que muchas veces no precisa una figura o leader o disposición estable. Si bien los nuevos escritores del mundo son hijos del MP3 - 4 - 5, también son lectores naturales de E-book, portadores de la Tablet o el BlackBerry y usuarios compulsivos de Internet, del Facebook, del Twitter y otras antiguallas, como el e-mail y el Messenger, y tal vez como muchos, también suscriben la religión del Google. Pero eso no le quita trascendencia a las obras, sobre todo a las que parten desde sus orígenes o las que quieren mostrar al mundo desde dónde provienen, tal como lo hizo Martí o el mismísimo García Márquez, que por cierto, hace unos meses se hizo más grande y más eterno con su Macondo y desde Macondo, es decir desde aquel pueblecito recóndito que es Aracataca, allá en Colombia. La poesía de Efraín Miranda apareció en el horizonte de la literatura peruana a principios de los años cincuenta, 1954 para ser exactos, como una especie de saludable acontecimiento que; sin embargo, casi nadie escuchó ni produjo, en consecuencia, la menor inquietud.
             Los lectores, en su gran mayoría prefirieron mirar hacia otra parte, como si nada hubiera ocurrido. No era poco, empero, lo que había sucedido y lo que ese libro era y significaba. Hubo en ese triste panorama de indiferencia una notabilísima excepción: Salazar Bondy, quien escribió un hermoso comentario sobre Muerte Cercana, libro que un nuevo poeta peruano alzaba su voz en medio de autores ya consagrados hasta ese entonces en la década del 50 en la literatura peruana. Este texto fue incluido más tarde en el volumen inicial mirandiano: Muerte cercana. Esas palabras de Salazar Bondy siguen siendo de lectura obligada para los escasos comentaristas o críticos de la poesía de Miranda. Creo los momentos cumbres de nuestro autor se dan en Muerte cercana y Choza; sin embargo, toda esa obra compuesta por cuatro libros alcanzará un punto culminante con la edición de su Poesía reunida publicada por el sello editorial puneño Hijos de la lluvia. La aparición de la Poesía reunida de Miranda es una ocasión inmejorable para ponderar las cualidades de esta escritura poética, quizá la más singular de por lo menos los últimos cincuenta años en el ámbito de la poesía peruana. En estas páginas veremos que el escritor experimenta su soledad al convertirse en letra y sangre de sus propias páginas. Sabremos de cómo esa lengua india fluye en cada verso. Leyendo esta obra completa sabremos de esa entrada al laberinto de la escritura como una entraña y a la vez conocida herida, único vehículo para hacer visible lo invisible, figura o representación, paso a ciegas por lo abismal. Porque escribir es ponerle un nombre a la muerte. Porque la poesía es una interrogación y la infinidad de respuestas no dejan de ser preguntas. En la escritura la interpelación es el mecanismo creativo por excelencia, surge de la duda y la contradicción, y acaba siendo oxímoron o encrucijada de las palabras. La pregunta es oscura y creadora, y la respuesta es una precipitada lucidez que fulmina. La pregunta errante cede ante la hospitalidad de la palabra. ¿Muerte cercana? La escritura recorre como un nómada el desierto, en el cual ve su alumbramiento (o nacimiento). Los libros de Efraín Miranda dejan abierta su morada al lector, en un acto de ilimitada hospitalidad, para que habite el libro total, para que lo deletree vocablo a vocablo. No nos queda a nosotros, lectores, nada más que cerrarlo, ovalarlo hasta formar el bucle incesante que nació con la pregunta. Y volver de nuevo a borrar el libro. A escribir el libro frente a un Padre Sol incesante.

Ciudad de los vientos Juliaca, junio del 2014


______________________
P.D. Parte de la presentación del libro inédito EFRAÍN MIRANDA Poesía reunida, Grupo Editorial "Hijos de la lluvia".
Las fotografías corresponden a las visitas que se le hicieron al poeta, en su casa de Yanahuara- Arequipa.




Se aprecia en compañía del poeta a: el narrador Javier Núñez, el poeta Carlos Mendoza, el Dr. Omar Aramayo,
el narrador Walter L. Bedregal Paz y el poeta Lolo Palza.



Aquí junto al poeta Efraín Miranda, el poeta Luis Pacho, el artista David Colquehuanca, el poeta Darwin Bedoya 
y el narrador Walter L. Bedregal Paz.


Portada del libro (inédito) sobre su obra poética reunida.


