domingo, 30 de enero de 2011

Los caballos de la muerte o la reescritura de la poesía



Walter L. Bedregal Paz

Darwin Bedoya, Terminal terrestre, Grupo editorial Hijos de la lluvia, Juliaca, Perú, 2011, 36 pp.

¿Por qué anhelamos la muerte? ¿Qué nos mueve a poner nuestra vida al alcance de la nada, a dejarla en el centro de la oscuridad? ¿Acaso todo esto se trata únicamente de ponerle más vida a la muerte? O es que tal vez esto tenga que ver con un sobrecogimiento frente a la verdad de todas las cosas. Aunque no queda exento el razonamiento de que esto resulte ser una brumosa sugestión de otra vida, de una palabra a la vez extraña y familiar que nos conduce al poema. Estas preguntas y supuestos parecen estar acercándose y alejándose en la poesía de Terminal terrestre, el nuevo texto de Darwin Bedoya (Moquegua, 1974). El poemario empieza con un verso de El cristal, uno de los libros primigenios del mexicano Jorge Fernández Granados:

yo también soñé despacio los caballos de la muerte | mientras la poesía | incorregiblemente juntaba palabras dispersas | para comenzar a decir | yo soy quien puede hacer oraciones chorreando aves oscuras | yo soy quien puede atravesar silencios como un potro ya sin vida
( [1] yo también soñé despacio los caballos de la muerte, p.12)

Es a partir de este primer poema que se vislumbra esa pulsión reiterativa de la aniquilación y la fragmentación dentro de un tejer infinito de ecos cuyo concierto alcanza al poemario anterior del poeta, Leve ceniza (2010), es desde allí o desde Terminal terrestre que la muerte va cobrando mayor cuerpo y su efluvio se va acrecentando en cada verso, en cada poema y va, de ese modo, conduciéndonos a un lugar cuyo laberinto sin salida, a veces o en la mayoría de casos, quiere extraviar la sucesión del discurso al igual que la comprensión y la ubicación del lector. Desde esta refracción, la semejanza inicial de Terminal terrestre con Leve ceniza no resulta una suerte de casualidad, menos un asunto meramente superficial o anecdótico, sino más bien, esto demuestra que el autor ha pensado en escribir e inscribir su obra siguiendo un proyecto escriturario, un programa poético. Quizá Terminal terrestre sea una parte más de Leve ceniza o Terminal terrestre pudo haber sido el eje de Leve ceniza. Con todo, o fuere como fuere, la poesía de Bedoya nos permite percibir los límites en donde las cosas permanecen y se van; se tornan luz, espacio, movimiento, y así nos van mostrando que lo que llamamos vida o realidad, supera por mucho la idea preconcebida que de ella tenemos:

sólo quiero que mis huesos florezcan en el lugar donde moran los hombres | quiero señalar con un trébol al cielo y reinventar mi propia muerte | nada sucede cuando desvío manadas de oscuros potros salvajes hacia un barranco | nada es hambre | nada me llueve | polvareda inútil | caballos errantes más allá de mis ojos
( [8] nada me llueve, p.16)

Cada cosa, cada ser es otra razón, indefinidamente: la vida es un cuerpo que es un cadáver que es un cuerpo; su existencia es un palpitar que es un suspiro; el cual no es tal puesto que en vez de palpitar se cierra como una mirada; en cuanto al sueño y a la realidad, a la vida y a la muerte, en Terminal terrestre ya no se oponen pues se confunden entre sí, entonces aparece la duda. Surge la gran interrogante frente a los presagios:

¿qué será? | anoche sentí llover donde antes no había nubes ni cielo ni tierra | sólo un sonido como de una desaparición de caballos que venían por mí| ¿qué será? | esta mañana los charcos me hablaron de lluvia y tierra y cielo | ¿qué será?
( [9] una desaparición de caballos, p.17)

Todo esto no sólo está escrito en el poema, sino que también está urdido en algún lugar de la vida, del corazón mismo —si éste último aún existe debajo de los cascos de los caballos—; pero gracias a esa red vertiginosa de ecos que hemos intentado atisbar y que sólo puede ser tejida por la conciencia clara de lo que se quiere escribir, inclusive más allá de las visiones fantasmales, más lejos aún que los murmullos terribles que envuelven la vida, ese respirar a punto de eclipsarse:
baño mis pies en un río descomunal | en la otra orilla un niño azota las aguas con un animal muerto | las aguas comienzan a teñirse de rojo | el niño se toma las venas de la mano y llora consternado | el animal muerto se deshace | a lo lejos un puente se derrumba inexorable | un murmullo terrible aqueja el silencio | flotan caballos muertos en el agua
( [11] un niño azota las aguas con un animal muerto, p.21)

Uno, a veces, piensa o dice: Yo no le temo a la muerte. A mi propia muerte. Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo. Ayer estaba y hoy ya no. Todo se volvió negro, como el carbón, y se fue para siempre. No tengo claro cómo voy a morir. Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente. O, mejor, que me duerma y no despierte jamás. Pero nunca desearía una muerte como la de mi amigo. Y, sin embargo, lo que sí sé y estoy seguro, es que con mi diagnóstico nadie puede durar mucho tiempo. Al menos sentiré que llega ese momento. Aunque prefiero morir quedándome dormido, para no sentir nada de nada. A veces pensamos así y la muerte nos crea mundos diferentes. Muertes diferentes. Morimos de otra manera, la menos pensada. Y es que se trata de mundos tan opuestos como el de la vigilia y el del sueño. Pero la muerte es una distancia sola y cabalga lentamente:

tanto he soñado con la distancia que se han gastado las madrugadas | ahora guardo oscuros caballos muertos en los dedos de mis manos | los sueños no pueden volver a ocurrir | las madrugadas no existen | y en un rincón de aquella casa que nadie recuerda | lloran terriblemente los caballos
( [12] ahora guardo oscuros caballos muertos, p.23)

Nada sucede cuando desvío manadas de oscuros potros salvajes hacia un barranco. Flotan caballos muertos. Ahora guardo oscuros caballos muertos en los dedos de mis manos: este exterminio de caballos puede ser una manera de querer alejar el presentimiento de la muerte. El desmoronamiento del galopar que se acerca. Cabestros, herraduras, galopes, relinchos, aparejos, crines, grupas, cascos, herraduras, bridas, espuelas, belfos, ijares, riendas. Potros, alazanes… Si bien, determinar el objeto radical del mundo poético operante en la obra de Bedoya supone encontrarse con la muerte —a caballo— cabalgando, no nos extravía sino que, Bedoya ha escrito este poemario —apartándose sutilmente de otro texto anterior titulado mi padre ojos de caballo (LagOculto Editores, 2010)— con una serie de glosas amplificadoras del discurso: en primer lugar, postula la necesidad de la muerte como un bien terrestre. En segundo lugar, el autor escribe sobre el sentido y valor de la vida o mejor dicho, la necesidad de la muerte, ambos asuntos parecieran surgir como una paradoja frente a la vida del poeta, y de ese modo resguarda una ontología poética en la que se puede decir una realidad que sólo es verdad en tanto se sitúa más allá de sus propios límites:

traigo un rosario de huesos | un sueño muerto que aún piensa en despertar | pienso en un caballo negro pastando en mis manos | tengo palabras como piedras | y mi boca es la de un animal | muerto también | un recuerdo inventado por los años | alguien cabalgando en un sueño profundo | un jinete de humo
( [13] un recuerdo inventado por los años, p.25)

Bedoya, tomando la muerte como existencia poética, la reescribe sagazmente, en respuesta a una necesidad de construcción formal a través de un lenguaje sencillo, elegíaco, pero, eso sí, con un rigor de palabras que encajan precisas en el lugar exacto para dar lugar a la poesía. No es difícil seguir el desarrollo orgánico del quehacer poético de nuestro autor, pues en su data ha estado empleando casi los mismos procedimientos de su poesía anterior, aunque a veces, cambia ligeramente un sistema expresivo, pero vuelve a su cauce, casi como una necesidad o patria, variando de este modo el constructo de la expresividad del hablante poemático:

esta melancolía terrestre | mi hueso terrestre | nada saben de la carne sin sangre | nada puede quedar de mi calavera | mi polvo terrestre | nada queda de la vida | salvo los caballos de la muerte | irrumpiendo como sueños | violentas humaredas | saliendo de un pocillo oscuro y profundo | terrestre
( [14] humaredas de un pocillo oscuro y profundo, p.26)

Creo que en la perspectiva de viaje, Terminal terrestre no es otra cosa que la representación, la simbología (Debemos pensar que todo símbolo, en cuanto signo, evoca una realidad que trasciende el objeto simbolizante y comporta un sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente, del sentimiento y la emoción. Por ello, en el término simbolizante no se podría percibir con absoluta certeza —ni tan siquiera el poeta, pensando sobre el caballo y la muerte, los podría percibir con exactitud— el verdadero término o concepto simbolizado, tal vez ahí radique la valía y la significancia de la poesía) de un cementerio, el paradero final, ese sitio donde todos vamos a llegar, tarde o temprano, es por eso que aquí, en estos versos, están escritos los signos únicos de la vida. En esta poesía habita la voz que esperamos nos llame y nos pueda guardar desde una reminiscencia insegura y a la vez contundente. Caballos. Cabestros, galopes, relinchos, aparejos, crines, grupas, cascos, bridas, espuelas, belfos, ijares, riendas. Herraduras. Potros, alazanes. Los caballos de la muerte. Una reescritura de la vida, de la poesía misma. Aquí en estos brevísimos poemas ocurre un espacio interior que nos gobierna y al que volvemos cada vez que llega o se quiere ir la vida, justamente para hallar las palabras necesarias y rotundas. Quizá por ello la obstinación de estos poemas no se detiene tanto en la muerte como tema y variación de la plenitud en la sucesión de los días, aquí la muerte actúa solamente como el mecanismo oculto de esas intrincadas mutaciones de la vida, como una recóndita representación que posee la certeza de nuestro destino, de nuestros días finales: la siempre condición humana, porque la muerte no es sino otra forma de vida lejos de la vida. Lejos de aquellos potros apocalípticos, sombras de bárbaros atilas.

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Publicado en el diario Los Andes - Puno. http://www.losandes.com.pe/Cultural/2011.

sábado, 29 de enero de 2011

Haruki Murakami "El Gran Hermano orwelliano ya no es una amenaza. Sabemos defendernos"


El éxito de Haruki Murakami (Kioto, 1949) es grandioso. Hace unos años era más popular en Europa que en su propio país, pero el autor de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo oTokio blues ahora arrasa también en Oriente: en Japón vendió más de 500.000 ejemplares de su última novela, 1Q84, pocas horas después de lanzarla. Desde que salió a la venta, más de un millón de japoneses y dos millones de chinos y coreanos han adquirido el libro que publica la semana que viene Tusquets en España, en versión de Gabriel Álvarez Martínez. El Cultural ofrece hoy una de las pocas entrevistas concedidas por el escritor, en este caso a un diario alemán, así como el comienzo del libro, una historia de ciencia ficción sobre una asesina que descubre un misterioso mundo subterráneo .


La cifra inicial de 40.000 ejemplares de la primera edición alemana no fueron suficientes para satisfacer a una legión de fans que crece a toda velocidad. El autor, de 62 años, fue recibido como una estrella del pop cuando apareció por sorpresa en el teatro Admiralpalast de Berlín a mediados de octubre.

Sin embargo, el narrador japonés no se siente cómodo ante la expectación que crea. Para mantener su anonimato y poder coger el metro cuando está en su país, no aparece en televisión y muy rara vez concede entrevistas. Jamás habla de su vida privada. Por su libro De qué hablo cuando hablo de correr sabemos que practica deporte, que nada, corre maratones, y también que se levanta muy temprano. Nos recibe a las nueve de la mañana, vestido de manera informal, con camiseta y tejanos, en la habitación del hotel.

-¿Necesita entrenarse físicamente para poder escribir?
-En primer lugar, me divierte mucho. Pero escribir también es un trabajo agotador y para realizarlo es necesario estar en forma. Se necesita fortaleza física y mucha resistencia.

-También para 1Q84. ¿Sabía usted desde el principio que escribiría más de mil páginas?
-Sí, sencillamente lo sabía. Durante tres años trabajé en la novela todos los días, cinco horas cada mañana. Con una concentración máxima. Y eso consume mucha energía.

-El joven escritor Tengo, uno de los protagonistas de 1Q84, dice que no le gusta escribir por la noche, porque las frases le salen oscuras y tristes. ¿Le sucede a usted lo mismo?
-No escribo una vez que ha anochecido. Es una costumbre. Pero sí que puedo imaginarme que, por la noche, las historias se vuelven más oscuras y siniestras. Me levanto a las cuatro, me preparo un café, enciendo el ordenador y, a veces, escucho algo de música, por ejemplo, barroca. Pero últimamente no escucho música mientras escribo.

El origen de 1Q84
-Los títulos de algunas de sus novelas, como Tokio blues. Norwegian Wood o After Dark, están inspirados en canciones de los Beatles, de los Beach Boys o en piezas de jazz. Al principio de 1Q84, en la radio del taxi suena la Sinfonietta de Janacek; también podemos escuchar El clave bien templado de Bach, obras de Haydn y otras piezas barrocas. ¿Su gusto musical se decanta ahora por los clásicos?
-No, siempre he escuchado todo tipo de musica: jazz, clásica, rock, siempre que sea bueno.

-¿Cómo comenzó a escribir?
-Hacía sol y estaba viendo un partido de béisbol una tarde de abril. De repente, fue como si me hubiera caído un rayo y supe con toda claridad que sería escritor.

-¿Hubo algún factor desencadenante, alguna experiencia que inspirase 1Q84?
-La idea llegó de forma muy sencilla: iba en coche por Tokio, el tráfico era intenso y me quedé atascado en una autovía en medio de la ciudad. Miré por la ventana y pensé en cómo me sentiría si bajase del coche, lo dejase allí y descendiese al subsuelo. Ésa fue la idea desencadenante, de la que partió el personaje de Aomame. Así empezó. No sabía lo que ocurriría más adelante. Pero sí que detrás se escondía una gran historia.

