sábado, 23 de julio de 2011

CEREMONIA DE PREMIACIÓN PREMIO "HORACIO 2011"


Escritor puneño habla del microcuento, de su libro “Bosque de luciérnagas” y del premio que con él obtuvo.

Darwin Bedoya Bautista (1974) acaba de conseguir un importante galardón en el XX Concurso Nacional de Educación Horacio 2011: el primer puesto en la categoría de cuento. Nacido en Moquegua pero “reensamblado en Puno”, como le gusta bromear, Bedoya (que creció y se formó en Juliaca) es docente de literatura, narrador, crítico, editor, promotor cultural, panfletario temible (su estilo irreverente, lapidario y corrosivo alborotó varias veces el gallinero literario, indisponiéndole con gallos viejos y polluelos) y, sobre todo, un excelente poeta (tal vez uno de los tres mejores de la llamada “generación de fin de siglo”).



Ha publicado los poemarios “Jardines del silencio” (2004), “Yarume” (2006), “Leve ceniza” (2010), el libro de microcuentos “Aunque parezca mentira” (2007), entre otros. Y tiene el mérito de haber cosechado lauros en certámenes de primera categoría como el Concurso Nacional de Poesía Alberto Hidalgo (Arequipa) en 1998 y el Concurso Internacional de Poesía Ciudad de Torrevieja (Alicante, España) en el 2006.



“Bosque de luciérnagas” es el libro de microcuentos con el que Bedoya obtuvo este año el Horacio. Se trata de su tercer texto de prosa minificcional, pues, a parte de “Aunque parezca mentira”, tiene otro en prensa titulado “Electra machina”.


Horacio es un premio nacional instituido por la Derrama Magisterial en homenaje al líder sindical y poeta Horacio Zevallos Gámez, y dirigido a maestros del sector público. El concurso se convoca anualmente en las categorías de poesía, cuento, novela corta, ensayo pedagógico, pintura, etc.
Darwin Bedoya no es el primer escritor puneño en ganar un Horacio, antes que él lo hicieron los poetas Walter Paz y Luis Pacho. Asimismo este año los profesores Agustín Quispe Paco y Manuel Herencia Villasante, ambos de Puno, ocuparon el primer y segundo lugar respectivamente, en la modalidad de poesía.



He aquí una entrevista que el galardonado escritor nos concedió antes de enrumbarse a Lima donde el viernes 15 de julio, a horas 7:00 p. m., en el auditorio de la Derrama Magisterial, recibió el codiciado premio.

I. El cuento y la vida


Eres (re)conocido sobre todo como poeta, ¿de qué época data tu afición por escribir narrativa?


Esta es una pregunta recurrente que me hacen los amigos, los escritores que participan en los talleres de creación y los estudiantes en el colegio. Con seguridad te puedo decir que yo empecé escribiendo cuentos. (Mis primeros poemas tienen mucho de cuento, mis últimos poemas, por momentos se dejan ganar por la prosa poemática). Los cuentos han sido para mí una constante. Supongo que las culpables de ello son mi abuela y mi madre.

Casi todos los escritores andinos rememoran con nostalgia las mil y una historias que, cuando niños, les contaban sus madres o abuelas. ¿Ocurre lo mismo contigo?

Bueno, sí. Recuerdo que mi abuela nos reunía en la cocina de la Casa grande, así le llamábamos a su habitación, no me olvido que tenía una serie de cosas antiguas colgando de las paredes, algunas herraduras con parte de las patas de los caballos, algunas cabezas disecadas de venados, zorrinos, hurones. Algunas canastas con hierbas secas, algunos adornos tallados en madera. Algunos trozos de cadenas, algunos metros de sogas, baúles de cedro, algunos tejidos de vicuña, algunos ceramios, muchas estacas de todo tamaño esparcidas y colgadas en todo lugar, huesos de animales que hasta hoy me pregunto de qué habrán sido, etc. Todo como una escena de película; era bajo ese escenario que nos contaba historias sobre condenados, sobre sirenas, sobre cucos, sobre duendes, sobre bultos, sobre brujas, sobre encantamientos, sobre desapariciones; todo bajo la leve luz de un candil que daba la señal para acostarse porque la función había terminado.