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CIBORG POIESIS 5.2: CANTARES DE UN TROVAR CLUS OTRA PLÁTICA CON J.J.RODINÁS (II PARTE)

CIBORG POIESIS 5.2:
CANTARES DE UN TROVAR CLUS
OTRA PLÁTICA CON J.J.RODINÁS

(II PARTE)



darwin bedoya


Juan José Rodinás 


Tal vez la poesía no esté obligada a ser nueva ni contemporánea, sino actual. No importa si se apela a una tradición, a una ruptura, a una propuesta; importa que esa tradición o disloque tenga una significación y por lo tanto una validez poética. O que todavía tenga alguna iluminación que haga decir vida y luz a las palabras. Tal vez la poesía actual sea la misma de hace uno o dos siglos atrás. Quizá la poesía de hoy sea la de los clásicos y legendarios poetas que nos dijeron que así era la poesía. Tal vez por eso se escriba y nos guste cierta poesía. Quizá por eso existan ciertos libros de poesía que sintonizan con una serie de asuntos que tienen conexión con esta nueva «tradición» de la poesía latinoamericana: la de continuidades, reescrituras y diálogos y experimentaciones. Hablo de una tradición rizomática y hasta cierto punto desterritorializada. Estas nuevas voces que incluyen en su poética los juegos del lenguaje, la conciencia crítica de la escritura y el silencio. Estas nuevas estéticas que no se han olvidado de que una poética está involucrada en la contradicción, el caos y la ruina. Estas poéticas  envueltas en cierto lirismo que convoca la totalidad y el vacío. Que resucita la vida y la muerte. Que goza con un discurso de fragmentación y aniquilación. Que sueña con la solución de lo mistérico. Estamos hablando de una poesía que va más allá de cualquier intuición o asunto previsible. Estamos refiriéndonos a una poesía que a veces deslinda de sus significaciones contextuales e históricas. Una poesía que deviene en procedimiento volcado hacia sí mismo, creando de ese modo sus propias leyes y contextos, sus propias gramáticas. Al final estamos hablando de una poesía cuyo fin primordial parece ser el de buscar insertarse —apoyada en su fe—, en y desde el mundo actual y, mediante un logos que no se ciñe estrictamente dentro de ese territorio frontera del género poético. Esta poesía está representada por las construcciones poemáticas de un sinfín de significantes que al final conforman el mapa de la imprecisión de los géneros: poesía emergente. Si bien es cierto, el canon exige a los textos una extensión en el tiempo, también es cierto que estas nuevas propuestas surgen desde una extensa avenida donde se da la revisión-combustión de las poéticas de la tradición y las del porvenir. Y surgen entonces los proyectos escriturales nuevos, capaces de alterar no solo la crítica, sino también los cánones. Estas nuevas pulsiones hacen que el sujeto lírico desarrolle formas voraces de creación, tal vez con el propósito de refracturar la tradición, tal vez con la intención de plantear una nueva tendencia, o simplemente con la idea de decir (sugerir) una poesía distinta a todas las demás. Creo que están en este grupo de poetas quienes tienen una manifiesta declaración de ofensiva contra el lenguaje, contra las conocidas fórmulas poéticas que incluyen la intencionalidad disruptiva, sin dependencias de glorias estilísticas. Es verdad que no es propiamente la sintaxis la que contiene al poema, sino el tono, él es el que le otorga ese anhelado equilibrio, la armonía buscada, el espíritu que organiza la eternidad. Los textos de estos autores, antes que poemas transidos por una apertura lírico-experimental, pienso que son la conclusión, el límite que el viaje impone a un mundo-cuerpo del vivir. Con todo, la nueva poesía es más que un paréntesis escrito entre lo que se puede intuir de un libro, y lo que lo hace un acontecimiento obstinado para la comprensión del corpus de la poesía latinoamericana del siglo XXI. Conjugar las voces, entremezclarlas al punto en que ya no importa quién habla, abrir caminos para un arte que no cierra los ojos ante lo reprimido. Estos versos se hacen entonces poemario-convocatoria: se cita con otros, se hace llamado, desembocadura en el que una plétora de murmullos huérfanos resuenan con insistencia desde el fondo de una fosa común.
Es en este panorama que encontramos un libro sorprendentemente experimental, un texto que fabrica una máquina ciborg, un ciborg que construye una máquina del tiempo dentro de un libro. Un libro poseedor de un espíritu conectado con la insurrección que comienza en el centro mismo del lenguaje. Creo motivos suficientes por los cuales va esta conversa con Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979). Y es que Estereozen es una especie de fractal que va generando un crecimiento aparentemente caótico, pero que ordena su caos desde la acumulación de gramáticas a través de circuitos electrónicos que van expandiendo un universo cibernético. Ese mismo cosmos es el ingreso y establecimiento en la multiplicidad anárquica del mundo lingüístico. J. J. Rodinás —reciente ganador del IV Festival de la Lira 2013, Ecuador—  quiebra la coyuntura gramatical e instaura su palabra poética en el espacio de la ultimísima poesía contemporánea o, lo que es lo mismo, prorrumpe triunfante del desafío con aquel conflicto del ser que hace del lenguaje su contradicción-búsqueda-alejamiento permanente. Gramáticas en constante expansión, gramáticas que entre ellas mismas se amplifican, se exploran, buscando nuevas posibilidades metafóricas y simbólicas que a veces van más allá del lenguaje poético. Poesía plagada de metamorfosis y trances constantes. Licuaciones disolventes. Juan José logra verdaderos ciborgpoemas-collage donde se conjugan la cibernética, la física cuántica, la liricidad, los juegos gramaticales, y esto lo conecta con los Pneumogrammes de Engelbach, aquellos que incidían en el collage de la obra de diversos autores. Este tipo de procedimientos los había mencionado visionariamente Novalis cuando señalaba la existencia de interrelaciones que hay entre todas las cosas del Universo, el tejido de mágicas conexiones entre los seres y las cosas, y el estremecimiento como potencia cósmica. También es lo que Gauthier definiría como «devoción» entre seres y objetos. Así, Juan José concibe una escritura en constante movimiento, iniciada en zonas directamente relacionadas con la existencia cotidiana, pero también desde ningún lugar, tornándose así en una experiencia poética o visionaria. A nivel de las estructuras profundas, la poesía de Rodinás responde con poesía a una visión infausta, pues ante un mundo que se presenta sin futuro sólo cabe la respuesta de una escritura fuertemente experimental, conectada a cierta antropotrónica que subvierte y a la vez recupera el mundo más allá de cualquier mundo, inclusive de nuestro mundo: la vida posthumana.