-Aomame desciende por una escalera de emergencia de una autovía y llega a otro mundo. ¿Le ha sucedido a usted?
-No, yo tengo una vida muy normal. No tengo experiencias sobrenaturales. Pero cuando estoy escribiendo una historia, entonces creo en todo lo que mi historia puede ofrecerme: desde lo más cotidiano a lo más increíble. Si la historia lo necesita, continúo por ese camino. Pero no creo en fantasmas, extraterrestres ni cosas por el estilo; soy bastante realista y razonable.

-¿Va mucho al cine o ve mucha televisión?
-En absoluto. Sólo veo partidos de béisbol. Me encanta el béisbol.

-¿Y lee periódicos?
-No demasiados.

-¿No le interesa el día a día?
-Estoy informado de lo que sucede, por supuesto, pero no leo periódicos japoneses. Su prosa me aburre. Las revistas de información americanas son un poco mejores. No me interesan mucho los medios de comunicación. Estamos rodeados de toda esta información, de las diferentes opiniones. Me parece agotador y podría renunciar perfectamente a todo ello.

-George Orwell, a cuya novela 1984 usted hace referencia, quería que su libro se comprendiese como una advertencia contra el totalitarismo.
-Cuando Orwell escribió 1984, en 1949, la novela constituía una visión futurista. Para mí, 1984 se halla en el pasado y eso representa una gran diferencia. El Gran Hermano de Orwell era un monstruo peligroso, un dictador que vigilaba y controlaba a todos desde su posición dominante. La Gente Pequeña de mi novela 1Q84 constituye lo contrario: casi nadie puede verlos, viven escondidos y lo que nos hacen es oscuro y misterioso. El Gran Hermano ya no representa una amenaza para nuestra sociedad. Lo conocemos y sabemos cómo protegernos de él. Pero a la gente pequeña no la conocemos, por eso nos parecen tan siniestros. Así, también mis lectores pueden imaginárselos como quieran.

-¿Son ahora los sistemas sociales más caóticos?
-Bueno, también Occidente siente desconfianza hacia aquellos valores, instituciones y sistemas que parecían estables. ¿Quién confía ya en los sistemas económicos? Desde principios de este siglo el caos se ha globalizado. La falta de estabilidad es un fenómeno global. Y esta incertidumbre nos une a todos. Comenzó con la caída del Muro de Berlín. Teníamos la esperanza de que eso fuese el comienzo de un mundo mejor. Pero esa esperanza se evaporó con los atentados del 11 de septiembre. El mundo, tal como lo conocíamos, había perdido el rumbo.

-El tradicional dualismo entre capitalismo y comunismo ha sido sustituido por otro: el dualismo entre capitalismo e islamismo.
-En mi opinión, todos los “ismos” han caducado. Vivimos un siglo post-ideológico, en el que los “ismos” han perdido su poder.

-¿Y qué ha sustituido a las ideologías, a los “ismos”? Sus personajes parecen a menudo perdidos.
-Sí, están solos, buscan una conexión con el mundo, con un mundo más allá de las fronteras de lo que conocen. Por eso espero que mi historia los dote de valentía.


-¿Colecciona libros? -No, pero sí discos, tengo toneladas, estantes llenos. Los libros, los clasifico.

-¿También los de su favorito, Dostoievski?
-¡No, ésos no! Hay excepciones.

-En su libro cuenta que para Chéjov existía un lugar que quería visitar al menos una vez en la vida: Sajalin. ¿Tiene usted también un lugar similar, casi mágico, y cuál es?
-El mismo que Chéjov: Sajalin. Siempre he querido ir allí y conocer ese lugar supuestamente tan extraño.

-Entonces, ¿todavía no ha ido?
-Sí, estuve allí hace tres o cuatro años. Es enorme, pero no hay ni una sola librería. Aunque se pueden comprar libros en el mercado, donde los venden vendedores ambulantes que los han traído del continente. Allí encontré muchos de mis libros, una experiencia muy emocionante.

viernes, 28 de enero de 2011

Galaxias, work in progress, barroco

ROBERTO ECHAVARREN


Hélène Cixous constata que en Finnegan’s Wake:
Las palabras pueden comunicar como vasos..., el sentido puede circular a través de cadenas
sonoras como a través de un espacio sin límites... pero hay, muy lejos es verdad, en el horizonte del
lenguaje, un límite: Joyce no podrá desarticular la gramática sino a riesgo de encontrarse ahogado
en un mar fonético, solo para siempre.1



La aventura de la escritura es la de sobrepasar todos los límites viéndose así abocada a la muerte del arte, como pronosticaba Hegel, y como la pone en escena Tristan Tzara. La rompiente de los límites, en el caso de la escritura, se abre a una experiencia de incomunicación. Hasta cierto punto poetas como Vicente Huidobro prescindieron de la gramática, construyendo collages de iconos metafóricos. Esta tendencia fue llevada a cierto extremo por la poesía concreta brasilera del grupo Noigandres (del provenzal, “nosotros los grandes”) en los años cincuenta. Curiosamente los poemas concretos no fueron un caos sino secuencias ordenadas depermutaciones fonéticas. Trazaron escalas y deslizamientos de (a veces) palabras marca de la propaganda: fueron contramarcas pop; imitaron, por su disposición, efectos del op art, suspensiones, transmutaciones vibratorias de Victor Vasarely y de Jesús Rafael Soto.

Pero en Galaxias (San Pablo, Ex Libris, 1984) Haroldo de Campos retoma el límite que Joyce en Finnegan’s Wake no llegó a abolir: la ilación gramatical. Aunque hay diferencias: mientras Joyce respeta los signos de puntuación, De Campos los suprime. El efecto es un flujo torrencial de frases.

Este es el enclave en que se juega la nueva fase (y también la poética) de Haroldo de Campos. Joyce es reconocido en el propio poema como el intertexto capital. Pero, asimismo, las largas y complejas frases (de configuración indeterminada a veces, ya que carecen de puntuación) recuerdan la torturada y vertiginosa sintaxis del barroco, en particular español (Góngora y Sor Juana). De Campos es consciente de este nuevo lazo de familia y, más tarde, en un ensayo, O seqüestro do barroco na formação da literatura brasileira: o caso de Gregório de Mattos (Salvador, FCJA, 1989), acusa a Antonio Cândido de ignorar, en su A Formação da Literatura Brasileira, de 1959, la existencia o gravitación histórica de la tradición barroca fundada en el Brasil por el poeta Gregório de Mattos (1636-1695). De Campos examina el modelo de literatura y de tradición literaria que propone António Cândido, un modelo que concuerda con un romanticismo domado por el clasicismo, y anunciador del realismo, el cual privilegia las funciones emotiva, referencial y comunicativa del mensaje literario. A este modelo contrapone De Campos el de Roman Jakobson, que en su artículo “Lingüística y poética” (1958) destaca las funciones poética y metalingüística del mensaje literario y construye así un modelo que resulta más afín a la poética del barroco. Si la función poética –centrada en la elaboración del mensaje atendiendo a los aspectos de redundancia significante– predomina rotunda en el caso de Góngora, en Sor Juana asistimos a una exacerbación, junto a la función poética, de la función metalingüística, que llama la atención y se vuelca críticamente sobre el código, vale decir sobre el ordenamiento tanto gramatical como ontológico-metafísico que hace posible el mensaje. “El sueño” de Sor Juana examina la lógica y los instrumentos téticos del conocer (como las categorías de Aristóteles). De Campos señala que disminuir la importancia o denegar la gravitación de un poeta como Gregório de Mattos, traductor en su momento de Góngora y Quevedo, por parte de los historiadores de la literatura brasilera implica no sólo la obliteración de un poeta, sino también la de cierta poética, y aún la de cierta visión de la tradición literaria de la lengua portuguesa en el Brasil.

A la luz de este ensayo crucial podemos leer Galaxias, no sólo como una suerte de “transcreación” de Finnegan’s Wake, sino además como una anagnórisis del barroco fundante. Contrarresta así De Campos la visión de algunos historiadores de la literatura del Brasil, que “normalizan” la tradición a partir de un clasicismo y de un romanticismo mayoritarios, oficiales, carentes de cualquier exceso. (De Campos reconoce sin embargo que el propio António Cândido –en Dialética da Malandragem, un ensayo de 1970– opera una vuelta de tuerca “dialéctica” de su propio modelo de 1959 –Formação– al tomar en consideración pautas de “expresiones rutilantes, que reaparecen de modo periódico”). Galaxias y los escritos concomitantes de De Campos marcan un vuelco en su escritura y en su poética. Pasa de una etapa concretista, disociada gramaticalmente, que debe más al icono de cierta primera vanguardia y al aspecto ideogramático e imagista de Ezra Pound, y abraza una sintaxis vertiginosa, cuyo efecto acentúa al suprimir los signos de puntuación. Se desliza hacia el referente contemporáneo, James Joyce, hacia el fluir de riverrun, paradigma deformante pero sintáctico: el de Finnegan’s Wake. E incluso se acerca ahora sí mucho más a su invocado Mallarmé, que había declarado “Je suis un syntaxier” (hago sintaxis).
En esta nueva etapa De Campos pasa a integrar el mapa del neobarroco español y latinoamericano que, a partir de una revalorización de Góngora por parte del simbolismo francés encuentra sus primeros practicantes en Ramón del Valle Inclán, cierto Rubén Darío, o el Herrera y Reissig de “La torre de las esfinges”. Pero el poeta que a mi ver más cabalmente encarna esta tendencia es el cubano José Lezama Lima. En sus ensayos, Lezama no sólo se ocupa de Góngora, sino que además rompe con la linearidad de las tradiciones poéticas al elaborar la noción de “era imaginaria”. Lezama encuentra “orígenes”, en el sentido de Walter Benjamin, de Urprung:2 saltos, o brotes discontinuos, pero potencialmente equivalentes, en registros y economías simbólicas aparentemente muy alejadas de nosotros, tal el sistema poético de los egipcios o de los chinos. Estos sistemas se vuelven legibles para él en los términos concretos de nuestra vida presente. La estrategia de Lezama le permite hacer hablar a constelaciones “muertas”, a colosos largo tiempo enmudecidos. Tal continuidad de la discontinuidad deshace cualquier continuismo histórico; no se limita a ser una “tradición de la ruptura” dentro de un esquema lineal (ésta es la visión simplista de Octavio Paz), sino opera saltos de la espiritualidad que sugieren pistas hacia un aquí y ahora de modos de vida, de prácticas y de maneras que en principio parecen lejanos. Deshace cualquier continuismo histórico basado en la “identidad nacional” o en la historia de una particular tradición.

El surgimiento de la poética barroca en la literatura del continente europeo y de la América colonial tiene que ver con el redescubrimiento de un fragmento griego anónimo de la antigüedad, el tratado poético acerca de “Lo sublime”. Y cuando, en su libro La expresión americana, Lezama afirma que la serpiente americana es el último dragón asiático, salta por encima de cualquier antecedente europeo u occidental del quehacer literario, para afirmar la desmesura. Vuelve cercano lo más lejano. Confronta lo extraño y lo descubre familiar, con el salto de un descubrimiento. La poesía que suele escribirse tanto en portugués como en español cultiva a menudo un coloquialismo chato. Pero los poetas latinoamericanos, trátese de Néstor Perlongher o de Paulo Leminski, escriben en el espacio literario abierto por José Lezama Lima y por Haroldo de Campos. Integran una tendencia ajena a la “normalidad”, al “nivel medio”, al predominio incontestado de la función comunicativa en detrimento de la exploración de las posibilidades plásticas y sonoras, las chispas de pensamiento engarzadas allí.

Se ha dicho que el Finnegan’s Wake va más allá de la novela hacia la recuperación de un epos, porque las resonancias culturales del idioma priman sobre el aspecto referencial. Se trata de una aventura, una travesía, una conquista del idioma, que prima sobre los contenidos referenciales. La dicción es acción, puesta en juego, práctica, y resuena a partir de maneras de hablar, pronunciaciones acendradas, singularidades de tono e inflexión, modulaciones del alma o del aliento. Ciertos nombres o significantes se vuelven personajes, o siluetas momentáneas, invocaciones someras que sirven de pretexto a nuevos arranques. Paradójicamente el resultado no es contar más, sino contar menos, o casi no contar, datos someros para entrever y guiarse, por la pulsación de los sentidos, en el camino de un renglón, abierto y vuelto a cerrar. El juego deformante de la prosodia, el hablarse a uno mismo no con una voz sino con muchas voces, hace que cualquier lectura se vuelva una interpretación de resonancias virtuales inagotables. No hay un yo identitario sino vibración sonora, como quieren Mallarmé y Haroldo. Se disuelve el yo, la identidad. El sujeto usa todos los pronombres y permanece allí, en acecho, pulsando y repulsando distinciones, juegos de palabras, una lógica de cualidades, un espacio de transformaciones topológicas, para decir una verdad que interpela lo real de la experiencia. Juan de Jáuregui, en su Antídoto en contra de las pestíferas Soledades de Góngora, se queja de que tantos recursos y artificios se hayan empleado para beneficiar un tema indigno de una composición de arte mayor, una historia mínima y deleznable acerca de pollos y gallinas. El poema escéptico de Sor Juana, “El sueño”, aboca a un naufragio icárico ante las posibilidades del conocer, considera insuficientes tanto la intuición platónica como las categorías aristotélicas. Lo que se salva en este poema es el vuelo del alma, una trayectoria recorrida mientras dura el sueño. Lo que salva a Finnegan’s Wake, como a Las soledades, es la consistencia de un impulso, el desfile imantado, los logros expresivos de un tránsito de escritura. Esta escritura carece de un sentido del fin; es, en el caso de Galaxias, un perpetuum mobile (como señala Guimarães Rosa); consiste en una práctica siempre renovada que acaba por agotamiento de sus líneas de fuerza. En el soneto de las “Correspondencias”, Baudelaire pone en escena una caída de las distinciones o clasificaciones que él mismo esboza. El simbolismo, a pesar y a causa de la proliferación isotópica que exacerba, no presenta una hipersignificación sino constata un derrumbamiento, el derrumbamiento del mundo en el poema. Lo que creíamos que era, no era, lo que creíamos que sabíamos, no lo sabíamos. El acto de poesía descubre la ignorancia. Al escribir sobre Finnegan’s Wake, Harry Levin juzga que su aparente riqueza es pobreza, que el libro es un motor o máquina significante a-teleológica, puesta en marcha como la lengua absurda de un loro.3 Nota también la relevancia de la prosopopeya del río. Como el flujo de un río concibe también Góngora el discurrir de las Soledades, y el canto de “Polifemo” es la prosopopeya de un coloso, una cascada que cae desde una masa de piedras, o montaña. Lo singular, nota Levin en Finnegan’s, se generaliza en el gesto significante y pierde la concreción y la persistencia de una figuración realista.4 Pero esa generalidad, agrego, no se universaliza más que como “universal ilógico” (juicio estético para Kant) que lo retrotrae a su singularidad o concreción estilística, así llamada estética, cada acto considerado como performance, desempeño reticente, de alas cortas. La sucesión de figuras indeterminadas y momentáneas, el filo cómico que sobresale de las ocurrencias y el abigarramiento, bautizan cada secuencia, llevan las partículas hacia una metamorfosis marina, como de canto rodado y mascado, un sea change (para retomar la expresión de Shakespeare en La tempestad) que lo sustrae del significado convencional, del ser convencional, para integrarlo en un habla particular que interpela lo real, apela a lo inmediato, lo canaliza como un escape de energía formativa.