Tu abuela parece un personaje de “Aunque parezca mentira”…

En realidad ella era la verdadera cuentista, quizá por ello también sea personaje de varios cuentos míos; inclusive, en algunos de ellos se puede percibir su voz, en esta cadena de sucesiones. Quiero apuntar también que la mayoría de personajes y escenarios pertenecen a Moquegua, que es el lugar donde me crié y pasé los primeros años de mi vida, mis primeros aprendizajes de cómo se narra un cuento. Ahora, el caso de los relatos que solía contarme mi madre es más intenso todavía, pero esa es otra historia.

II. El microcuento (o el abecedario de la hormiga)

En el 2007 publicaste tu primer libro de microcuentos, asimismo hiciste una antología universal de este, llamémosle así, subgénero, ¿qué es el microcuento y qué lo diferencia, a parte de la extensión (obvio), del cuento o la novela?


Creo que a estas alturas ya no se puede decir que el microcuento sea un subgénero, estamos hablando de un género cabal y completo, con todas sus particularidades y características. Tiene una textualidad autónoma. Creo que hace rato ha sobrepasado las fronteras mismas del cuento...

De acuerdo, ¿qué puedes decirnos entonces de este nuevo género?

Bueno, el microcuento es un texto pragmático, sus rasgos más elementales, los críticos lo han dicho: su carácter fragmentario, la transtextualidad, su rasgo híbrido y proteico, su sensibilidad neobarroca, su semblante sensual, su dimensión paródica, su detenimiento en la parábola, su lenguaje poético, sus alegorías fabulescas, su arranque de un final violento, etc. Creo que podríamos enumerar un sinfín de argumentos que lo distinguen de un cuento o una novela. Pero, especialmente quiero incidir en un aspecto que al menos yo considero: los microcuentos me permiten realizar actos lúdicos, me permiten construir metalepsis, lipogramas y tautogramas, además de ambigüedades semánticas que me permiten hacer trabajar al lector para que él mismo contribuya en la construcción del final de la historia, si la hay.
Quiero referirme brevemente a El lavapiés de la hormiga la antología que me dices, pasados creo 3 años desde que salió publicada. Ahora la van a reeditar por estos días en una revista electrónica de México, será un especial que saldrá en separata aparte como suplemento de una revista de literatura sobre microcuentos. Ya habrá tiempo para releerla.

¿Qué afinidades encuentras entre el microcuento y la poesía?


Sin duda, el rasgo más común entre ambos géneros es la orfebrería que hay con el uso de las palabras. Obviamente que aquí también debo recalcar el lenguaje poético que hace del microcuento un motivo muy literario. Ahora que reflexiono sobre esto, me doy cuenta que ese es un requisito muy necesario a la hora de escribir un cuento, claro, al menos para mí.

¿Quiénes son para ti los maestros universales del microcuento? ¿Figura por ventura algún peruano (o puneño) entre ellos?


Hay una lista larga de maestros en este género. Puneños ciertamente no hay. Pero sí varios peruanos, entre todos rescato a Fernando Iwasaki, el tipo es genial. Ahora entre los clásicos, podrían estar en esta lista: Augusto Monterroso, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan José Arreola, Juan Armando Epple, Ana María Shua, Lilian Elphick, Marco Denevi, etc. Desde el otro lado estarían: Cheever, Carver, Salinger, Tedson, McClay, Berry y el viejo cascarrabias: Hudson K. La lista podría seguir, hasta me gustaría citar los microcuentos que más me gustaron, pero ya habrá oportunidad.