I.-  LA ESCRITURA:

-En una conversa anterior, Juan, nos decías que tu poesía estaba hecha de «un habla molida, apachurrada, cosida y descosida». Pedazos, retazos, estructuraciones y desestructuraciones, ¿podrías explicarnos sobre estos procedimientos, cómo es que consigues u obtienes esos apachurramientos para lograr esta singular poesía?
Surgen de un punto de contacto entre la intuición y la conciencia. Creo que, con el tiempo, he aprendido —al menos un poco— a espejear mis estados mentales en las estructuras sintácticas, como si se tratara de materiales vivos.

-Esto de espejear los estados mentales lo desarrollas desde tus primeros libros. Creo que leyendo tus libros nos adentramos a lo que se podría llamar resemantización poética y experimentalismo, ¿en qué medida asumes esta idea?
Todo poema interesante resemantiza la realidad que no nombra. En ese sentido, todo poema sugestivo es experimental en algún nivel. Quizás en muchos de mis textos ese gesto es radical, eso sí.

-La radicalidad es otra característica de tu trabajo. Ahora, en tu poesía, en muchos pasajes de Barrido de campo, Cromosoma y Estereozen, es muy notorio un desplazamiento sémico y es muy claro que empiezas a romper los límites de tu propio lenguaje.
En efecto, yo sospecho que hay desplazamientos a nivel semántico, pero no son estudiados, ni planeados. Suceden más bien en el proceso de vida del poema. Lo que yo aprendí —como decía Montale— es que todo poema debe ser experimentando antes de ser escrito. Ahora, lo que sí ocurre es que muchas veces en el proceso de la escritura el grado de destrucción no alcanza a reflejar mi estado mental y, bueno, hay que romper más en alguna parte.

-Sí, romper, destruir más. Juan, en tus poemas hay al mismo tiempo un sistema de signos que ocultan un código personal, una reinvención armoniosa, ideogramas y pictogramas  cuyas imágenes nos permiten ver y pensar otras realidades, digamos más modernas, más sofisticadas, insertándose con grandes pasos al mundo digital, ¿podrías hablarnos de eso?
Siempre me ha interesado la manera en que se mezclan las cosas, los códigos, los símbolos. En esas mezclas surgen cosas que, incluso yo, no espero. Por eso, las imágenes hipertélicas y cibernéticas aparecen enchastradas entre imágenes preciosistas. La idea es ampliar el mundo en lenguaje. Hablar con las palabras como si fuesen bonsais.

-Desde Barrido de campo hemos asistido a la reescritura como una experimentación o bifurcación de poéticas contemporáneas, ¿cómo es que observas estas propuestas o ejercicios de riesgo?
Barrido de campo es un libro donde yo quise jugar a ser el ojo de esta época. Aparecen chismes televisivos y referencias culteranas. Si alguien abre los ojos en su habitación, probablemente verá botellas de shampoo y laptops, no sólo acuarelas.