No es un discurso moralizante, aunque simula serlo en ocasiones (hablo aquí del Finnegan’s Wake) para potenciar el efecto histriónico de doblez y de contraste. Hay sí una ética de consistencia, de esfuerzo perseverante al ocuparse de sí y de los fenómenos que atañen a una coyuntura, a un particular estar en el mundo. Harry Levin nombra algunos de los procedimientos joycianos. Unos son acústicos: la “rima, aliteración, asonancia, onomatopeya”. Otros son morfológicos: las “concreciones secundarias, infijos, etimologías, idiotismos”. Otros son alfabéticos: los “acrósticos, anagramas, palíndromos, inversiones. Hay otros, todavía, más deportivos, que permiten formar una frase cambiando cada vez una letra o que entretejen en una narración grupos de palabras de la misma familia”.5 El ejercicio histriónico de alguien (Joyce pensó en un momento ser actor) exhibe un idiolecto. El Work in Progress es concebido por Joyce como una batalla contra la lengua (y por implicación contra el poder dominador sobre Irlanda): “He luchado por eso durante veinte años... Ahora la guerra entre Inglaterra y yo ha terminado, y soy el conquistador.”6 Pero esta batalla, que exhibe una “habilidad casi hiperestésica para reproducir las sensaciones”, más que una narración es una digresión continua “con una posibilidad para el equívoco que sólo pertenece a los dioses.”7 La crueldad lasciva contra el inglés no busca un fondo significativo, sino que pone en escena figuraciones, restos de prejuicios pretendidamente vigentes, y se vale de medios cínicos para proseguir, como un engañador que pasea su estafa por espíritu deportivo, para gozar al lucirse. Su logro, mientras dura, no es engañoso, sino liberador, precisamente a través de su efecto cómico.

A pesar de las permutaciones y deformaciones del habla, el Finnegan’s es más coherente, más integrado, más íntimamente grácil y flexible, tiene una unidad de impulso más cabal que los Cantos de Ezra Pound, que sin embargo es otro intertexto decisivo para Galaxias. Galaxias se propone como un ejercicio metódico, obstinado, de cincuenta páginas, de poemas autónomos de un poco más de cuarenta versos cada uno, versos que transitan de un margen a otro de la página en un bloque homogéneo. De pronto, de un mosaico romano del País Vasco, surge Dionisos acompañado de una pantera. Este mosaico explota por los aires a causa de una bomba alemana
durante la Guerra Civil de España. Los colores intensos del esmalte parecen brillar más que nunca en el big bang.

No se trata de subrayar aquí la autoimportancia del libro, sino la práctica de la escritura, el cultivo de sí a través de un procedimiento, un compás temporal de ejercicio que Góngora llamaba “bienaventurado albergue a cualquier hora”. Predomina un portugués mercurial con interferencias de español o italiano, más salpicaduras de alemán, francés, inglés, griego antiguo y una gota de ruso. En el Finnegan’s el gesto es histriónico, como si expresara salidas divertidas de un actor, su exageración fingida. En Galaxias suplicio y éxtasis, presiones fisiológicas, sufrimientos vividos como goces, una retícula o dispositivo dérmico que me hace pensar en la máquina de “La Colonia Penal” de Kafka, que corta filosa sobre un cuerpo sujetado, escribe sobre un cuerpo real e histórico, cultivado, capaz de intensidad y gozo. Galaxias es un collage de escenas, un abigarramiento de derivas y de asociaciones fónico-significantes, un Baedeker haroldiano que cubre varios lugares y climas. Viaje o no, el libro combina descripciones someras de los asistentes a un restaurante, lo que comen, el sabor de las kuchen (tortas) que degustan unas señoras mayores en una confitería de Viena, el desagradable pollo frito probado en Manhattan, y un yo lírico transita Granada, Los Angeles, Lituania, Italia, Venecia, Roma, asiste a una corrida de toros en España, oye frases deshilachadas de un diálogo lumpen en Buenos Aires, visita los campos de exterminio en Polonia. Sus locaciones resultan en parte reminiscentes del Baedeker de Ezra Pound, tal la Provenza de los trovadores y las ciudades italianas.

Galaxias es extraordinariamente pictórico, lambetazos de ambiente con imágenes, retazos de lenguaje hablado en el idioma original de ese sitio, el entretenimiento ocasional de una prostituta de ojos de tigre o de una bailarina alemana disfrazada de japonesa. Es la mujer-página. “Esta mujer-libro, este kimono-mariposa que ensobra en rojo un gesto de escritura.” Por un lado la mujer-página y por otro el lingam componen el dispositivo erótico, la economía que inviste la combinatoria del poema. El poeta no se distrae de su motivo; su relieve erótico es su sentido estético. Rinde las cosas visibles e imprime “su diamante legible sólo por un momento”. A veces trae el éxtasis, y a veces una contraepifanía, ya que la lengua “es resaca y es cloaca es sarro y barro y esputo y amargo”. De ese trayecto desigual no se saca un más, se saca un menos: “quédate al menos con este menos”. Es un menos, porque Galaxias “se rehúsa a todas las otras explicaciones del punto de vista del autor, el dialogismo de los personajes, la mediación del narrador.” El resultado es una obscena mascarada, “un abominable travestimiento de géneros”, “un travesti” que se pone y se quita la peluca. La mimesis queda desmantelada a cada paso; el recorrido es lo que cuenta. “Todo lo que pueda decirse importa y nada que se diga importa porque todo nada importa.” Las palabras-valija, palabras compuestas, retumban en la caracola del oído para hacer nuevo, para iluminar, vivificar. Si “Paris es una babel barroca”, porque allí copulan, se mezclan, los negros y las rubias, Galaxias es asimismo una babel barroca.

No es sólo cuestión de palabras, sean oídas o entreoídas, deformadas; no es sólo cuestión de significantes verbales, sino de significantes plásticos, de clima y de temperatura, “educación de los cinco sentidos” por donde pasa esa saliva que sostiene a la palabra, la vida “que inflora en las redes capilares”, un jugo que impregna las papilas, una experiencia gustativa y babeante que va más allá que las palabras, que la “conversa en cuatro lenguas”, hacia dimensiones no verbales de la experiencia, dimensiones no verbales del criterio. Es una partitura de ejecuciones posibles. Al rebatir las superficies poliédricas de los significantes, se despliega para el lector tal espacio o tal otro; oye un poco aquí y un poco allá, allá más, aquí menos. La versión oral del poema, sea del autor o de otro, no deja de ser una interpretación individual. El poema es una “milhoja centifolia”; alegoría, porque puede significar esto y también otra cosa; articula no sólo frases, sino la resonancia entre las frases de un pensamiento informado por especies no verbales. Galaxias cita una frase de Ezra Pound: “Los paraísos no son artificiales”. Frase ambigua si las hay. Pound la oponía al título del ensayo de Baudelaire acerca del hashish: “Los paraísos artificiales”. No sé si Pound tomaba en cuenta, al hacer su retruécano, el efecto químico en el cuerpo, el efecto de la droga, y se votaba abstemio. Si Pound invierte a Baudelaire, no es para proponer algo esencialmente diferente, sino la exaltación de la vida considerada como artificio, trouvailles, epifanías, esas alturas momentáneas, clarividentes, aunque no sean, para Pound, la visión de ningún dios, sino la agudeza del ojo en el movedizo escintilar de la marea.

Galaxias intregra en sus “parladisos pastificiosos” epifanías y contraepifanías. “Khrushev entiende menos de arte que mi grand-mère.” Es una contraepifanía. Alude sin duda a las descalificaciones de Khrushev (circa 1960) acerca de un grupo de artistas rusos que habían participado de una muestra pictórica que no condecía con las expectativas de la nomenklatura: “Los declaro a todos pederastas”, dijo. Si bien era un insulto común que podía ser dirigido a cualquiera, la así llamada “pederastia” (que no denota en ruso relaciones con menores, sino simples relaciones adultas entre personas del mismo sexo) en la Unión Soviética estaba castigada con ocho años de GULAG. Ésos son bajones, contraepifanías, que llaman a resistir, criticando con ironía la propiedad de la lengua y el abuso de poder.

Galaxias es un vademécum del viajero donde anota las ocurrencias del día, pero no se trata de narrar. Entre lo que se ve y la visión que avista cruzan las palabras para definir cualquier situación, pero si las atendemos sólo a ellas, corren el riesgo de ensordecernos. Pasamos a depender de los andadores de un argumento lineal, de una novela de personajes. Nos encerramos en la historia, y lo avistado a través de estas fórmulas lineales puede ensordecernos. Las palabras intervienen para silenciar los sentidos, por eso conviene interrumpirlas, no dejarlas contar; más bien contar siempre desde las impresiones inmediatas, desde “algo blando frustrante al paladar”, para así escribir sobre lo que no se escribe, no se deja escribir del todo, “ese espacio sin palabras con que el libro se hace”.

Esa no-historia es, en Galaxias, una síntesis abigarrada que sugiere una presencia y un movimiento corporal a través de la sinestesia. “Las palabras son la piel de un agua profunda.” Y son también “la dermis del dharma”. Hay que sondear, sondear en los sentidos internos y los externos, en las armonías momentáneas, en el encuentro de sensaciones, impresiones y palabras, friccionando vocablos, imágenes no verbales, rozando colores, texturas, definiciones, ciencias, sensaciones. Un subibaja que pone todo en relación, un pensamiento que interpela lo real; no se trata sólo de palabras y de frases. El dharma, la regla del proceso cósmico, pasa a ser aquí una regla personal, una regla de verdad para el ethos del poeta. A través de cosas que se ven y se borran, intima “el agujero único de pi el símbolo chino del cielo pero el polvo oscurece y su moretón se hace más turbio”. Por eso “muy poco se aprende en esta anarcopedia de formas”, y no se trata de aprender, sino de traer a fruición recursos competentes, articulando el rescate de la verdad en concordancia alusiva de sensaciones y acciones. No se trata de contar; sino de decir con franqueza; de trasmutar el magma de nuestra experiencia. No se trata de conocer; sino de abismarse en lo que se desconoce; y “después veremos”. No se trata aquí de una Ciropedia, una educación del príncipe, sino del ejercicio del gobierno de sí, según el método de la anarcopedia; un deliberado desorden y una educación de los sentidos, por los sentidos. Decir la verdad acerca de sí implica una coincidencia, un acorde entre dichos y prácticas, establece una vinculación con lo real de una memoria motora. Esta memoria motora, en la medida en que imbrica palabras y sensaciones, es un método de corporizar, de insertar el idioma en el cuerpo. En Galaxias, esta imbricación es vivida como una “tortura china” de las fibrillas somáticas. “Todo esto tiene que ver con un suplicio chino que alterna sus cuadros/ en disposiciones geométricas puede no parecer pero cada palabra practica/ una acupuntura con agujas de plata especialmente afiladas y que/ penetran un preciso punto en este tejido conjuntivo cuando se lee no/ se tiene la impresión de esa orden rigiendo la subcutánea presencia de las/ agujas pero ella existe y establece un sistema simpático de linfas/... la víctima entre láminas eróticas que cortan sin cortar tan finas como/ plumas”.

Notas

1 Helène Cixous, L’exil de James Joyce, Paris, Grasset, 1968, p. 830.
2 Walter Benjamin, Ursprung des deutschen Trauerspiels, Frankfurt am Main, Suhrkamp, 1972,
p.29; mencionado por Haroldo de Campos en O seqüestro…, p.64, y en la correspondiente nota 53.
3 Harry Levin, James Joyce, México, Fondo de Cultura Económica, 1959, p.197.
4 Ibidem, p. 193.
5 Ibidem, pp. 185-186.
6 Citado en Richard Ellmann, James Joyce, New York, Oxford University Press, 1959, p.705.
7 Harry Levin, op.cit., p. 179.

jueves, 27 de enero de 2011

“LOS AÑOS SIN ESCUSA” MANIFIESTO DEL POETA VLADIMIR HERRERA

Juan Ramirez Ruiz


Manifiesto



1


Por sentido común me adhiero a la presencia moral de “la Banda de los cuatro”, antes que a las posiciones mercenarias del “Posada Carriles de la literatura peruana”.


2


Geoffrey Firmin, el cónsul, en alguna parte de Bajo el volcán dice que “no se puede vivir sin amor”. Y lo repite varias veces. Yo le diría al oído que a más a más no se puede vivir sin talento. Sobre todo si te sientes poeta. Digamos que la falta de amor no es tan grave como la falta de talento, luego de haber atravesado quince años, antes quince y después quince como decía el de Santiago de Chuco. Ahora que apretados nos vemos en esta plaza de Bizancio y peinamos canas y ya vamos dejando la posta a nuestros hijos. Claro está que se puede vivir sin talento sobre todo si has escogido el camino de las multitudes como hacen los políticos. O los malos poetas que en vez de consagrarse a su obra en soledad y descontento, aparecen fotografiados en grandes grupos vanamente envejecidos como si terminaran de almorzar, o vinieran de engañar al mundo. Así pues la falta de talento se reemplaza con la mucha compañía, con el bullicio y la furia, aunque eso se note: en medio de la farra ya no calzan la ropa ni las poses de la juventud y las pupilas tienen un débil mirar.


