
(Tratado del cielo y del infierno)
Escribe: darwin bedoya
1.- La Generación Perdida:
Mientras que en Puno, luego de una presencia entusiasta, delirante, sensata, irreverente, anónima, innegable, corrosiva y otros adjetivos de este calibre que acusen a los poetas puneños de los ’90, siempre habrá lugar para hablar de ellos; pero hoy que contemplamos el panorama actual de la poesía puneña, vemos que concluida la primera década del 2000, bien podría afirmarse que hubo una Generación Perdida en la década que se acaba de ir, perdida en el sentido de que solamente fue un susurro en el receso. Los dos o tres poetas post-2000 dijeron este verso es mío con una poesía insuflada de emociones e improvisaciones, carente de las exigencias mínimas de la poesía. En algunas casos, llegando tal vez a la exageración y hablando de los que mínimamente se puede rescatar algo, podría hablarse de una cierta y paupérrima imitación de estilos, lenguaje e imágenes tomadas de sus predecesores. Estos últimos no trajeron nuevos enfoques, tampoco otras perspectivas u otras sensibilidades. No desarrollaron propuestas. Creo que escribieron en un contexto que fue casi el mismo que el de hace casi 30 ó 40 años atrás. Inclusive, lo exiguo que han publicado se resume a plaquettes o fotocopias que tampoco podrían tomarse en cuenta en un estudio riguroso, donde hasta cabría la posibilidad de mencionar que nunca existieron, ni dos ni tres. Una completa y auténtica Generación Perdida. Forzando una presencia inconclusa, lo que tal vez hemos encontrado es un par de textos aceptables, o medianamente bien escritos, comestibles en cuestiones de lectura, aunque no sean textos virtuosos en términos de destreza poética. Ni siquiera son textos efectistas, por no decir menos. Y como ya señalamos en varios comentarios anteriores: son el resultado de puras emociones. Puro lirismo. Superficialidad. Nada impactantes. No revelan nada más allá de una incipiente poesía. Y precisamente por eso no sobrevivirán. Los días y los años, estoy seguro, me podrán corroborar. Ningún decir poético los podría situar en un sitio aparte, ya sea como noveles, imitadores, plagiarios o, según ellos, asumiéndose Les poètes maudits en la investidura de Rimbaud o Baudelaire. A lo que voy no es a cuestionar la sutileza y frescuras que pueden acarrear el quiebre o la mezcolanza presentes hoy entre los poetas que, inclusive hace rato dejaron de ser adolescentes, a lo que voy es a la continuidad de una tradición por demás llena de momentos apoteósicos en la literatura puneña. A eso voy.
2.- Gato encerrado:
3.- Tratado del cielo:
Volteando la página, después de un aparente empecinamiento con esos vericuetos llamados neorromanticismo/postvanguardismo/transvanguardismo/hibridismo, transindigenismo y ludismo creo que podemos hablar de nuevas voces en el escenario poético de la nueva poesía puneña. Entre los autores que han lanzado el primer verso, pero en serio y con un libro también sensato, mencionaré a Carlos Mendoza (Ayaviri, 1990), su opera prima Cuerpo enamorado, (Grupo editorial Hijos de la lluvia, 2011, 64 pp.), es un texto donde el hablante poético usa un tono intuitivo, vislumbra su habilidad de discurso. En cierto sentido, Cuerpo enamorado, es un libro que se inclina por una senda lineal, de un punto de partida a una meta, pero como todo viaje en su camino hay pequeñas historias que quieren ser releídas: Niña, tú que acaricias el cielo con una sonrisa/y le das color a mi alma, /tú que sabes el itinerario de la inocencia/el camino de la verdad aprendida/adónde irán los versos de este poema,/ escritos bajo tu sombra, con tu recuerdo/ niña de bondades/esta noche/ quiero amar tu nombre. (I: p. 45)
La mayor cantidad de textos que componen Cuerpo enamorado se instalan en la vida que celebra el amor, la pasión, la poesía, la imaginación, las visiones, los sonidos abordados bajo un lenguaje mesurado, de estructura casi tradicional, aunque a veces alejada de quiebres lingüísticos o experimentos en ámbitos sintácticos. En este poemario, Mendoza retrata un tiempo que aún no concluye del todo en su propia vida. Una historia de melancolías, desgarros y exilio, donde el miedo, pero también el amor, se entrecruzan con la nostalgia perdida y la esperanza casi extinguiéndose en la esperanza: Dulce cristal / tus pupilas incandescentes / llorarías si se perdiera el hombre / que siempre te mira detrás de la ventana / y ligeramente a un lado de la tristeza. (III: p. 46)
Desde luego, el lenguaje anda estremecido por aquello que quiere contar, un temblor traducido en crear imágenes y enlazarlas con música, el alma de la poesía. A la vez que aparece otro mundo con el hablante poético, él se hace visible, se erige entonces un lenguaje cargado de imágenes, como un árbol y sus visibles y fulgentes productos. En última instancia, es parte del sentido de pintar otra tierra, hacer visible sus árboles, sus sombras y sus fulgures. En cada texto de este poemario se sigue atendiendo una realidad que reclama un paisaje interior que se puede ver desde fuera, versos con sensibilidades que nos hacen ir más allá de la mera comprensión intelectual, pues en sus páginas se evoca y recrea un singular estado de ánimo, se presenta un ambiente enrarecido a partir de lo inefable e invisible. Concretar esa sensación por medio del símbolo es parte del artificio de su traslación al testimonio, por tal razón, lo formal y lo temático se encuentra estremecido, sentido: Yo he sentido tus manos/una noche cálida de aplausos y luces /también tus ojos que se clavaban /en la desnudez de los míos /yo he sentido tu aliento muy de cerca /oxigenando mis sueños /y he sentido la ternura de tu ser /jugando conmigo. (V: p.47).