-Wallace Stevens oculta y desoculta un mecanismo de lo profundo de la renovación del lenguaje que los poetas aportan a la realidad y al poema, como versión transgresora de esa realidad en la cual vivimos incluyendo, claro está, los sueños diarios, la memoria, esas visitas que cada noche arman «argumentos» y «diálogos» fascinantes del inconsciente, ¿háblanos cómo se da esto en tu poesía?
Stevens es mi poeta predilecto del siglo XX. Con César Vallejo. Stevens es capaz de sumergirse en el sueño y crear estampas absolutamente verosímiles que pueden ser tanto meras viñetas como traducciones de la imaginación en estado puro. Más que el desbocamiento freudiano surrealista, me interesa esa juguetería del sueño.

-Admirable Stevens. Ahora, a muchas personas que están en el asunto de la poesía, he leído que muchas veces escribir les permite sobrevivir ante una especie de contrariedad o monotonía existencial. Dime si esto va contigo y, en todo caso, ¿cuánto de tus vivencias y experiencias están plasmadas en tu obra?
En mí caso suele ser un mecanismo de resistencia. Trato de que cada poema provenga de un estado síquico (no necesariamente de una experiencia). Mis libros más extremos los he escrito en el marco de mi relación paradójica con el mundo y en medio de experiencias sicológicas abrumadoras. Conclusión: si vas a vivir con alguien, primero practícale una lobotomía a la muchacha o muchacho. 

-Para mí la calidad esencial de tu poesía radica en el halo de una sutil inmediatez: imágenes vivas que se sienten sin exagerada mediación  a pesar de ciertas zonas que poseen interpretaciones postergadas, aunque sabemos que son, desde lo más profundo, productos modernos de arte.  En tus versos reconocemos la abundancia del mundo contemporáneo, su tendencia tecnológica, el movimiento y la velocidad, más que la finalidad de un destino limitado. ¿Cómo te ves tú dentro de la Babel poética latinoamericana? ¿Crees que tienes pares? ¿Ellos son muy disímiles…?
No sé, sospecho que hay escrituras afines en distintos niveles. Aunque también me gustan cosas harto distintas a las que yo hago. Incluso autores casi opuestos como Giovanni Quessep. Me gusta mucho Litane de Alejandro Tarrab y la poesía de Luis Eduardo García y Daniel Bencomo. O León Félix Batista, Enrique Bacci, Maurizio Medo. Son muchos. Además, soy fanático de los libros de física y de neurociencia.

-Entiendo tu gusto por Litane. Tiene muchas conexiones con tu trabajo. Explica Daniel Bencomo, sobre la poesía de Tarrab, que ésta se caracteriza por plantear una escritura difícil y que tal complejidad nunca es gratuita, pues atiende y refleja un imaginario en rizoma con discursos filosóficos, históricos y poéticos. Pienso que a esa idea de Bencomo hay que añadirle, además, el fluir de la intensidad expresiva, el desdoblamiento de la estructura mimética, la interrupción de ciertos interdictos que median entre creación y recepción, el ejercicio de escribir desde la indefinición, desde un no-lugar, Tarrab es inmigrante de su propia escritura, y tal vez eso tenga que ver con su escritura desbocada, especialmente enLitane y Degenerativa.


II.- LOS LIBROS:

-Ahora hablemos de Estereozen, ¿cómo surgió este poemario? ¿Acaso te planteó retos el escribirlo y, de qué manera se vincula con Cromosoma y tus libros más recientes?
No diría que me planteó retos, sino dificultades. Fue una época de vivir en el filo: en especial a nivel emotivo. Creo que cada libro mío es una respuesta al libro anterior. Cuando sienta que no necesito responder más dejaré de escribir poesía. Esas respuestas surgen de un cambio en la experiencia que demanda una nueva casa en las palabras. Aunque también ocurre al revés: a veces el poema pide vivir cosas que resultan fundamentales para que el poema exista.

-Creo que siempre necesitarás responder. Bueno, dice Eduardo Milán que con Estereozenel lector asiste a una poética que tiene restos de una devastación pero no una huella exterior, en el mundo. «Un poeta es la capacidad de asumir con anterioridad lo venidero aun por la paradoja de que ese venidero ya ocurrió fragmentariamente en el presente de la existencia». ¿Qué nos puedes decir de ello?
Es una visión del mundo que, aunque no aparece en el mundo, está en el mundo. Lo que ocurre es que no siempre lo evidente es lo que está en el corazón de las cosas.

-¿Cuán difícil ha sido para ti el hallar una voz poética propia dentro de las muchas influencias que has podido tener por tus lecturas?
Creo que el tono se termina por notar en la curva de la obra. Es difícil pensar en la voz en un libro, al menos que sea algo absolutamente insólito.