III. Una excursión (nocturna) al bosque de las luciérnagas


“Bosque de luciérnagas” se llama el libro de microcuentos con el que te impusiste en el Horacio 2011. La luciérnaga es un símbolo recurrente en la poesía puneña de fin de siglo, ¿qué significa para ti?


Bueno, la luciérnaga, es verdad, ha sido motivo de detenimiento en varios poetas puneños, recuerdo a Gabriel Apaza y su duda de la luciérnaga, también me viene a la memoria otros poetas que la han mencionado en sus versos: Luis Pacho, Edwin Ticona, entre otros; en mi caso, la luciérnaga simboliza dos cosas: la luminosidad y el lado femenino, creo que con estos dos referentes armo la idea de la significación poética que asume en mis textos la luciérnaga. Recuerdo haber leído alguna vez un hayku (otro de mis platos favoritos) que decía: como la luciérnaga: buscamos una verdad que en nuestra ceguera se hace esperanza.

¿Cuál es el eje temático que da unidad a los microcuentos reunidos en “Bosque de luciérnagas”?


Mira, el eje temático es la revisión de la historia clásica que envolvió a ciertos personajes muy conocidos en el mundo literario. Este libro posee un conjunto de los personajes ya conocidos, todos son femeninos, 53 en total, desde Eva hasta Marilyn Monroe. Lo que hice fue transferirle otro asunto a lo ya conocido por todos. Remake le llaman a esto creo. Todos los textos están basados, como entenderás, en lo ya dicho por la Biblia, los clásicos griegos y los otros clásicos de siempre.

¿Cómo sitúas “Bosque de luciérnagas” con relación a “Electra machina” y “Aunque parezca mentira”, tus otros dos libros de prosa minificcional?


Aunque parezca mentira y Electra machina (este último inédito) son libros que se detienen o se concentran en el microcuento, es verdad, el tema es más variado y los personajes pertenecen a otro tipo de invención. Pero al fin, son elípticos y transficcionales, por ello es que no tienen diferencias mayores, claro aparte de los personajes y la extensión que los caracteriza. Algunos personajes como La Perricholi y Sarita Colonia, por ejemplo en Bosque de luciérnagas, un poco como que me ganaron, digo en el sentido de su bravía y su lado tierno. Fue un poco fácil, en cambio, trabajar con Liliah o Lolita.

IV. Premio / sorpresa

Algunos escritores se niegan a participar en concursos; otros lo hacen con una motivación “estrictamente económica”, ¿qué opinas de los galardones literarios?


Primero que nada, creo que los premios son un aliciente. Te permiten seguir escribiendo en el sentido de que al ser revisados por un jurado (tres o cuatro normalmente) recibes una opinión de alguien que no te conoce y cuando ganas, dices: Creo que voy más o menos. Y cuando no figuras ni en la lista de los finalistas, puedes decir con toda seguridad: algo anda mal en lo que escribo. Me valgo de los jurados, porque normalmente los amigos de tu entorno, porque te conocen, te dicen: eres genial. En otras ocasiones, de manera seria, te dicen: vas por el camino equivocado. Pero normalmente nunca te dicen la verdad. Ese creo que es el primer motivo de estar en esto de los concursos que, dicho sea de paso, a veces te ayudan para poder publicar un libro.

¿Y cuál sería tu segunda razón?

Creo que los concursos también te permiten ver cómo vas con respecto a los demás. En qué lugar de la marcha te ubicas. Claro que en la mayoría de veces no le ganas a nadie que quisieras ganarle. Finalmente, como habrás podido ver en mis cuatro libros anteriores (y aquí no quiero pecar de nada), todos tienen unas líneas que mencionan que obtuvo un reconocimiento en tal o cual certamen, supongo que eso ya se ha convertido en una costumbre para mí. Creo que en eso radica mi motivación.

Para terminar, ¿por qué no concursaste en la modalidad de poesía si ahí tenías iguales o mayores posibilidades de ganar?