La evocación y la visión forman el estado natural de esta poesía, creo que defrauda a cualquiera que busque un referente inmediato. Pero esto no quiere decir que cancele lazos con la realidad más palpable, pues no hay división, hay un énfasis de unidad, afirmarse en un solo horizonte donde se le ha otorgado el valor justo a lo espiritual e intuitivo, al amor mismo: Tu cabello se desnuda al compás del viento,/ tu frente de nácar y ébano,/ tus ojos que guardan un universo misterioso,/ tus labios frutos de un jardín llamado cielo,/ tus manos llenas de inocencia,/ mujer echa de suspiros,/
ataré a tu forma sencilla este poema,/ y una mañana cualquiera/ descubrirás el porqué/ los animales no hablan/ pero sí escriben. (Anotaciones de tu cuerpo. p.12)
Carlos Mendoza sabe que la poesía hace pie en lo fundamental y fundante y que debe recobrar ese lenguaje original donde la aparente imprecisión o asociación insólita es vía para acercarnos a la otra orilla. En un mundo como el que vivimos, desganado y que lleva sobre su ánimo la sombra de un persistente pesar le hace bien esta miel y nos invita a leer y escribir la vida. Finalmente, Cuerpo enamorado supone, a la vez, un ahondamiento en el cosmos lírico y una estilización de sus rasgos más característicos: la búsqueda por querer perfilar un yo incierto, y acaso imposible, en una realidad sin otros hilos conductores que la poesía misma y la sensibilidad, allí se resuelve la poesía, creo que en estos poemas encendidos y disgregados, pero a la vez poseedores de una insólita cohesión, creo que con ellos empieza la vida del poeta Mendoza. Después estarán los conflictos del amor y la cotidianidad, encarnizados, se trabarán en una serie de combates cuyo resultado, siempre brillante, verá transformado el mundo y la vida de la poesía misma. Leer entonces la poesía de Carlos Mendoza no es sólo sentirse reconocido en lo que habla y canta el poeta; sino también es poder reconocernos, en cada poema, en cada verso y poder vislumbrar los diferentes sentimientos de amor, dolor, pérdida, soledad, traición, olvido. También es disfrutar de su estilo rápido, casi siempre corto y de su ritmo a golpes, aunque por momentos se torne más suave, que lo hacen todavía más profundo. En una siguiente publicación diremos que Mendoza ya no se detendrá a pensar sobre el tiempo que pasa y las verdades que llegan y que deja entrever detrás, su mano nerviosa, aunque lúcida, peculiar y complicada. Sabemos que en esto que en verdad es el infierno muchos son los invitados, pocos los elegidos: no hay líneas para tanta gente. Tres no pueden comer donde comen dos. Este, en verdad, es el infierno.
HUBO UN TIEMPO
Hubo un tiempo en el que me dedicaba a escribir tu nombre para salvarme.
Entonces criaba pájaros en mi memoria
y era el silencio y el vacío en los árboles,
era respirar el olvido a como dé lugar.
Hubo un tiempo,
entonces era una vana intención esta de querer suspender a la vez dos eternidades
para crear tantas palabras en los espejos vacíos
y los pájaros volando sobre mi cráneo desquiciado.
Tanta nada
hasta olvidarme completamente de tu nombre.
EN TUS OJOS NO HABÍA CANDELAS
Aún queda tiempo entre los candiles,
Aún queda tiempo
allí donde la muerte asoma como un fantasma,
allí abres tus ojos de mar que agoniza,
como si toda la vida hubieses llorado
bajo este mismo candil que se apaga.