-La curva de la obra, excelente. Ahora, deteniéndonos un poco en el asunto de la biografía: ¿Crees que tus libros reflejan algo de lo que has vivido, o enuncian la vida en una suerte de alter ego, sobre todo en Estereozen?
Ambas. Creo que siempre hay desplazamiento hacia una cosa que no soy yo, pero debe haber un vínculo con aquello que me determina: la memoria personal. Por allí digo Madame Sadness, o tranny y es ese juego con una sexualidad que siempre he sentido que me resulta paradójica. Por el sistemático bullying que me hicieron en el colegio donde estudié (pues era educadito y me expresaba mucho mejor que mis compañeros), me quedé traumadazo y me rapé la cabeza y las cejas como una forma de protesta contra mí mismo. Ese adolescente ambiguo me acompaña siempre. Creo que escribo para él. 

-«Agrego la masacre de mi propia figura sobre la cara de mi padre: miro la luna como bola de billar suspensa en el azar del cielo…/ La cabeza de mi padre enterrada, rodeada por un círculo de ceniza blanca…/ Te digo que mi padre era la Juanja triste sobre un triángulo dibujado en el pizarrón de mi cuerpo vacío…»/ (Un sólido: genoma zen) p. 82, 83. ¿Qué puedes decirnos de estos versos de Estereozen vistos o leídos desde ese cuestionamiento de la autoría y del yo poético, además imbuyéndola con la pregunta anterior?
Es mi padre, pero no lo es porque no sé quién —espiritualmente— es mi padre. Y bueno, existe una distancia entre la biografía y la voz poética sin la cual el lenguaje sería innecesario. El poema aparece en esa distancia como un mecanismo para surfear entre el mundo y el lenguaje. Si ambas fuesen la misma cosa, viviríamos en el lenguaje, comeríamos sílabas, etcétera.

-Tu padre aparece varias veces y en casi todos tus libros. Hay ocasiones en que hasta se podría decir que lo parodias. Eso implica memoria y hasta cierto punto un padecimiento, esto tiene que ver contigo porque esa especie de dolor proviene de la conciencia angustiosa del paso del tiempo. Creo que somos un reloj con tiempo definido y finito que se pone en marcha con nuestro nacimiento. Entonces el hombre es así un ser con el tiempo marcado. Pero vamos, Juan, considerando Barrido de campo, Cromosoma, Estereozen¿De qué manera sientes que ha evolucionado tu poesía y, hacia dónde crees que está yendo?
Yo creo que esto es como ponerse una trampa y caer en ella. Si no caes, no sabrás cómo salir de ella. Escribir un libro nuevo es proveerse de estrategias para salir: a veces sales airoso y otras quizás no tanto, pero siempre aprendes. El poeta que olvida que es un aprendiz está perdido, decía Juarroz. Ahora, hacia dónde va mi poesía lo intuyo. Sé que mi juventud poética ha terminado, porque mi cuerpo me lo dice. Por eso quiero reunir mis libros después de un sueño que tuve con cajitas. Ahora, quiero hacer un libro que pueda ser memorable, que contraste con más fuerza con la obra de mis contemporáneos. Eso es lo que tengo en mente.

Juanjo junto a Maurizio Medo



III.- LOS PREMIOS:

-Vayamos al LIRA 2013. Es lugar común que algunos detractores hablen de que los premios que uno recibe están «arreglados». Sin embargo no eres nuevo en esto de los reconocimientos, aparte, obviamente, de la calidad de tus poemas. Empezaste en uno de los lugares más difíciles de ser premiado como poeta: España. ¿Significan algo los premios para la poesía, para la obra del poeta? ¿Qué han representado estos premios para el poeta Juan José Rodinás?
Sí, en general se trata de gente que cree que se los merece o, cosa más curiosa, de que se los merecen otros. Yo no he ganado muchos premios, pero he ganado dos que, personalmente, siento que han valorizado dos momentos de mi poesía. Lo interesante de los premios no es ganarlos, sino que encuentres interlocutores para tu propuesta. Un premio visibiliza voces, aunque no creo que nada las legimite, salvo quizás algún lector fervoroso. 

-Eso es verdad, los premios como que te ponen en vitrina y por supuesto, al alcance de nuevos lectores. Ahora, nos podrías contar de las dos crisis emocionales que te causó este hijo tuyo Estereozen a la luz del premio?
Bueno, Estereozen es un libro que revela el modo en que miles de gramáticas son atravesadas por una parodia de mi padre biológico y el fin de un amor. El premio sólo me hace pensar lo irónica que es la realidad.