3


La burrada firmada por Mora y Pimentel ha sido íntegramente escrita por el huancaíno, ya que recuerdo que a Jorge Pimentel le resultaba sumamente difícil escribir algo que no sea un buen poema: En los tiempos de La Crónica los editores le consultábamos todo a los sabios Juan Morillo y Germán Lequerica, pero también le hacíamos los títulos a Pimentel, cuyo trabajo consistía en divertirnos. Y, sí, trabajábamos en un órgano velasquista junto a Lauer, Oquendo, Hildebrandt, Patrick Rosas, Verástegui. Y qué? Yo nunca he sido apristón ni fujimoristón como los pájaros campanudos de Quilca.


En todo caso sorprende la mala leche de libelo infamante que han usado los ccorotas estos para desvirtuar a como dé lugar un trabajo probablemente concebido con humor y buenas maneras. La mentada antología consultada. Frente a la cual se pueden tener actitudes sublimes o peregrinas pero no argumentar hasta el cansancio al revés y al derecho sólo para escandalizar a la parroquia diciendo que todavía existen. Se nota su afán de sobrevivir al amparo de la vigencia. Son maestros en encaramarse a cualquier posibilidad de salir en la foto del momento, y dan la virginidad impura con su teoría más a cambio de la legitimidad tantas veces perdida. Porque de eso se trata: han buscado durante cuarenta años la legitimidad que nadie les niega pero que suponen esquiva como la suerte literaria que han tenido.


Alguien tiene que decir de una vez por todas que la mala poesía que han estado escribiendo estos años, ha estado hecha con los jirones de una retórica que sólo ha ocultado su falta de talento y su envidia. Buena retórica para borrachines desesperados pero envidia encubierta de los que han seguido escribiendo fuera de su influencia y dominio. Envidia porque nunca publicarán en una editorial de la importancia de Tusquets, y menos en una colección consagratoria como Nuevos Textos Sagrados. Y menos aún en una antología como VEINTE AÑOS DE POESÍA, también de Tusquets, el 2009. Pero la peor es su envidia por mi trabajo de editor. Solo que en ese terreno no pueden mentir. Porque los libros de Auqui están ahí: Yo fui el primero en publicar a Moro, a Westphalen y a Ferrari en Europa. André Coyné en su prologo a Cuál es la risa de Westphalen se encarga de señalar la naturaleza y los avatares de ese libro. Léaselo para entender hasta dónde camina con pie suelto la patraña.


4


Para los que vivimos fuera de la patería limeña, es decir lejos del criollismo anticuchero del Queirolo, nos resulta tenaz esa especie de autobombo permanente, de borrachera perpetua de autocomplacencia y esquina en que ha caído toda esa gente. Como si la poesía los necesitara con sus milagros. Ya sabemos que del museo-capilla del Queirolo no quedará ni la sensibilidad esponjosa y acomodaticia que lo creó, ni siquiera los cantos a la traición de quien ocultó durante treinta años los libros del amigo publicados en España y se hizo el loco. O el otro que cuando le mencionan mi nombre calla en sánscrito pese a que yo le cambié la vida presentándole a su mujer, la poetisa. Y como él otros. Eso es HZ; y por ser como son no los aguantaba el único y verdadero HZ Juan Ramírez Ruiz a quien en sus últimos tiempos mancillaron y pegaron. Que ahora no se hagan los buenos con su memoria. Lo peor de todo es que han dado ese tono de Chuiman a la chusma literaria que ha venido después de ellos: risita limeña de antiguos jovencitos crapulosos e incultos a quienes fuera del Perú no los pela ni su madre: malas maneras, inconsistencia ideológica, versos destripados, gritos cobardes en recitales y cantinas. Astutamente se han posesionado del retrato de Churata que está tan lejos de ellos como Lima de Mali. Lo han puesto en su cantina tarde y mal, cuando nosotros arequipeños, cusqueños y puneños ya habíamos enarbolado al maestro con convicción y silencio, con sicuris y viento y lontananza de futuro. Porque nos pertenece más a nosotros que a ellos mientras este Perú desmemoriado, miserable y corrupto siga perpetuando la farra literaria y la tontera.


Malos poetas y malas personas. Y lo digo con ganas por que ya me cansé de tanta impostura y porque tengo que hacerme cargo de mi obra y defenderla de la falsa amistad y la hipocresía. Por que la amistad en los buenos tiempos fue tan íntima que hasta la Musa de HZ llegó a ser madre del mayor de mis hijos, espejo macho de punk y talento. O sea que no se hagan. Que les conozco todas las arrugas y toda la sangre. Que si ellos son el centro de Lima yo pertenezco a la periferia mundana de la Benemérita provincia de Lampa, donde muy joven aprendí a disparar cartuchos con sal y ají.


Este manifiesto también es una advertencia y va en el mismo tono de aquella “advertencia a un hueleguisos” que indignamente le hicieron a Rodolfo Hinostroza. Téngase en cuenta que sé cosas que un amigo común se llevó al cielo. O sea que tranquilitos que el sol brilla para todos. Y Todavía no he comenzado a escribir mis anti-memorias. Y no soy tan civilizado ni fino como el ronco genial.


Así habla la amistad traicionada por el pontífice furioso de HZ, el Posada Carriles de la poesía peruana causante de todo este desaguisado: Tulio Mora. Y cierro este manifiesto con un guiño a Jorge Pimentel en cuya obra ya no creo. De Verástegui no diré nada porque su mala poesía última, sus delirios de grandeza y su larga convalecencia no le permitirán defenderse.



Puerto Atico. Arequipa. Enero del 2011.

Barroco, neobarroco, transbarroco*

HAROLDO DE CAMPOS



El gran poeta y novelista cubano José Lezama Lima, en un ensayo famoso, definió el barroco americano como “el arte de la contraconquista”. La concepción de Lezama fue, recientemente, retomada en sus implicaciones por Carlos Fuentes, en El espejo enterrado: “El barroco es un arte de dislocaciones, semejante a un espejo en que, constantemente, podemos ver nuestro cambio de identidad”(...) “Para nuestros mayores artistas - prosigue Fuentes, invocando la propuesta de José Martí de una ‘cultura totalmente inclusiva’ - la diversidad cultural, lejos de ser un embarazo, se transformó en la propia fuente de la creatividad.”1 Considerando, además, el fenómeno del hibridismo indo-afro-ibérico en la arquitectura y en las artes plásticas del nuevo mundo, Fuentes asevera, convergiendo con Lezama: “El sincretismo religioso triunfó y, con él, de algún modo los conquistadores fueron conquistados.”2 Antes del cubano, en su A marcha das utopias, Oswald de Andrade, teórico y práctico de la “antropofagia” como devoración crítico cultural, resaltó, en cuanto al barroco americano, su característico “estilo utópico” de los “descubrimientos” que rescataron a Europa de su “egocentrismo ptolemaico”.3 Esos parámetros referenciales señalizan la importancia del barroco en su trasplante iberoamericano, donde se mezclaron las razas, el componente indígena y el africano. Recientemente, en un texto que me fue pedido por el Museo Guggenheim para figurar en el catálogo monumental de la exposición “Brazil: Body and Soul”, cuya nave enseña fue el arte barroco en nuestro país, tuve la oportunidad de rastrear los hilos dispersos de ese estilo en nuestra literatura (sobre todo en la poesía, pero también en la prosa) a partir del barroco histórico de la Colonia, proyectándolo, aún, en el presente de la creación.4

Entre otras consideraciones, procuré mostrar la pervivencia (fortleben, W. Benjamin) transmigratoria de ese estilo en el Brasil, fuera del marco histórico de los siglos XVI y XVII (Gregorio de Matos, Botelho de Oliveira, Padre Vieira, y en el plano de las artes plásticas, el Aleijadinho, el escultor/arquitecto de Ouro Preto/Vila Rica, que se empareja con el indio José Kondori, arquitecto de las iglesias de Potosí, en el Perú, y encuentra una réplica actual en el barroquismo de Oscar Niemeyer). Dos líneas, dos veneros recorren el barroco histórico: el “serio-estético” (lírico, encomiástico, religioso) y el “joco-satírico” (aliado, en prosa, a la picaresca) que dio, entre nosotros, variantes y características únicas, el “romance malandro” estudiado por Antonio Cándido.5 En la primera de esas líneas, recuerdo las Cartas Chilenas, poema largo atribuido al arcaico minero Tomás Antonio Gonzaga; al romántico Bernardo Guimarães, de los pornopoemas paródicos y los abstrusos “bestialógicos” pré-sonoristas; Luíz Gama, otro romántico, el poeta negro, ex esclavo, de virulenta y desmitificadora “Bodarrada” (reunión de mestizos); el Sousândrade del Tatuturema y del Infierno de Wall Street, un romántico excepcional, no canónico, que prefiguró la poesía moderna y de vanguardia, internacionalmente hablando.

En la vena “serio-estética” me acordé de los antiguos tardo barrocos Claudio Manuel da Costa e Alvarenga Peixoto; el “padre-rococó” Odorico Mendes, precursor de cierto Sousândrade, traductor “monstruoso” (como lo fueron Voss, y más que ninguno Hölderlin) de los clásicos (Virgilio y Homero); el Sousândrade “preciosista” de O guesa y de O novo Éden, entre barroquista y simbolista; Cruz de Sousa, el “cisne negro” que lideró nuestro simbolismo (y que no por acaso, en un soneto antiesclavista, celebró la pompa del lenguaje de Góngora (“Eu quero em rude verso altivo adamastórico/ rojo, colosal, de estrépito, gongórico”) como lo hizo a su turno el pionero nicaragüense del modernismo/simbolismo hispanoamericano Rubén Darío, en textos de estilo gongorino en que homenajeó, en forma de sonetos dialogados, al enigmático cordobés al lado de Velázquez);6 Augusto dos Anjos y Euclides da Cunha, barrocos “cientificistas”, en la poesía el primero y en la prosa el segundo; sin olvidar a Raul Pompéia, O Ateneu, “última y abrumadoramente legítima expresión del barroco entre nosotros”, según opinó Mário de Andrade.7 Incursionando a vuelo de pájaro por la modernidad, me vino a la mente el desigual y prolijo Invenção de Orfeu, de Jorge Lima (poema de predilección de otro barroquista, éste de mi generación, el inolvidable Mario Faustino); los poetas Décio Pignatari (El juglar y la prostituta negra, Periplo de Agosto del agua y la sal, Rosa de amigos, Hadas para Eni) y Alfonso Ávila (Cantería barroca). En la prosa, el excepcional Grande Sertão: Veredas (que corresponde en importancia a Paradiso, de Lezama Lima); Catatau, la “barrocodélica” rapsodia de Paulo Leminski. Tratábase evidentemente, dadas las limitaciones del espacio reservado a los colaboradores, de una súmula apenas “ejemplar”, no exhaustiva y mucho menos taxativa. Desde el punto de vista teórico, en mi artículo de 1955 “La obra de arte abierta”, que precedió en más de seis años a Opera Aperta (1962) de Umberto Eco (aunque, entre nosotros, cuando se aborda el tema se acostumbre silenciar esa circunstancia anticipatoria de hecho), hubo una segunda anticipación: en sus párrafos finales enuncié expresamente el prospecto de un “barroco moderno” o “neobarroco” (antes, por lo tanto, de Severo Sarduy, querido y admirado amigo a cuya memoria dediqué un poema en Crisamtempo; Sarduy vino a introducir el concepto en el campo hispanoamericano en 1972, sin conocer mi texto de 1955).8

Es preciso, además, referir que, aunque no empleasen la expresión “neobarroco”, tanto Lezama Lima (La expresión americana, primera edición 1957), como Alejo Carpentier, dos maestros cubanos influyentes sobre Sarduy, ya reivindicaban, en el ámbito hispanoamericano, el estilo barroco y el barroquismo de impacto transistórico.9 En mi práctica poética, textos como Ciropedia y Claustrofobia, ambos de 1952, constituyen, como ya dije alguna vez, la prehistoria barroquizante de mis Galaxias (1963-76) Hoy en día, ese concepto de neobarroco 10 parece derivar en el sentido de un pervasivo transbarroco latinoamericano (para hablar nada más de lo que sucede en América Ibérica). En esa dirección apuntan tres antologías: Caribe transplatino, bilingüe, organizada por Néstor Perlongher con traducciones de Josely Vianna Baptista, Iluminuras, San Pablo, 1991; Transplatinos, organizada por Roberto Echavarren, El Tucán de Virginia, México, 1990; Medusario/Muestra de poesía latinoamericana, organizada por Roberto Echavarren, José Kozer, y Jacobo Sefamí, México, Fondo de Cultura Económica, 1996. Jardim de Camaleões – A poesía neobarroca na America Latina, la antología organizada por el joven poeta Claudio Daniel (él mismo un dotado “neobarroquista”), con traducciones suyas y de Luis Roberto Guedes, editada por Iluminuras, vuelve accesible al lector brasilero, de manera bastante amplia (incluyendo algunos nombres ya bastante conocidos, al lado de otros más jóvenes) esa deriva “transbarroca” que recorre el espacio textual de nuestra América, no de modo homogéneo y uniforme, sino rigiéndose por una fascinante estrategia de matices. San Pablo, marzo de 2002 * Prefacio al libro Jardim de Camaleões, a poesia neobarroca na America Latina, de Claudio Daniel, publicado en 2004 por Iluminuras.



Notas:

1 Lezama Lima, José. La expresión americana. Madrid, Alianza Editorial, 1969; primera edición 1957;

traducción brasilera por Irlemar Chiampi, San Pablo, Brasiliense, 1988.

2 Fuentes, Carlos. O espelho enterrado, Rio de Janeiro, Rocco, 2001.

3 Andrade, Oswald de. A marcha das utopias, 1953, conjunto de artículos publicado en O Estado de Sâo Paulo y reunidos en libro en la serie “Cuadernos de Cultura”, Río de Janeiro, MEC/Serviço de Documentação, n.139, 1996.

4 Sullivan, E.J. (org). Brazil: body and soul. New York, Guggenheim Museum, The Salomon R. Guggenheim Foundation, 2001. Mi ensayo, que se ocupa también de otros aspectos culturales y sociales, de la cuestión, tiene por título “Literary and artistic culture in modern Brazil”.