En verdad no tenía material listo en poesía para participar en ese género. Sabes que uno no escribe para tal o cual concurso. Bosque de luciérnagas lo empecé hace 4 años y aún siento que no lo he terminado. He revisado, he releído y los 27 personajes que aún están en boceto conformarían el libro original de 80 microcuentos. Pero bueno, ojalá haya tiempo para trabajarlos más.
En el género de poesía, les tengo una sorpresa para el mes que viene. Será de infarto.

¿Puedes adelantarnos algo?

Se trata de un ajuste de cuentas con el verso: re-verso diría yo, es un libro que lo he venido escribiendo paralelamente con Bosque de luciérnagas, creo que vendría a ser su medio hermano, pero aquí voy por otra apuesta gruesa. Se llama: Manuscrito hallado entre unos huesos insepultos mientras los pájaros cantaban entre los sauces y la lluvia mojaba intensamente.

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La entrevista fue tomada del blog: http://yudiocruz.blogspot.com. Del crítico y estudioso de la literatura puneña Yudio Cruz. En las fotografías el poeta Darwin Bedoya junto a otros galardonados del Premio "Horacio 2011", todos ellos represetando a Puno.













miércoles, 6 de julio de 2011

Darwin Bedoya gana el Primer Premio en el Género de Cuento del XX Concurso Nacional de Educación "Horacio 2011"

Reescritura del origen

Walter L. Bedregal Paz

Creo que ya no es de extrañar. Era previsible, con un jurado conocedor de la buena literatura, Ricardo Gonzáles Vigil, el poeta Darwin Bedoya (Moquegua, 1974) acaba de obtener el Primer Premio Nacional de Educación HORACIO 2011 en el género de cuento. Era un premio que se venía venir. Este tercer libro de narrativa de Bedoya encarna la imagen femenina representada en diversos matices y perspectivas. La mujer como origen. La mujer, esa naturaleza para muchos ignota y refulgente. La mujer mítica. La mujer egregia. La mujer ficticia. La fatale femme. La mujer ama y señora del placer carnal. La mujer niña y madre fervorosa. La mujer, desde Eva hasta Marylin Monroe, ha sido y es un sueño imperdible, excelso, la razón para existir; el deshuesadero, el final y el comienzo del hombre.

Hay una desmedida ternura en las frases poéticas que componen este libro. La selección de personajes femeninos para ser reescritos es bastante abarcadora y compleja. Creo, sin lugar a dudas, que esta es una bella relectura con derroche de armonía intertextual, con el goce de una cadencia medida por la sapiencia de las historias leídas en otrora. Todo ello hace que este conjunto de textos breves tome fuerza, euritmia, eufonía, asuma un contenido pulcro a través de una mirada serena, palpitante y, a veces, viril. Técnicamente es un libro compacto, pulcramente infractor, cabal en el número de palabras y en el lenguaje que vuelve a acusar a un poeta escondido. Este es un libro equilibrado, sin palabras forzadas ni rebuscadas. Este es un remake, una colección de sueños escritos, un bosque de luciérnagas.

En exclusiva el autor nos ha facilitado uno de los 52 microcuentos que conforman su libro ganador Bosque de luciérnagas:

C u s i C o y l l u r

Creyó entender que sus jadeos interminables eran sólo gemidos de placer. Imaginó que su desesperación era parte de un asalto a su tranquilidad y nada más. Supuso que rasgaban sus partes íntimas hasta los topes del dolor. Comprendió que esos movimientos sobre su cuerpo eran solamente caricias y vaivenes de puro placer. Sintió que sus caderas se ensanchaban prematuramente. Su pecho palpitaba como si desde hace tiempo fuera ya una mujer. Concibió que llegaría a perder, irremediablemente, su virginidad. Pero él, Ollanta, seguía rasgándola, seguía enterrando en aquel hermoso y níveo cuerpo, sus besos amargos y gruesos. Continuaba besándola con sus eructos de coca verde y amarga. Seguía jadeando con imprecaciones duras, parecían onomatopeyas quechuas que ella entendía perfectamente.