-Me gusta esa idea de miles de gramáticas atravesadas. Pero ahora hablemos del sentimiento, el presentimiento y el estremecimiento de la poesía de Estereozen, cómo ves esa escena, o para ser un poco más exactos, debido a esta idea ¿Qué hace diferenciarse a la poesía contemporánea ecuatoriana de la poesía de generaciones anteriores?
No lo sé. Sospecho que hay un diálogo con los referentes espirituales, sicólogicos, tecnológicos y simbólicos de la modernidad tardía. Desde luego, esto no sucede de la misma manera en todos los autores y, en realidad, hay algunos que ni se han enterado de que existe un mundo afuera del poema. Eso es enigmático. 

-Más allá de que puedan ser borrados o ser considerados entre las voces que quedarán, pero no más allá de la contaminación o de la degradación, ¿cómo ves a los poetas premiados?
Hay un poeta venezolano que a mí me encanta que se llama Rafael José Muñoz. Su libroEl círculo de los 3 soles es de las cosas más interesantes de la poesía latinoamericana. No suele estar en las antologías de poesía venezola, peor latinoamericana. Pero está allí. Creo que los premios hacen visible a un autor, pero sólo la obra –y cómo se enmarque entre las otras obras- hará que esa obra dure. Sin embargo, todo se olvidará algún día así que más allá de la caducidad de una obra, todo será olvidado en cien, mil, dos mil o tres mil años. El chip de la poesía, de la alotopía, no sé…  

-Ahora que mencionas El Círculo de los 3 soles, Rafael Muñoz aparece brevemente en La máscara, la transparencia de Guillermo Sucre, empero, más cercano y visionario decía el crítico Liscano en un estudio sobre ese círculo: «Este libro constituye un acto gratuito de esplendente liberación por el absurdo, en que se imita en ficciones barrocas de inventiva delirante: la ciencia ficción, los cálculos astronómicos, los textos bíblicos, los eruditos diálogos de las novelas de divulgación científica, las historietas cómicas de las guerras interplanetarias, las descripciones botánicas y zoológicas de la naturaleza propias de los viajeros de la ilustración o de novelistas como Verne e innumerables otras formas de inventiva literaria y mental, propios de una civilización en quiebra como la nuestra.» El Círculo de los 3 soles, más de 500 páginas de experimentación poética, ficción, futurismo, astronomía y matemática fantástica, en realidad es un libro asombroso y absolutamente contemporáneo, entiendo tu gusto por él. Pero estoy seguro que muchos no lo conocen. Hay bastantes conexiones con tu Estereozen. En fin, en este tiempo hay muchos Rafael Muñoz o Gamaliel Churata; pero sigamos Juan, dime ¿cuánto implica ganar un premio para un poeta que como tú no requiere de premios, sino de escritura y lecturas?
Lo interesante es que alguien te lee con interés. Quizás ahí coinciden las dos cosas que aparentemente son opuestas. Quizás haya dos o tres lectores más después del premio.

Con Fernando Escobar y Hector Hernández Montesinos



IV.- LOS INFLUJOS:

-Juan, has trabajado el tema de la traducción en Una cosa natural. 29 poetas norteamericanos. Conoces bastante de El Renacimiento de San Francisco y el Black Mountain College, también la labor poética del Movimiento Objetivista; háblanos de la «composition by field», ¿cuánto de ella se desarrolla, explora o reescribe en Barrido de campo y Estereozen, básicamente?
A diferencia de la poesía francesa de la segunda mitad del siglo XX (quizás con la excepción de Michel Deguy o de poetas más recientes como Christophe Tarkos) que trabaja desde una materialidad autorreferencial, órfica, la poesía norteamericana establece una relación kinésica y vitalista con las palabras. Olson creía que las palabras no eran meros vehículos expresinos, sino encarnaciones de una manifestación síquica, objetos donde se ponía en juego toda nuestra experiencia vital. Así, la flexión de las palabras tomaría la forma del sujeto—en tanto mente— que las emplea. Yo escribí en el 2004 un libro que extravié en el 2005—tras presentarlo a un concurso y no ganarlo, ni nada— que recogía esa idea. Por ejemplo, utilizaba la palabra «carro» en una especie de avenida en la página, la repetía 60 veces y así. Lo desheché, pero su espíritu aparece en cosas que escribí después (en especial en Anhedonia), ya con más confianza en mi capacidad de ponerme en juego al escribir lo que me diera la gana.