5 Antonio Cândido. “Dialética da malandragem”, Revista do Instituto de Estudos Brasileiros, Sao Paulo, USP, n.8, 1970.

6 Darío, Rubén, Cantos de vida y esperanza (“Otros poemas”, VII, - Trébol, I a III), 1905; Buenos Aires/México, Espasa-Calpe, 1943.

7 Andrade, Mario de, Aspectos da literatura brasileira (“O Ateneu”). São Paulo, Livraria Martins Editora, s.d. (o ensaio remonta a 1941).

8 A propósito, ver la introducción de Eco a la edición brasilera de su libro, Obra aberta, São Paulo, Perspectiva, 1958. En cuanto a la cronología de la noción de “neobarroco”, ver Andrés Sánchez Robayna, “Barroco de la levedad”, Revista de la USP, Sâo Paulo, enero-febrero 1990-91, p. 139, nota 23

martes, 25 de enero de 2011

CUERPO PLURAL. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea


Gustavo Guerrero
Editorial: PRE-TEXTOS
Año de la Edición: 2010
Género: Poesía, teatro
ISBN: 9788492913176


Los poetas nacidos entre 1959 y 1979 en nuestro continente son los hijos del fin de las utopías y el debate sobre la postmodernidad. Si los he escogido aquí como referencia no es porque crea que existe entre ellos una suerte de sensibilidad común o un aire de familia, sino porque constituyen histórica y literariamente la primera o las primeras generaciones de poe­tas hispanoamericanos que crecen, se forman y comienzan a publicar en esas aguas revueltas que son nuestras últimas tres décadas. Parra afirma que a los treinta años un hombre deja de ser poeta o lo es ya para siempre. Los mayores de este grupo tenían esa edad cuando cae el muro de Berlín en 1989 y, según algunos historiadores, concluye el siglo XX; los más jóvenes la alcanzan en esta víspera de los bicentenarios de nuestras repúblicas, cuando ya nos adentramos en un nuevo milenio y en otra manera de entender y practicar la poesía. Unos y otros han atravesado una época marcada por fenómenos tan variados y determinantes como la desaparición de la Unión Soviética y los atentados del 11-S, el avance de la globalización y la masificación de la industria cultural, el surgimiento del multiculturalismo y los procesos de transición democrática, la crisis ecológica y la generalización de las ideas neoliberales, el desarrollo vertiginoso de las comunicaciones y la revolución informática. Sin embargo, en lo que nos concierne, el fenómeno principal es la atomización y la diversificación del concepto mismo de poesía que ha acarreado el derrumbe del sistema moderno y el ocaso de la lógica historicista que lo animó durante dos siglos.

Versos de Cuerpo Plural



Oswaldo J. Hernández



Los poetas hispanoamericanos ya no miran a Neruda, Paz o Vallejo y se han convertido en un grupo de voces heterogéneas marcadas por el fin de las utopías y la búsqueda de nuevos lenguajes. Así nace la antología Cuerpo plural, que reúne lo mejor de la poesía hispanoamericana contemporánea.


Se trata de una ambiciosa compilación que incluye un DVD realizado por la agencia de noticias EFE. En el material, recitan sus textos 58 autores, de 19 países hispanohablantes, que han nacido entre 1959 y 1979. Los escritores fueron seleccionados por Gustavo Guerrero, quien es poeta y profesor venezolano de Literatura hispánica modernas.


“No existía de momento ninguna otra publicación que abarcara un horizonte tan vasto como el del último quehacer poético hispanoamericano. Resulta evidente que proceder a inventariar la poesía escrita más recientemente en el ámbito americano de la lengua española es tarea que requiere una previa familiaridad con todas y cada una de esas literaturas y un considerable esfuerzo consultivo y selectivo” comenta José Manuel Caballero Bonald, editor del suplemento cultural de El país.


El libro, que ha sido presentado la semana pasada en la sede del Instituto de Cervantes, viene así a llenar un vacío y muestra la pluralidad de voces poéticas que hoy coexisten desde México hasta la Patagonia.


Un grupo de poetas a los que Gustavo Guerrero ha añadido la representación de la llamada literatura chicana, por medio de Levi Romero, nacido en Nuevo México (EEUU) en 1961, y ha dado voz al poeta chileno de origen mapuche Jaime Luis Huenún, que escribe en las dos lenguas.

“A partir de los 80 se produjo un punto de inflexión en la literatura que rompió con la tradición temática de los poetas perfectos, cuya poesía hoy en Latinoamérica está en decadencia. La mirada de los poetas de hoy no es nada metafísica y está más preocupada por el lenguaje de la vida cotidiana”, ha explicado el recopilador.

Fin de un sistema poético:

De esta cuenta, los propósitos de Gustavo Guerrero quedan claros en su lúcido ensayo preliminar que introduce al libro. Antes que nada, el autor dice proponer un planteamiento sistemático de las trayectorias que regulan la poesía hispanoamericana de los últimos 20 ó 30 años, a partir de la gradual dispersión de los paradigmas poéticos derivados del modernismo y las vanguardias. Así, los poetas seleccionados, entre ellos los guatemaltecos Alan Mills y Javier Payeras, tienen en común, en opinión de Guerrero, la ausencia de una preocupación nacional o identitaria, y el deseo de mostrar sus diferencias.


La diversidad ética, estética y las diferentes orientaciones sexuales están muy presentes, como la homosexualidad o la transexualidad. Es el caso del venezolano Jorge Vessel, de 31 años, que escribe bajo diferentes heterónimos de mujer.


“Se trata de un inteligente punto de partida que no se atiene sólo a un criterio geográfico, sino sobre todo a lo que podría ser el fin de un sistema poético localizado en el tránsito del siglo XX al XXI”, refiere Bonald. “Si los he escogido aquí como referencia –escribe Guerrero en el prólogo– no es porque crea que existe entre ellos una suerte de sensibilidad común o un aire de familia, sino porque constituyen histórica y literariamente la primera generación de poetas latinos que crecen, se forman y comienzan a publicar en esas aguas revueltas que son nuestras últimas décadas”.

Cuerpo plural, la antología



Aníbal Salazar Anglada



Las antologías no solo anclan su mirada en un pasado concluso con el fin de preservarlo o reescribirlo, sino que, como señalara José-Carlos Mainer, en ocasiones son “veneros de actualidad”, “manifiestos de lo que viene”. Es decir, se presentan como propuesta de futuridad a partir de un presente sintomático. Tal es el caso de Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, preparada por el crítico venezolano Gustavo Guerrero, una obra cuya cuidada publicación está auspiciada por el Instituto Cervantes en el marco de la celebración del bicentenario de las repúblicas latinoamericanas. La compilación, que incluye un CD con lecturas y entrevistas de interés documental, reúne a 58 autores de 19 países entre los que se da cabida a territorios poéticos muy desatendidos en las antologías continentales (Costa Rica, Panamá, Bolivia), a los que se suma novedosamente Nuevo México. No obstante, el peso específico de la poesía latinoamericana sigue recayendo en países de una tradición moderna consolidada y ampliamente difundida como son Argentina, México o Chile.

Los poetas seleccionados, nacidos entre 1959 y 1979, representan unos nuevos modos poéticos, al ser testigos o herederos directos de una serie de profundas transformaciones de orden socioeconómico y cultural que se inicia simbólicamente con la caída del muro de Berlín, a final de los 80, y se cifra hoy en la globalización y una de sus consecuencias más visibles: la sociedad multicultural; en el uso de las nuevas tecnologías; en la industria del entretenimiento, con sus efectos sobre el mercado; y en fin, en la defunción de una cultura de raíz humanística que se ha visto suplantada por el consumo televisivo y la cibercultura. De este modo, al hacer el retrato de familia el antólogo signa al conjunto de autores como “el primer grupo de poetas hispanoamericanos que se forma y se da a conocer en el período inestable de rupturas y transiciones que sigue a la caída del paradigma moderno”.


Si el paso del siglo XIX al XX supuso para la cultura de habla hispana el salto a la modernidad, con Rubén Darío como profeta y cónsul del verso nuevo, este otro tránsito iniciado hace tres décadas marca el fin de la tradición moderna y anuncia un lenguaje estético distanciado del modernismo y las vanguardias. “Se trata por de pronto de un relato fragmentario e inconcluso”, afirma Gustavo Guerrero, de ahí que esta compilación nos muestre una poesía viva, en movimiento, imposible de aprehender con un nombre y de encapsular en una geografía común.
Cuerpo plural es una clara apuesta por un canon contemporáneo en estos tiempos de desorientación donde tirios y troyanos se valen de la misma tribuna. Lejos de dogmatizar, el autor es consciente de que dicha tarea no debe realizarse desde los viejos parámetros que han operado en la crítica de la segunda mitad del siglo XX, sino desde nuevas formas —transgeneracionales y transnacionales— de conceptualizar la multiplicidad estética. Entre algunos nombres ya consolidados en el panorama de la poesía actual encontramos al peruano Eduardo Chirinos, a los argentinos Edgardo Dobry y Fabián Casas, y al colombiano Ramón Cote; a quienes acompañan promesas del mañana como son el venezolano Jorge Vessel, el peruano José Carlos Yrigoyen o el chileno Héctor Hernández, nacidos en la segunda mitad de los 70.

Cuerpo plural / Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea de Gustavo Guerrero




De acuerdo: las editoriales españolas, que gozan de mejor distribución en México que las latinoamericanas, siguen representando un visto bueno irritantemente necesario para que prestemos atención a ciertos autores. Es un hecho: aparecer en una antología española pesa más, en la notita curricular, que aparecer en una salvadoreña. Por si fuera poco, las antologías made in Mexico se publican bajo sospecha: de amiguismo, de intercambio de favores, de sesgo ajeno al puro lirismo puro. Y las que se hacen del ecuador para abajo son, en principio, demasiado radicales para el “buen gusto” mexicano: medusarios, neobarrosos, trasplatinos... Estas serían, a grandes rasgos, las peores razones para atender Cuerpo plural. Las buenas: que a pesar de ser una antología nutridísima, no se trata de un censo poético ni de un inocuo “panorama”. Tiene una intención, un prólogo que modifica la lectura de los poemas –y los poemas, entre sí, se modifican. Incluye a una generación, los poetas nacidos en los años setenta, que no se había tomado en cuenta en antologías anteriores. Me detengo un poco en esto: la inclusión de los poetas más jóvenes (pienso en Alan Mills, en Héctor Hernández Montecinos, en Jorge Vessel, los tres de 1979) no es un capricho ni una cuota: ayuda a comprender el resto de la selección, la redondea, le confiere matices. Los autores más recientes no son solo un puerto de llegada, un predecible desenlace de una tradición que ya los anunciaba; son también los artífices de una obra que afecta a esa tradición, que obliga a leerla de otro modo.

Hay aquí nada menos que 58 autores. Un cuerpo plural, sí: de temas, de recursos formales, de registros, de procedencias. Pero, con todo, Gustavo Guerrero (Caracas, 1957) rastrea un argumento en la diversidad: “es éste, en su conjunto, el primer grupo de poetas hispanoamericanos que se forma y se da a conocer en el período inestable de rupturas y transiciones que sigue a la caída del paradigma moderno”. La principal característica del nuevo modelo: no existe ya un concepto unitario de poesía. En el prólogo se habla, una y otra vez, de una “atomización y diversificación” de ese concepto. Aunque a pesar de esta atomización se pueden encontrar algunas confluencias. Por ejemplo, la “crítica de la sacralización moderna de la poesía”, intención que predomina en buena parte del volumen. En esta línea caben autores tan diversos como Tedi López Mills o Eduardo Chirinos, Daniel García Helder o Sergio Parra, León Félix Batista o Fabián Casas, Julio Trujillo o Yanko González. Pero también hay otros para quienes la desmitificación no es tan importante como la búsqueda de una nueva, personalísima trascendencia; el ideal moderno (el poeta como antena de emisiones radiofónicas sublimes) no es definitivamente descartado, pero trastoca sus referentes y sus modelos enunciativos: ahí están Patricia Guzmán, Edwin Madrid, Rocío Silva Santisteban, Otoniel Guevara y el ya mencionado Hernández Montecinos.

Una de las diferencias fundamentales que guarda Cuerpo plural respecto de otras antologías es que parece leer la poesía no desde la infértil endogamia crítica que tantas veces caracteriza a las muestras de este tipo, sino en relación con otros géneros literarios y, más aún, con una visión panorámica de la literatura latinoamericana actual que el antólogo domina a la perfección. Gustavo Guerrero, ensayista agudo, se mueve entre poetas con la misma soltura que entre narradores (acaba de publicar en Gallimard, junto a Fernando Iwasaki, Les bonnes nouvelles de l’Amérique latine / Anthologie de la nouvelle latino-américaine contemporaine) y esta solvencia se nota tanto en su prólogo como en la selección: hay una perspectiva, un enfoque que ayuda a entender la poesía como un producto cultural anclado en el tiempo y en el espacio. Esto, que podría sonar a obviedad, es un punto de partida infrecuente entre muchos críticos, que prefieren renunciar al esclarecimiento de la obra en provecho de una chata prescriptiva o de una mistificación del poeta y sus labores.