En tus ojos no había candelas.
de Sol de ánimas de Patricia Gonzáles (Juliaca, 1978)
***
Ahora pasa una habitación con gestos que te abrazan como si llegáramos desde una lejura inolvidable. Busco un lugar en los parajes que ocupa mi soledad. Intento ceñirme en los tajos que se esconden como si no descansaran mis pesadas plumas de estero.
Todos los vacíos se veían en los espejos de la cortina como los recuerdos pegados en un mismo orden. Como si fuese un reflejo de las calles que nadie ha caminado hasta no ser nunca. Estoy en los colores de la noche.
Las dehesas de mi huerto son las noches que guardan nuestros huesos en un cementerio fuera de cualquier osario. Me siento a su lado para acompañarlas en estas noches misteriosas, para contarnos sin vernos en esa realidad que está en otro sitio. Cuántos caballos enmohecidos por la ceniza pasan por estos lares sin tiempo. Cuántos oídos nos abrirán la boca sin pronunciar ninguna oración.
Me despojaré del cuerpo blanco que tengo, luego echaré al fuego mi vida, lejos, en una liturgia terrenal de las noches. Sacaré las piras en la oscuridad de las cuevas, donde a todo hombre se le prohíbe acercarse.
Hallé una flor escurriendo colores en las rejillas de un velo. Y sé, cuando abres la puerta, simulando alguna presencia, sólo ves crecer la noche en las luces de la ciudad: y te dices por dentro: por qué de tantas horas solamente puedo escoger las noches en que se rezan las oraciones más desconocidas. Por qué pienso que alguien más se hará partícipe en esta comunión de velas que giran goteando racimos de hostia.
de Sínodo herbaje de Osman Alzawihiri (Azángaro, 1982)
***
HOTEL / TU RECUERDO DESHACIÉNDOME LENTAMENTE
Hotel. La
lluvia
ha desatado el arco iris sobre el viejo oriente.
Como el anterior invierno, la señorita tristeza se ha puesto a zurcir estas viejas tardes en que tú
me regalabas una luna tuberculosa.
¿Sabes? Sobre todo te extraño ahora, porque me he puesto más viejo que Freud.
Porque tu blusa aún desviste mi recuerdo.
Yo no sé decir estas cosas. Pero sé que en algún lugar la lluvia te hace llegar la humedad de mi corazón.
Y tú
Como la muchacha que esconde su sombra tibia mientras el cielo se traga los peces-
seguramente pensarás en mí como algo lejano, la chaqueta manchada de tus besos,
esperándote con un pedazo de sol.
Hotel.
Cinco de la tarde.
Sin duda, me haces falta. El piano olvidado. Tu recuerdo garabateado en el espejo.
Ahora por ejemplo, recuerdo aquellas noches en que atabas mis manos a tu cintura.
Por entonces yo te regalaba estrellas de mar, mientras tú descansabas y te comías mis sueños.
Y ahora,
sin duda, duermes lejos de mi cuerpo, seguramente comes de las estrellas recién cortadas.
Por ahora la distancia se ha comido el otoño.
El cigarrillo de estos crepúsculos enciende el olfato de la muerte, que viene a tocar mi puerta con su tarjeta de visitas.
Yo le digo adiós cordialmente como en veranos anteriores.
A tientas busco el pretexto de las mariposas para dibujar tu cuerpo.
Y siento a alguien detrás, no se quién (a lo mejor mi sombra) husmeando cerca y diciéndome que no volverás.
Yo creo que es la señorita muerte.
DIFÍCIL SETIEMBRE
Ahora que setiembre se aleja como una viejita dulce, tibia, lejana; a lo mejor te escriba postales con mariposas secretas.
Después de todo este picnic y sus veranos, te escribí este poco de mis absurdos dulces.
Sabes que me gustan tus ojos, sobre todo cuando descansan y desatan los peces de mis sueños.
Por eso y aquellas tantas cosas que debiera haberte dicho mientras garabateaba el amor en tu piel, déjame
Decirte:
Ven, guarda esta luna nueva que planté para ti. Ven, deja que guarde esta noche en tus bolsillos.
A pesar de todo, sé de tus ojos cazando las luciérnagas.
Sé de tu secta de palomas acuchillando los crepúsculos de Seúl.
Y ahora tú, mujer dulce de 19 años, ¿donde estás?
Difícil el tiempo para mis postales celestes.
Difícil setiembre para ir de picnic a la luna.
Ahora
Tan sólo
desearía a la muerte con sus ojos de bisonte.
Entonces fuera a verte
Nuevamente descubrir la desnudez de tus ojos.
Besarte. Tus ojos sujetándome.
Tú,
Señalándome el camino de la noche y otros tantos demonios.
Y decirte adiós como nadie supo.
de La canción del bufeo de Mijail Mercado (Azángaro, 1990)