-Entiendo esto último de la libertad escrituraria y las camisas de fuerza…. Ahora, uno de los más notables poetas norteamericanos es, sin duda, W.C. Williams, él nos acercó mucho más todavía al ejercicio de la poesía en prosa y al versículo extenso contemporáneo, pero a la vez nos propuso un viaje de la imaginación no solo a la realidad, sino también a la imaginación misma, ¿qué significa el Paterson para ti a la luz de tus poemarios en prosa y, también, considerando que pronto publicarás en un volumen único todos tus libros que en realidad son uno solo?
Para mí –con frecuencia– es difícil distinguir la imaginación de la realidad. Aunque, por suerte, la mayor parte del tiempo no necesito distinguirlas. Williams creó en Paterson el contrapunto de sus poemas breves. Algo similar sucede entre el Pound de los Cantos y el de Personae. Creo que esas elecciones parten de una particular elección del asunto que lo elige a uno. Creo que en Paterson hay un viaje a los términos en que la vida ocurre dentro de la propia imaginación. Es un libro fundamental.

-Inolvidables los Cantos y el Personae. Sigamos Juan, casi en la misma línea de la poesía norteamericana, Robert Duncan concibe su universo poético como nacido de la tensión entre dos impulsos contrarios: por un lado, la creación como fuerza poética que libera el significado y, por otro, la metáfora, que contiene ese significado y le da coherencia. Procedimientos que como en Pound abarcan lo místico, lo natural y el desarrollo del símbolo que al final quedan integrados a la realidad. Procedimientos que casi como enBarrido de campo, Cromosoma y Estereozen ocurren, ¿cuáles crees que sean tus nexos con las poéticas norteamericanas, con Duncan, por ejemplo?
Me interesa mucho la poesía norteamericana. Fue, en cierto momento, un punto de fuga frente a la poesía española. Luego, llegaría con fuerza la poesía latinoamericana y se establecerían contrastes muy sugerentes. Me gustan mucho, entre otros, Ashbery, Ammons, Schuyler, Merwin, Creeley, Berryman y, claro, Duncan. Duncan me gusta porque involucra elementos simbólicos adensados y extravagantes en tramas enigmáticas y experimentales, pero también profundamente líricas. Creo que Cromosoma tiene mucho de Duncan, además de un homenaje explícito interpolado en uno de los poemas.

-Ahora, en Duncan como en W. C. Williams o Whitman hay un sino intuitivo, casi profético; en tu obra también encontramos un cosmos de tendencia a las visiones que se van articulando a través de una elasticidad lingüística que explora una realidad a veces interna, a  veces externa, ¿Crees que ocurre algo de esto en tu poesía?
No creo que mi poesía sea profética. No creo en las profecías, porque las profecías tienen que cumplirse. Me encantan las cosas que se arruinan, que se derrumban, que se indeterminan. Sólo esas son ajenas al poder. Sin embargo, sí creo en las visiones, de mundos paralelos, de realidades equidistantes, de cosmos dentro del corazón de una ardilla invisible. Lo que quiero decir es que creo en la irrealidad, que creo que la distancia entre la ficción y los recursos comprometidos con la verdad no existe.

-En Estereozen hay indicios de una poesía intersígnica, si consideramos por ejemplo algunos poemas de Karma Chamaleon, sobre todo en Tachadruras Dime, ¿qué ves Carlos Edmundo? Sabemos ya de tu gusto por los écfrasis; pero un poco volviendo a Duncan, fue Jes Collins quien ejerció una fuerte influencia en la poesía de Duncan, en tu caso el écfrasis que deviene de la pintura tiene un nombre especial? ¿Cuál es el valor de estos influjos o procedimientos en tu poesía?
El origen es un poeta colombiano llamado Álvaro Rodríguez Torres. Su libro El Color de lo Blanco es uno de los libros que más ha influido en la relación que yo establezco entre poesía y pintura. Mi libro Viaje a la mansedumbre tiene elementos de esa voz poco conocida fuera de Colombia. En Torres hay una tensión entre el ojo y el mundo que me parece bastante singular. Sin embargo, Torres es tradicional, no en su actitud, pero sí en el lenguaje que utiliza. Yo quise llevarlo a un extremo de tensión lingüística, como jugar un partido de baloncesto en una piscina. Creo que esa imagen le encantaría a Carlos Edmundo de Ory.