En otras palabras, la de Guerrero es una crítica coherente con la pluralidad de su selección. No se acerca a los textos con una idea previa de lo que deberían ser, sino que les permite sugerir su relación con el momento histórico. Así lo deja ver hacia el final de su prólogo: “A la manera moderna, todavía se sigue esperando que un poema nos conmueva, sentimentalmente hablando, cuando hoy, como ayer, la poesía es capaz de hacer muchas otras cosas: interpelarnos, asombrarnos, dejarnos perplejos, hacernos reír, hacernos pensar, suscitar disgusto, alegría o rechazo. También a la manera moderna, aún se alzan voces para decir que esto o aquello no es poesía, cuando el problema hoy es justamente el de su indeterminación conceptual.” Tiene Cuerpo plural algunos nombres que son casi obligados para entender la poesía en español de los últimos años (Antonio José Ponte, Fabián Casas, Damaris Calderón, Germán Carrasco, Luis Felipe Fabre) y otros que por la escasa difusión de su obra era casi imposible haber leído antes; entre estos últimos, hay lo mismo decepciones (el hondureño Fabricio Estrada) que hallazgos importantes (el dominicano Frank Báez). No sorprende encontrar más poetas (y con más textos cada uno) de Chile, Perú y Argentina, países cuya lírica se adelantó, en cierto modo, al cambio de paradigma. No faltará quien añada nombres y proponga enmiendas, pero lo importante es no perder de vista el afán inclusivo del antólogo (quien se lamenta de no poder añadir, por ejemplo, soportes multimedia) y la nota de indudable optimismo con que entiende el presente poético, sin juzgarlo desde el templete siempre fatigoso de las glorias pretéritas: “quizás lo más difícil de entender sea que el fin del sistema moderno no obsta a que la poesía siga siendo hoy, a principios del siglo xxi, no sólo uno de los instrumentos de medición más reveladores del presente, sino además uno de los espacios críticos más creativos, independientes y radicales de nuestra cultura”. La selección preparada por Guerrero confirma este diagnóstico y lo rebasa.

jueves, 20 de enero de 2011

'Por qué escribo'



por Jesús Ruiz Mantilla



Algunos llegaron a la literatura por vocación, por el placer de la lectura y para emular a los autores que admiraban. Ahora crean por necesidad vital o simplemente lo hacen por dinero. Cincuenta autores de renombre nos desvelan los secretos de su obra, los motivos por los que dedican sus vidas a la escritura.


En el principio fue el verbo... Así lo recoge San Juan en su Evangelio. La palabra que conforma el mundo, el nombre que lo explica todo. Puede que no fuera tal, puede que antes del verbo existieran cielos, mares, noche, día, estrellas, firmamento. Pero si nadie sabía cómo nombrarlos, no eran nada, absolutamente nada. Así que al principio fue el verbo, como bien dejó escrito Juan. Y a ese verbo bíblico le siguió la épica de Homero, la duda de los filósofos, la intemperie y el poder de los dioses, el amor y la guerra que nos relata la Iliada y después el delirio del Quijote y luego la soledad de Macondo.

Puede que después de episodios narrados como aquellos no hiciera falta nada más. Pero a los clásicos, que montaron todos los cimientos del templo, siguieron más generaciones -"el eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición", de la que alerta Vila-Matas-, algunas nuevas preguntas para cada era, nuevos problemas y por tanto conceptos nuevos, palabras nuevas. Detrás de su registro se escondía un escritor. ¿Por qué?

¿Por qué escribir? ¿Para qué nombrar? ¿Para qué contar? Para entender. Para amar y que te amen. Para saber, para conocer. Por miedo, por necesidad, por dinero. Para sobrevivir, porque no todo el mundo sabe bailar el tango, ni jugar bien al fútbol. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir las propias. Por dar testimonio, porque no se sabe bien escribir, confiesa John Banville. Porque leyeron, padecieron y miraron cara a cara a la muerte.

Porque el verbo provoca desasosiego en Nélida Piñón, porque no se elige, como un amor, añade Amélie Nothomb. Por ser el masoquista que uno lleva dentro, aduce Wole Soyinka, por los arroyos y los torrentes de los libros leídos, cuenta Fernando Iwasaki, como forma de existencia, según Elvira Lindo. "Una manera de vivir", que dice Vargas Llosa parafraseando a Flaubert. Para sentirse vivo y muerto, proclama Fernando Royuela, igual que uno respira, suelta entre interrogaciones Carlos Fuentes. O para sobrevivir a ese fin, "a la necesaria muerte que me nombra cada día", testimonia Jorge Semprún.

La escritura es dolor y placer. Como el cuento, como la retórica aristotélica, se arma, se aprende. Principio y fin. Antes que nada vino el verbo, lo deja claro San Juan. También lo sabía Kafka. Pero el escritor checo pregunta: ¿Y al final? Quizás silencio, como interpreta de su obra George Steiner, con buen tino, oliéndose el apocalipsis de la destrucción europea.

Como testimonio también se mete uno entre papeles. Por el mismo motivo que Ana Frank comenzó a organizar su diario. O que la poeta rusa Anna Ajmatova, cuando se pasó 17 meses en las filas de las cárceles de Leningrado para ver a su hijo, respondió a una mujer que la reconoció y le preguntó si podría describir aquello que sí, que lo haría. "Entonces", dice Anna en Réquiem, "una especie de sonrisa se deslizó por lo que alguna vez había sido su rostro". Eso fue suficiente motivo. La emoción de la verdad, la justicia de dejar constancia. Para que otros quizás lo apliquen a su presente, para que no se vuelva a repetir.

Pero Anna Ajmatova confesó además que escribía por sentir un vínculo con el tiempo. También lo hizo por amor, por miedo al amor, por desgarro. En honor a las musas, como Shakespeare, "ese goloso de las palabras", a juicio de Steiner, en sus Sonetos: "Mi musa por educación se muerde / la lengua y calla mientras se compilan / elogios que te visten de oropeles/ y frases que las otras musas liman". Una pieza que acaba con toda una declaración de intenciones y una respuesta al gran asunto de la escritura: "Si a otros por sus dichos los respetas, / a mí, por lo que pienso, que es mi letra".

Al principio fue el verbo. Pero Shakespeare o Cervantes lo enaltecieron, lo igualaron a la medida de Dios. Porque exploraron todos los delirios y las pasiones de sus criaturas. ¿Por qué escribir? Para emularlos, sin más, podría ser. "Para parecerme a Espronceda", como suelta Caballero Bonald. Escribir porque se medita, como Descartes, como Chesterton, cuya obra nos envuelve en una paradoja sin fin. Para adentrarse en los laberintos y no necesariamente querer salir de ellos, como Borges. "Porque estamos aquí, pero querríamos estar allí", dice Antonio Tabucchi. Por emular la infancia, cuando la niña Almudena Grandes enmendaba la plana a los finales que no le gustaban, por volver a inventar historias de indios, vaqueros y pitufos, dice David Safier, porque a la hora de hacerlo, "disfrutar es una palabra que se queda corta", confiesa Ken Follet.

Para fijar la memoria, una forma de "hacer surgir los recuerdos y las imágenes", cuenta Álvaro Pombo. Para volver a vidas anteriores, a las lecturas y los tumbos que cada uno lleva en la mochila, según Arturo Pérez-Reverte. Como vicio solitario, describe Héctor Abad Faciolince, porque uno no se encuentra bien, asegura Juan José Millás. Por afición o por aflicción, que dice Gonzalo Hidalgo Bayal. O porque le gustaban las redacciones en el colegio, como descubrió Antonio Muñoz Molina. Y hasta hoy.

La palabra es agua y cada historia, el río que las lleva. El escritor es quien domina la corriente, como hicieron Dostoievski, Balzac, Galdós, Clarín, Dickens, Flaubert, Tolstoi, que siguió la estela épica de Homero como nadie. O contracorriente, como luego vinieron a hacerlo Marcel Proust, James Joyce, Valle-Inclán. Sin duda, hay que enfrentarse a ello, como dice Josep Pla en su Diccionario de Literatura, "con temperamento". O con el empeño de conocerse, a la manera de Montaigne y los grandes memorialistas posteriores del siglo XVIII, entre la verdad y la exageración pero con talento, como Casanova.

El juego, la tortura de la palabra también es lícita. Pero eso es más cometido de los poetas, como admitía Jaime Gil de Biedma. Para él, escribir era "erosionar el idioma en la forma que el idioma lo admite". Es decir, maltratar el verbo, fustigarlo, estrangularlo. Pero para resucitarlo después, como el Evangelio. A lo largo de la historia, el escritor ha visto crecer Babel y ha contribuido a entenderlo. Pero hubo también un tiempo, en el siglo XX, que lo aniquiló, que se arrojó al apocalipsis con la II Guerra Mundial. Disfrutemos en esta nueva era. Todos los motivos, todas las respuestas que se les ocurran a quienes deben contar nuestra historia son válidas.

Abad Faciolince
Porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua. Porque el papel es un filtro, una coraza, entre mis palabras y los ojos del otro. Porque me odio menos escribiendo que hablando. Porque mientras escribo puedo corregir, escoger una por una las palabras y nadie me interrumpe ni se desespera mientras las encuentro. Por un ameno vicio solitario.


John Banville
Escribo porque no sé escribir. Un periodista le preguntó una vez a Gore Vidal por qué escribió Myra Breckinridge, a lo que contestó: 'Porque no estaba ahí'. Fue una buena respuesta. Poner algo nuevo en el mundo es un privilegio que no se le concede a mucha gente. Y además, la realidad no es real para mí hasta que no se haya pasado por el tamiz de las palabras. Por eso, supongo que escribo con el fin de imaginarme la realidad totalmente real. El arte crea la vida, dice Henry James, y así es.


Felipe Benítez Reyes
Si a alguien le preguntan por qué escribe, lo normal es que recurra a una frase más o menos ingeniosa, y casi todas las frases ingeniosas contienen un grado oscilante de falsedad, porque el ingenio suele implicar una ligera alteración del sentido en beneficio de la formulación misma. No sé por qué escribo, ni tampoco tengo demasiado interés en saberlo. En este caso, me preocupa más el cómo que el porqué. La pregunta me parece ociosa, de modo que cualquier respuesta posible no pasaría de ser una pirueta truculenta en el vacío. Aunque -quién sabe- a lo mejor escribe uno para eso: para obtener respuestas sin el requisito de una pregunta previa y, sobre todo, para ensayar piruetas truculentas en el vacío, que es un territorio literario bastante fértil.

John Boyne

Como la mayoría de los escritores, no escribo porque lo haya elegido; escribo porque tengo que hacerlo. Escribo porque estoy tratando de entenderme a mí mismo, mi vida, la razón por la que nací, la explicación de por qué moriré, y descubro que solo puedo hacerlo entrando en un universo habitado por personajes que nacen de mi imaginación. Escribo porque las historias entran en mi mente y me niego a irme hasta que no escribo 26 letras en el teclado y las envío a una pantalla ante mis ojos. Escribo por Charles Dickens. Y por George Orwell. Y John Irving. Y Colm Toibin. Escribo porque me encanta la sensación de tener un libro en mis manos y un libro en mi cabeza. Escribo porque me encantan las palabras. Escribo porque leo. Escribo porque siempre quiero saber qué ocurrirá a continuación.


José Manuel Caballero Bonald
Empecé a escribir porque quería parecerme a Espronceda. Ya lo he contado por ahí alguna vez. Un día encontré en mi casa familiar una biografía del poeta y quedé fascinado por alguien que murió con 33 años y había vivido las grandes aventuras: fundó una sociedad secreta, sufrió persecuciones y cárceles, anduvo exiliado en Lisboa y Londres, combatió en las barricadas de París, fue guardia de corps y diputado, vivió amores difíciles, luchó heroicamente contra el absolutismo, etcétera. Pues bien, como yo no podía emular a Espronceda en tantas y tan singulares hazañas, elegí lo que me resultaba más factible: ejercer de insumiso y escribir poesía. Luego, con los años, la afición por la lectura me fue activando una discontinua dedicación a la escritura. Y así hasta hoy.


Andrea Camilleri
Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central. Escribo porque no sé hacer otra cosa.Escribo porque después puedo dedicar los libros a mis nietos.Escribo porque así me acuerdo de todas las personas a las que tanto he querido.Escribo porque me gusta contarme historias.Escribo porque me gusta contar historias.Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza.Escribo para devolver algo de todo lo que he leído.(Traducción de Carlos Gumpert).


Luisa Castro
La escritura para mí es una rendición. No soy una escritora con método; se me caen muchas cosas de las manos. Solo progresa la escritura que previamente se ha ido gestando dentro de mí, a veces contra mí. Escribo para conocer esos relatos, para descubrirlos. Me los cuento a mí misma. Me asombro, me indigno, me río, lloro y pataleo. No me siento dueña de mis relatos, tienen vida propia, son autónomos y más poderosos que yo. No me identifico con ellos, no comparto sus ideas, ni su visión del mundo. Se producen en mi cabeza sin mi permiso, y cuando los suelto es porque me han vencido. No hay otra razón.


Lucía Etxebarria
1. Para que me quieran más como Bryce Echenique. 2. Porque cada vez que alguien me dice " tus libros me han ayudado mucho, por favor sigue escribiendo", me da una razón para hacerlo.
3. Para entenderme a mí misma. 4. Porque disfruto mucho haciéndolo. 5. Porque al colocar a personajes en situaciones que simbólicamente pueden representar aspectos de mi vida, y conseguir que salgan airosos de ellas, de alguna forma me salvo a mí. 6. Para darles voz a personas cuyas historias nadie escuchaba 7. Porque es como enviar un mensaje en una botella: creo que quizá le llegue a alguien a quien no conozco, pero que lo entenderá. 8. Porque siempre lo he hecho, porque es natural en mí, y porque es de las cosas que mejor hago, amén de dibujar, cocinar, hacer el amor y organizar fiestas. 9. Porque es una forma rentable y efectiva de exorcizar neurosis. 10. En parte, porque me pagan. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo.


Umberto Eco
Porque me gusta.


Ken Follet
Cuando me levanto por la mañana en lo primero que pienso es en escribir la próxima escena de mi libro. Es con lo que más disfruto. Es fantástico dedicarse a algo que uno sabe hacer bien. Disfruto escribiendo pero "disfrutar" es una palabra que se queda corta. El acto de escribir me apasiona. Envuelve todo mi intelecto, mis emociones y comprende lo que sé del mundo y de cómo funciona el ser humano. Todo forma parte del reto de hechizar a mis lectores. Mi trabajo me absorbe de forma total.


Carlos Fuentes
¿Por qué respiro?


Almudena Grandes
Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida. No estoy muy segura -dudo que alguien pueda estarlo-, pero creo que escribo porque siento una necesidad insuperable de escribir. Para mí, la escritura es un impulso que no se define por sus resultados, sino por su naturaleza necesaria, algo parecido al hambre o la sed, que pueden proporcionar mucho placer, si se sacian, o mucho sufrimiento, si persisten, pero nunca dejan de ser dos necesidades, el hambre y la sed.


Mark Haddon
Ficción, poesía, teatro, pintura, dibujo, fotografía... en realidad eso no importa.Un día que no consigo hacer alguna cosa, por pequeña que sea, me parece un día desperdiciado.Una semana sin crear algún tipo de arte me resulta sumamente dolorosa.A veces puede parecer una bendición ser así, saber con tanta certeza lo que quiero hacer.Pero a menudo es un sufrimiento porque saber lo que quieres no es lo mismo que saber cómo hacerlo.
Podría haberme dedicado a cualquier otra cosa salvo que no me siento en condiciones para ello.

Odio que me digan lo que tengo que hacer y cuándo tengo que hacerlo y, aunque disfruto en compañía, necesito pasar varias horas al día solo, únicamente pensando.Por eso nunca he conseguido conservar un "auténtico" trabajo durante más de seis semanas.¿Por qué escribo? La única respuesta es porque no puedo hacer otra cosa.


Gonzalo Hidalgo Bayal
"Por afición, por aflicción", escribí alguna vez. Por afición, porque es inclinación, necesidad, perseverancia y distracción. Por aflicción, porque solo el dolor y sus numerosas circunstancias proporcionan suficiente materia literaria in hac lachrymarum valle. En la afición se centra la relación con el lenguaje, que es, cuanto más intensa, más grata y divertida. La aflicción obliga, en cambio, a la búsqueda del sentido, si es que algún sentido tienen las desventuras de los hombres. Y, en fin, como antídoto contra el sinsentido y las sinrazones de la trama, tal vez también para no caer en las vanidades de la trascendencia, el virtuoso ejercicio de un séptimo sentido: el sentimiento del humor.


Fernando Iwasaki
Escribo porque leo y gracias a la lectura nacen arroyos y afluentes del torrente de libros leídos. Escribo porque creo en la austera inmortalidad de la palabra escrita y en las bibliotecas como paraísos laicos. Escribo porque es el más poderoso acto libertario que conozco. Escribo porque el hechizo de la literatura es fulminante y a mí me hace ilusión ser aprendiz de aquellas magias. Escribo porque mis padres y mis hijos se alegran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío. Escribo porque contar historias es el oficio más antiguo del mundo. Escribo porque dedico todos los libros de ficción a mi mujer y así -mientras siga escribiendo- ella sabrá que la sigo queriendo.


Use Lahoz
Es una pregunta trampa en cuya respuesta se funden el placer y la necesidad. Supongo que escribo porque adoro las sorpresas y vivir con intensidad. Nada hay más inalcanzable que lo vivido, y la escritura incluye a veces la quimera de atrapar el pasado junto a la posibilidad de soñar despierto. Trae implícita la aventura de revivir, de combatir el paso del tiempo. Escribir ayuda a comprender y a ordenar el desorden. Escribir equilibra. Escribo para encontrar sentido al sinsentido, y porque me permite sentir el placer de contar la realidad y lo que imagino. Y también porque en el acto de escribir interviene la memoria, la experiencia y la imaginación, bienes a proteger. Escribo para reflexionar y pensar y darle vueltas a la vida de personajes siempre más interesantes que la mía. Y disfrutar del placer de la ficción, que es adictivo y que, como la realidad, no tiene límites. Escribo por supuesto para combatir el aburrimiento y pasarlo en grande. Para un escritor vivir, fundamentalmente, es escribir. Escribo para estar en paz conmigo mismo, por aquello que decía Machado de "yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Escribo porque conmueve y perdura, cada novela es la primera. Además es bastante barato. En fin: escribo porque aprendo, y así, a veces, parece que siga estudiando.


Donna Leon
Al principio, con los primeros libros, escribía para ver si podía hacerlo. Nunca había escrito un libro antes. Se me ocurrió la idea de escribir uno y por eso lo intenté. Después de todo, había leído muchos libros, por eso me parecía que el siguiente paso era escribir uno. Al final, resultó ser bastante más que un paso, pero a lo largo del proceso, resultó que escribir un libro era muy divertido. Y por eso ahora, después de 20 años haciéndolo y de 20 libros, lo hago porque es divertido. Los personajes hacen lo que les digo que hagan; la realidad se puede cambiar para adaptarla a mis necesidades; si alguien muere, lo puedo resucitar al día siguiente; si hay un problema social que me indigna, puedo hacer que un personaje exprese una opinión. No es necesariamente mi opinión pero normalmente es una opinión firme.Supongo que también hay un elemento de vanidad en ello. En una cena, todos queremos que presten atención a nuestras ideas, ¿no es cierto? Pero los buenos modales mandan que compartamos la conversación con los demás. Pero en un libro, nuestro libro, nosotros los escritores podemos seguir -bla, bla, bla- sin parar, y nunca tenemos que interrumpirnos para dejar hablar a nadie más.


Elvira Lindo
"Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empezaron a pagarme en la radio por guiones, cuentos y sketches. A los 31 años comencé a escribir libros. Pensé que escribir era mi oficio hasta que me di cuenta de que se trataba de algo más. Es un oficio pero también una forma de vida. No sabría vivir sin escribir. Todo lo que hago al cabo del día, lo que veo y escucho, lo que me provoca asombro, alegría o desdicha es material para ser contado. Y esa actitud vital, la de formar parte de la comedia humana pero la de ser también espectadora de ella, ese estar fuera y dentro a la vez, me ayuda a asimilar la experiencia de una manera enriquecedora. Escribo todos los días. Cuando no escribo me siento una inútil, así que he llegado a una conclusión radical: nunca podré dejarlo. No sé hacer otra cosa, no sabría vivir de otra manera".


Alberto Manguel
Porque no sé bailar el tango, tocar un instrumento musical como la celesta o el glockenspiel, resolver problemas de matemáticas superiores, correr una maratón en Nueva York, trazar las órbitas de los planetas, escalar montañas, jugar al fútbol, jugar al rugby, excavar ruinas arqueológicas en Guatemala, descifrar códigos secretos, rezar como un moje tibetano, cruzar el Atlántico en solitario, hacer carpintería, construir una cabaña en Algonquin Park, conducir un avión a reacción, hacer surf, jugar a complejos videojuegos, resolver crucigramas, jugar al ajedrez, hacer costura, traducir del árabe y del griego, realizar la ceremonia del té, descuartizar un cerdo, ser corredor de Bolsa en Hong Kong, plantar orquídeas, cosechar cebada, hacer la danza del vientre, patinar, conversar en el lenguaje de los sordomudos, recitar el Corán de memoria, actuar en un teatro, volar en dirigible, ser cinematógrafo y hacer una película, en blanco y negro, absolutamente realista de Alicia en el País de las Maravillas, hacerme pasar por un banquero respetable y estafar a miles de personas, deleitarme con un plato de tripas à la mode de Caën, hacer vino, ser médico y viajar a un lugar devastado por la guerra y tratar con gente que ha perdido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, organizar una misión diplomática para resolver el problema del Medio Oriente, salvar náufragos, dedicar treinta años al estudio de la paleografía sánscrita, restaurar cuadros venecianos, ser orfebre, dar saltos mortales con o sin red, silbar, decir por qué escribo.


Javier Marías
Como ya he dicho en muchas ocasiones, escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar. También porque no hay muchas más cosas que sepa hacer, y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases, que al parecer sí sé hacer. O sabía, son actividades del pasado. También escribo para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que saludar a quienes no deseo saludar. Porque creo que pienso mejor mientras estoy ante la máquina que en cualquier otro lugar y circunstancia. Escribo novelas porque la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da, como dice un personaje de la novela que acabo de terminar. Y porque lo imaginario ayuda mucho a comprender lo que sí nos ocurre, eso que suele llamarse "lo real". Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso.


Luisgé Martín
Cuando escucho a algún escritor explicar las razones por las que escribe pienso que yo también comparto esas razones. Todas. Me siento como un compendio, como uno de esos hipocondríacos que encuentran en sí mismos todos los síntomas de los que oyen hablar. Escribo como terapia psíquica, para ordenar el mundo y comprenderlo, para explicar el mundo a los demás tal como yo lo veo, para cambiar el mundo, para vivir vidas que no he podido vivir, para enmendar la vida que sí he vivido, para curar mis culpas, para pasar a la posteridad, para sobrevivir a la muerte, para sentir, al menos durante un instante, que soy Dios. Pero hace poco, leyendo el discurso de Pamuk en la Academia Sueca cuando recibió el Nobel, encontré una razón que nunca había escuchado así formulada y que me parece formidable: "Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo".


Luis Mateo Díez
Escribo para disimular la incapacidad de hacer cualquier otra cosa. Escribir no solo me entretiene, también me apasiona y me hace sentir dueño de algo que se contrapone en mi existencia a una cierta inclinación de inutilidad. También escribo, igual que leo, para conocer gente, quiero decir que me siento haciéndolo inmerso en aquel callejón lleno de gente desconocida al que se refería Nemiroski. Siempre hay alguien esperándome, y solo en el relato de la vida encuentro lo más complejo del sentido de la misma. Además, los días en que me quedo satisfecho con lo que acabo de escribir, tengo la convicción de no haber perdido el tiempo.


Eduardo Mendicutti
También a mí, como a Vargas Llosa, me dicen montones de veces que lo único que sé hacer es escribir. A lo mejor por eso acaban dándome el Nobel. Para todo lo demás, estoy convencido, soy un desastre: para poner ladrillos, para cultivar tomates, para imponer el orden, para correr a pie o en bicicleta aunque sea dopado, para condenar a delincuentes -con lo que a mí me gustan algunos delincuentes- sin que se me parta el corazón, o para defenderlos sin contagiarme... Cierto que, desde hace 30 años, soy bastante bueno como secretario general de una patronal de empresas consultoras, pero con algo tengo que redimirme. Así que escribo. Para inventarme inventando historias, para disfrutar del lenguaje, para compensar la timidez, para sacar los pies del plato, para que me lean. Claro que, según algún crítico y algunos colegas, puede que también para escribir sea una calamidad, pero de eso aún no he llegado a convencerme.


Eduardo Mendoza
Sinceramente, no lo sé. Nunca me lo he preguntado, ni al principio, que fue espontáneo, ni a lo largo de todos estos años. Hacerlo a estas alturas no creo que tenga interés, ni para mí ni para nadie. No es una respuesta bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.


Ricardo Menéndez Salmón
Escribo por insatisfacción. Si estuviera satisfecho, me limitaría a "vivir la vida", no a intentar comprenderla mediante la escritura. Claro que al intentar comprenderla, es decir, al escribirla, me doy cuenta de que en realidad la vida resulta incomprensible. Lo cual genera una nueva insatisfacción, la de comprobar que el intento por comprender la vida mediante la literatura lo único que ilumina es la imposibilidad de alcanzar esa comprensión. Pero entonces sucede algo curioso, y es que el hecho de descubrir esa imposibilidad me conmueve, admira e impulsa a escribir más y más. Así, lo que nace como un gesto decepcionado, insatisfecho, acaba convirtiéndose en un acto agradecido, admirativo. De modo que una dolencia (escribo porque soy infeliz; escribo porque soy inconsolable; escribo porque no entiendo lo que me rodea) se acaba convirtiendo en una necesidad (escribo porque no me resigno a ser infeliz, inconsolable e ignorante).


Juan José Millás
Escribo por las mismas razones que leo, porque no me encuentro bien.


Rosa Montero
Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa del duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias. Escribo porque mientras lo hago estoy tan llena de vida que mi muerte no existe: mientras escribo soy intocable y eterna. Y, sobre todo, escribo para intentar otorgar al Mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.


Luis Muñoz
Se me amontonan las razones. Son muchas más de lo que luego rinden. Creo que puedo distinguir razones de tipo general y razones particulares. Entre las particulares: -Por darle forma a una emoción concreta, por ejemplo a un pinchazo de belleza que me deja desorientado; el poema es en ese caso un intento de orientación, es la confección de un mapa que sitúa ese pinchazo con sus coordenadas y todo. -Por hacerle un hogar de palabras a uno de esos pensamientos que uno cree que pueden ser salvadores; es como ponerle casa al pensamiento para hacer que viva allí, abrir ventanas, instalarle una cama, un baño, una cocina. -Por ser vulnerable al contagio de otro poema que creo admirable y hacerme la ilusión de que puedo responderle, conversar con él o seguir alguno de sus hilos sueltos.
-Por enseñarle a un amigo algo de lo que me sienta medianamente orgulloso; es cómo decirle mira, he encontrado este trozo de vida, lo he trabajado así, le he hecho esto, aquello, a qué no soy tan desastre. Entre las razones generales, que funcionan sobre todo cuando no estoy escribiendo, o sea, antes y después: -Por querer sentir mi tiempo, el rabioso presente, en el lenguaje. -Por estar enamorado de la capacidad de las palabras por volver a decir la verdad.
-Porque escribir es el modo más fiable que conozco para distinguir lo que importa.-Por el sentimiento de libertad que produce, toda esa explanada inmensa que significa escribir.-Por darle forma a seres informes: embriones de voces, sentimientos, sensaciones, ideas.


Antonio Muñoz Molina
Creo que nunca he pensado mucho en por qué escribo, salvo cuando me han hecho esa pregunta y he tenido que improvisar una respuesta que sonara convincente. Escribo, sobre todo, porque me gusta mucho hacerlo, y me ha gustado casi desde que tengo recuerdos. Me gustaba inventar cuentos, escribirlos y dibujarlos cuando era niño. Me gustaba escribir redacciones en la escuela. Luego empecé a leer novelas de aventuras y me enteré de que todas ellas tenían un autor, que solía ser Julio Verne, y por primera vez me imaginé practicando ese oficio. Después me aficioné a leer poesía y por imitación me puse a escribir versos, siempre muy malos. Cuando tuve una máquina de escribir se me iban las tardes improvisando lo que fuera, por el puro gusto de golpear las teclas: diarios, poemas, obras de teatro. Escribo por gusto y porque me gano la vida escribiendo. Algunas veces disfruto mucho y otras preferiría estar haciendo cualquier otra cosa. Pero en ocasiones en que me he puesto a escribir contra mi voluntad y casi a la fuerza he encontrado cosas que de otra manera no se me habrían ocurrido. También escribo por quitarme la mala conciencia de no haber escrito, o para tener el alivio de haberlo hecho. Me puedo imaginar no publicando, al menos durante largos períodos, pero no me imagino no escribiendo. En el fondo es un vicio, un hábito cotidiano, o una manera de estar en el mundo, como tener afición por la lectura o por la música.