-Estoy seguro que la admitiría como a su propio hijo. Carlos Edmundo de Ory, hasta cierto punto es lo que parece. Sin embargo, lo que parece no se parece a la locura. Simplemente corre lejos de la lógica aristotélica y, como la mayoría de los grandes brujos del poema —Oquendo de Amat, por ejemplo busca una salida a su zozobra. Creo, Juan, que el universo oryano queda dominado por un tema arquetípico central: la caída que alcanza proporciones cósmicas (caída y ruina son las palabras claves). También me hiciste recordar a ese otro Carlos Edmundo de Ory que decía: «El pensamiento ha huido de nosotros / Se juntan nuestras manos como piedras felices...» Bueno, bueno, dentro de la poesía contemporánea hay varios autores que trabajan sus textos poéticos como objetos verbales exclusivos. Hart Crane junto con Duncan tuvieron también este mismo tipo de procedimientos en su poesía (Creeley es un poeta del lenguaje), es decir usaban mecanismos autosuficientes y autónomos en la construcción de sus textos, no dejaron de lado ni la arquitectura ni la textura del poema. ¿Háblanos de los poemas como objetos verbales exclusivos? Sería interesante también ahora que hablamos de los poetas norteamericanos—, que nos digas cuánto influyó haber estudiado y traducido a 29 de los más trascendentales poetas de ese lado del mundo?
Los poemas siempre son objetos verbales, aunque no son sólo eso. Eso no quiere decir que el misterio haya desaparecido. Por eso, analizar un poema y ver cómo está hecho, no se traduce en la capacidad de hacer algo similar, básicamente porque un buen poema siempre es una invención singular y, en ocasiones, única. Sin embargo, sí creo que hay una poesía más consciente de la materialidad que pone en juego y ésa es la que a mí particularmente me interesa. Tú señalas a Creeley y él crea unas viñetas breves, objetivistas, que dejan la realidad suspendida en el tiempo. Lo que me gusta de los objetivistas es que hacen que lo cotidiano parezca sustraído de cualquier temporalidad. Sin embargo, esa frescura aparece incluso en poetas enigmáticos como Duncan. La poesía norteamericana tiene, desde Whitman, algo muy particular: un mundo como recién estrenado. Un mundo que no necesita ser mítico, para ser augural.

-En Estereozen el registro escriturario no solo es lingüístico o en ciertos pasajes metapoético, es también altamente cibernético, lírico, científico y hasta religioso, ¿cómo logras este tipo de discurso, tan extraño y nuevo en la poesía latinoamericana contemporánea?
No sé si el libro sea nuevo en un sentido absoluto, aunque sí creo que es extravagante. Yo quise combinar todo lo que me interesaba en ese momento. Había leído un libro de Mark Dery donde él habla del tecnopaganismo, una especie de espiritualidad transhumana que me divirtió profundamente. En ese juego, entre irónico y trágico aparece Estereozen. Entonces, escribí este libro trans-muchas-cosas. Me interesó poner en tensión mis sueños con una realidad personal desastrosa en el marco de un mundo desastroso que, si no se agrega cierta ironía, demandaría un suicidio en masa.

-Siguiendo las pistas de Estereozen, ¿cómo es que llegan a ti los saberes Zen, sobre todo el arte kyudo, el tema de los Koanes, el honkyuku?, y, lo más importante, ¿cómo es que decides poetizar toda la estética de ese mundo?
Siempre he tenido curiosidad sobre las tradiciones religiosas orientales, porque hablan de un vacío que es muy extraño para Occidente. En Occidente, el vacío es un concepto espacial, físico, pero en Oriente adquiere una trascendencia espiritual. Eso surgió a partir de la lectura de Rodríguez Torres y de Alexis Naranjo. Después, surgió una voraz curiosidad intelectual hacia todos esos textos. Y bueno, en Estereozen, quise imaginar a un eremita como protagonista de Tetsuo, el hombre de hierro

-Un tanto para terminar —por el momento— y dejar nuevamente esta plática pendiente, Juan, asumimos que Estereozen pareciera ser un espacio poético donde se da según lo que señala Milán en el Bonnus track al final del libro, luego de la devastación, el rumbo post-humano. Y aquí es donde hablamos de nuevas formas de expresión poética,  ¿qué piensas de la poesía multidisciplinar y el «cont-acto-exto» experimental y vertiginoso de una nueva escritura del hipervínculo? ¿Es posible imaginarnos de pronto a  un Ciborg Satori, un Android, conectado a Internet, escribiendo versos cogidos al azar del Twitter o del Facebook? ¿Sería posible encontrar en estos textos cibernéticos esa genética e impostura de la emoción en el poema, asunto muy importante del que tú hablabas?
Es posible que la poesía, tal como la conocemos hoy, desaparezca o, más bien, migre. Creo que, por ejemplo, el LSD es poesía (al)química, pero las máquinas podrán llevarnos en el futuro a experiencias absolutamente insólitas. Creo, sin embargo, que hasta que ese momento llegue, el poeta puede servirse de programas informáticos, de interfaces de toda índole para ampliar su perímetro de acción verbal y, desde luego, vital. Sin embargo, tengo un bonsai en mi casa y es mi aplicación poética favorita. Las hojas con plaga me indican que es real. 
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