Julia Navarro
Para mí, escribir es una oportunidad de viajar al mundo de los sueños y de la imaginación; de inventar personajes y de vivir otras vidas; pero también de asumir compromisos, aunque a veces vayan envueltos con el papel del entretenimiento.


Andrés Neuman
Escribo porque de niño sentí que la escritura era una forma de curiosidad e ignorancia. Escribo porque la infancia es una actitud. Escribo porque no sé, y no sé por qué escribo. Escribo porque solo así puedo pensar. Escribo porque la felicidad también es un lenguaje. Escribo porque el dolor agradece que lo nombren. Escribo porque la muerte es un argumento difícil de entender. Escribo porque me da miedo morirme sin escribir. Escribo porque quisiera ser quienes no seré, vivir lo que no vivo, recordar lo que no vi. Escribo porque, sin ficción, el tiempo nos oprime. Escribo porque la ficción multiplica la vida. Escribo porque las palabras fabrican tiempo, y tiempo nos queda poco.


Amélie Nothomb

Me preguntan por qué elegí escribir. Yo no lo elegí. Es igual que enamorarse. Se sabe que no es una buena idea y uno no sabe cómo ha llegado ahí pero al menos, hay que intentarlo. Se le dedica toda la energía, todos los pensamientos, todo el tiempo. Escribir es un acto y al igual que el amor, es algo que se hace. Se desconoce su modo de empleo, así que se inventa porque necesariamente hay que encontrar un medio para hacerlo, un medio para conseguirlo.


Arturo Pérez-Reverte
Escribo porque hace 25 años que soy novelista profesional, y vivo de esto. Es mi trabajo. Igual que otros pasan en la oficina ocho horas diarias, yo las paso en mi biblioteca, rodeado de libros y cuadernos de notas, imaginando historias que expliquen el mundo como yo lo veo, y llevándolas al papel a golpe de tecla. Procuro hacerlo de la manera más disciplinada y eficaz posible. En cuanto a la materia que manejo, cada cual escribe con lo que es, supongo. Con lo que tiene en los ojos y la memoria. Muchas cosas no necesito inventarlas: me limito a recordar. Fui un escritor tardío porque hasta los 35 años estuve ocupado viviendo y leyendo; pateando el mundo, los libros y la vida. Ahora, con lo que eché en la mochila durante aquellos años, narro mis propias historias. Reescribo los libros que amé a la luz de la vida que viví. Nadie me ha contado lo que cuento.


Nélida Piñón
Yo creo con la esperanza de que la narrativa jamás me abandone, de que siga estando en todas partes. De que como compañera de mis días, irradie los caprichos humanos, los intersticios del misterio, frecuente en los puntos cardinales de mi existencia.Escribo porque el verbo provoca en mí desasosiego, afila los mil instrumentos de la vida. Y porque, para narrar, dependo de mi creencia en la mortalidad. Con la fe en que una historia bien contada me arrebate las lágrimas. Sobre todo cuando, en medio de la exaltación narrativa, menciona amores contrariados, despedidas hirientes, sentimientos ambiguos, despojados de lógica. Escribo, en conclusión, para ganar un salvoconducto con el que deambular por el laberinto humano.
(Traducción de Carlos Gumpert)


Álvaro Pombo
Pienso en el pequeño cementerio de Londres, a unos diez minutos a pie de Paddington Green, donde robé un perro feo, de cemento, del sepulcro de una dama ahí enterrada. Al venir a Madrid, abandoné ese perro a su suerte en el Flat A, que era el top flat con una cocinita y un cuarto de baño. Escribir esto, ¿es escribir, o no? Es, desde luego, un modo de hacer surgir los recuerdos y las imágenes distinto del modo normal: un modo prefabricado, artificiado, que desea causar un efecto imborrable al menos en mi alma y luego en la de un lector o un millón, si es posible. Y también es un intento de expresar el ser, el Dios, en la claridad del ser-ahí que era yo en aquel entonces, al borde de la nada. Querer decirlo era querer estar más cerca del ser que lo corriente. Aún no sé si estoy en lo cierto. Hablar es inmediato, como respirar. Escribir, mediato como el respirar del pranayama.


Benjamín Prado
Yo escribo por una sola razón: para divertirme, para entretenerlos, para aprender, para enseñarles, para que sea cierto que "escribir es soñar / y que otros lo recuerden / al despertar", para que no me olviden, para que no nos callen y, en primer lugar, porque no podría no hacerlo.


Soledad Puértolas
Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores. Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo.La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto. Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.En la vida, el dolor ahoga y la risa es efímera. En el texto, se produce una transformación que la inteligencia no puede explicar. Nos sumergimos en el dolor sin llegar a morir, conquistamos la distancia. Observamos, podemos emocionarnos, escoger, aventurarnos. La incertidumbre de la narración resulta más segura que las certezas de la vida. La palabra se hace enteramente nuestra.


Santiago Roncagliolo
Debería decir que escribo porque no sé hacer nada más: no sé montar bicicleta, llevo un año tratando de sacarme el carné de conducir, no entiendo las declaraciones de Hacienda y, cuando se estropea el ordenador, la única solución que se me ocurre es llorar hasta que se arregle solo. Pero intentaré una respuesta más profunda:
Creo que la realidad no tiene ningún sentido. Las cosas pasan a tu alrededor de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día te mueres. Las cosas en que creías dejan de ser ciertas de un momento a otro. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Los personajes se dirigen hacia algún lugar, la gloria, la autodestrucción o la nada, y sus acciones tienen consecuencias en ese camino. Escribo historias para inventar algo que tenga sentido.
Pero además, escribir -como leer- te devuelve a la realidad mejor equipado para vivirla, con una comprensión mayor de lugares, personajes o sentimientos que no habrías visitado de otra manera. Y en ese sentido, no hace que la realidad sea más sensata, pero sí la vuelve un poquito mejor.


Fernando Royuela
Escribo por perplejidad. Tengo serias limitaciones para entender al ser humano y mediante la escritura las intento mitigar. La literatura es un vehículo fantástico para observar la realidad y descifrarla. Las palabras son los ojos del escritor. Escribir es saber mirar. Escribo para explicarme un universo inexplicable. Escribo para crear y descreer. Mediante la escritura invoco a los hombres y sacrifico a los dioses. Me río. Busco la belleza, también el horror porque escribir es descender a los infiernos y no salir indemne. Escribo para seducir, para subvertir, para sentirme vivo y muerto, para llorar, amar y maldecir. Escribo para no tener que aguantarme, para negar el mundo, para huir. Escribo porque me da la gana y me lo puedo permitir.


David Safier
¿Se acuerda de cuando era niño y jugaba? ¿Inventando historias disparatadas con figuritas de indios, vaqueros o pitufos? ¿O simplemente imaginando en la bañera que era el capitán de un barco pirata que buscaba un tesoro en medio de la tormenta? ¿Se acuerda de cómo se sentía cuando jugaba con otros niños en la calle y vivían increíbles aventuras haciendo de exploradores, cazadores o agentes secretos, luchando contra dinosaurios, monstruos o supermalos que querían destruir la tierra con rayos mortales? Pues bien, todo eso es lo que yo hago todavía. Jugar con mi imaginación. Cada día de mi vida. Y lo seguiré haciendo hasta que me muera. O me vuelva loco. Es lo que me gusta. Y por eso escribo. ¡Hay alguna otra cosa mejor!


Jorge Semprún
Si lo supiese, tal vez no escribiría. Quiero decir, si lo supiera con certeza, si a cada momento pudiese proclamar taxativamente, sin vacilar, por qué escribo, y para qué, para quién o quiénes, si así fuera, tal vez no escribiría. O sea, que escribo, en cierta medida, para encontrar respuestas al porqué. Escribir no es un acto reflejo, ni una función natural. No se escribe como se come o se ama. No se agota en el hecho de escribir el portentoso, o doloroso, o lo uno y lo otro, milagro de la escritura. No se agota, al escribir, el deseo inagotable de la escritura. Tal vez porque sea ésta la mejor forma de sobrevivir. ¿Por qué escribo? Tal vez para sobrevivir a la muerte, la necesaria muerte que me nombra cada día.


Wole Soyinka
Hace varios años, participé en esta misma experiencia con el periódico francés Libération. En aquella ocasión contesté: "Supongo que por el ser masoquista que llevo dentro de mí". Desde entonces, no he tenido ningún motivo para cambiar mi respuesta.


Antonio Tabucchi
Preferiría formular la pregunta así: ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escuché a Samuel Beckett responder: "No me queda otra". Las respuestas posibles son todas plausibles pero con un punto de interrogación. ¿Escribimos porque tememos a la muerte? ¿Por qué tenemos miedo de vivir? ¿Por qué tenemos nostalgia de la infancia? ¿Por qué el tiempo pasado corrió deprisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Por qué queríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos y no debíamos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá nos hubiese resultado mejor quedarnos aquí? Como decía Boudelaire: la vida es un hospital donde cada enfermo quiere cambiar de cama. Uno piensa que se curaría más deprisa si estuviera al lado de la ventana y otro cree que estaría mejor junto a la calefacción.


Andrés Trapiello
¿Para que escribe uno? Para responder sin afectación algún día esta pregunta. Lo natural es hablar, incluso cantar, pero no escribir. Poner las palabras por escrito en un libro es, decía Unamuno, una "tragedia del alma", y acaso se escriba por miedo a quedarse uno a solas con su dolor, como si escribir fuese un remedio, y no un veneno. Así lo siento yo también.


Kirmen Uribe
En noviembre de 2007 tuve la suerte de asistir como escritor invitado a la clase de escritura creativa de Anthony MacCann, en el CalArts de Los Ángeles. Anthony me contó que los mejores de cada promoción son fichados por las grandes productoras para trabajar como guionistas de series de televisión. Se hacen ricos. Los "peores", por el contrario, se dedican a la poesía. Uno empieza a escribir en la tierna adolescencia por mímesis, porque quiere crear algo parecido a aquello que ha leído. Más tarde, en su juventud, cree que escribir puede hacer mejorar el mundo. Luego se convence de que el suyo es, al fin y al cabo, un oficio. Sin embargo, ahora mismo me doy cuenta que escribo, sencillamente, porque disfruto mucho haciéndolo. Me encanta quedarme solo y escribir. "Un solitario impulso de delicia" me lleva a escribir, como diría Yeats en su poema Un aviador irlandés prevé su muerte. Disfruto casi tanto como los "peores" de CalArts, que tumbados en el césped del campus con un libro en las manos, levantaban la mirada para ver pasar las nubes. Yo, en la clase de Anthony, sería, sin duda, del grupo de los poetas.


Mario Vargas Llosa
Escribo porque aprendí a leer de niño y la lectura me produjo tanto placer, me hizo vivir experiencias tan ricas, transformó mi vida de una manera tan maravillosa que supongo que mi vocación literaria fue como una transpiración, un desprendimiento de esa enorme felicidad que me daba la lectura. En cierta forma la escritura ha sido como el reverso o el complemento indispensable de esa lectura, que para mí sigue siendo la experiencia máxima más enriquecedora, la que más me ayuda a enfrentar cualquier tipo de adversidad o frustración. Por otra parte, escribir, que al principio es una actividad que incorporas a tu vida con otros, con el ejercicio se va convirtiendo en tu manera de vivir, en la actividad central, la que organiza absolutamente tu vida. La famosa frase de Flaubert que siempre cito: "Escribir es una manera de vivir". En mi caso ha sido exactamente eso. Se ha convertido en el centro de todo lo que yo hago, de tal manera que no concebiría una vida sin la escritura y, por supuesto, sin su complemento indispensable, la lectura.


Juan Gabriel Vásquez
Escribo porque me irrita y me entristece el desorden del mundo, y descubrí hace mucho tiempo que en la buena ficción el mundo tiene un orden o su desorden tiene un sentido. Escribo porque mi inteligencia es limitada y sólo soy capaz de entender lo que viene en palabras. Escribo, por lo tanto, porque no entiendo o porque ignoro: "escribe sobre lo que conoces" me parece el consejo más idiota del mundo, porque se escribe, precisamente, para conocer. Escribo porque no he encontrado otra manera de vivir varias vidas, de ser varias personas, sin hacer daño o poner en riesgo a los que me rodean (y aun así les he hecho daño muchas veces, muchas veces los he puesto en riesgo). Escribo porque, como leí en alguna parte, la imaginación transforma la experiencia en conocimiento.


Manuel Vicent
Si esta pregunta se me hubiera formulado hace muchos años, cuando empecé a escribir, mi respuesta habría sido más romántica, más literaria, más estúpida. Probablemente habría contestado que escribía para crear un mundo a mi imagen, para poder leer el libro que no encontraba en mi biblioteca, para no suicidarme, para enamorar a una niña, para influir en la sociedad o tal vez cínicamente porque no servía para nada más, ni siquiera para arreglar un enchufe. Sin olvidar lo que este oficio tiene de vanidad y de narcisismo, a estas alturas de la profesión creo que escribo porque es un trabajo que me gusta, que unas veces me sale bien y otras mal, pero en cualquier caso la literatura ya forma parte de un mismo impulso vital que me sirve para sentirme a gusto todavía en este mundo, sin que espere gran cosa de su resultado.


Enrique Vila-Matas
Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapatos. Y también por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. Este tipo de habilidades no nos llaman la atención, por ser muy familiares. Pero, en algún tiempo remoto, un antepasado hizo la primera lazada. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quién habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.


Juan Eduardo Zúñiga
El jardincillo parece envejecido con los fríos de noviembre y el suelo está cubierto de las hojas caídas de una acacia. Dejo de mirarlo desde la ventana, estoy solo en el cuarto vacío donde tengo los juguetes y los cuentos, en las paredes sujetas con chinchetas hay dos láminas referentes a un país extranjero y extranjero es el autor de un libro que cojo, y me aprendo su nombre: Michel Zevaco. Leo el final del segundo capítulo: un hombre busca sin parar en un cofre lleno de joyas y no encuentra lo más importante para él. Me extraña esto ¿más valioso que joyas ? Tengo al lado un cuaderno y lápiz, sin pensar escribo: "Él buscaba algo entre las joyas ..." y sigo escribiendo, sigo así hasta hoy.



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Tomado de: http://silenciollama.blogspot.com/