Y al voltearla como un guiñapo sobre la mantilla hecha con fina lana de vicuña, seguía, con sus ásperas manos, aplastando los turgentes pechos de Cusi Coyllur. Hasta que el sudor llegó a gotear de su mentón y sus pómulos pronunciados y broncíneos. Sólo entonces él dio por terminada la faena. Y al fin, viéndola agotada, ensangrentada y sin sentido, se marchó del lugar.

Horas después llegaba hasta los aposentos de Pachacútec, para decirle que su encargo había sido cumplido exactamente como lo habían estipulado la noche anterior.

Darwin Bedoya (Perú, 1974). Poeta y narrador. Ha publicado los libros de poesía Jardines del silencio (1998), Yarume, primera edad del silencio (2004), Oscura ceremonia (2010), Mi padre ojos de caballo (2010), Leve ceniza (2010), Terminal terrestre (2011). En narrativa ha escrito los libros de cuento Aunque parezca mentira (2008) y, Es que hacías tanta falta (2009). Como compilador publicó las muestras de poesía Cifra poética (1998), Oquendo, boletín de poesía puneña. Ha sido miembro del consejo editorial de la revista de literatura Pez de oro, Editor de la revista de literatura La rama torcida, colaborador del boletín de letras y memoria El Katari, editor de la revista de poesía El aguafiestas y, editor del boletín de letras Présago. Tiene en preparación la muestra de poesía latinoamericana contemporánea Hijos de puta: 15 poetas latinoamericanos de hoy. También el libro de artículos literarios Perpetuum mobile: apuntes sobre 12 artefactos líricos, texto que conforma el quinto número de la colección Letras de la poesía latinoamericana. Además, tiene en prensa su libro de poesía Cuaderno de ceniza y el libro de microcuentos Electra machina, la mayoría publicados con el Grupo Editorial Hijos de la lluvia y LagOculto Editores.



lunes, 13 de junio de 2011

Conversación con Agustín Fernández Mallo

Pasada la fiebre Nocilla ha llegado el momento idóneo para valorar la obra de Agustín Fernández Mallo, un escritor que desde una absoluta independencia forja su camino ajeno al ruido que generan sus pasos.


Agustín Fernández Mallo (Foto: Alfaguara)


Cuando la cartelera cinematográfica nos anuncia un nuevo remake bajamos la cabeza, preocupados por la escasa imaginación de los directores. No aborden la lectura de El hacedor (de Borges), Remake (Alfaguara) desde la negatividad, es una pequeña joyita creada con minuciosidad artesanal que mezcla géneros, se divierte con la física, enlaza prosas, reparte poesía y regala al lector una magnífica oportunidad para la reflexión, ampliable con enlaces y un sinfín de posibilidades digitales que dan el libro otra valía al prolongarlo más allá de las páginas.

Pasadas las horas constato que me dejé muchas preguntas en el tintero. Elevaciones milimétricas del suelo en el aeropuerto. La fundación de la quiniela en el evangelio. La matemática de un código en Nueva York. El rastro de Anna en Lisca Bianca. Siempre repetimos ventana y la Calle Balmes nos ignora, completamente.

¿Cómo surge la idea de hacer un remake de El hacedor de Borges?

Leí El Hacedor de Borges con dieciocho o diecinueve años y me fascinó desde el principio. Narra desde elementos fríos, supuestamente poco literarios, como la matemática o la metafísica. Por aquel entonces ya veía que en las ciencias había una poesía, pero no sabía el modo de plasmarlo literariamente. Al leer el libro de Borges entendí que alguien ya lo había hecho. Eso me dio ánimos a intentar mi propia estética y mi propio camino. Pasó el tiempo, fui construyendo versos, la trilogía…




Y evidentemente tu remake tiene una estrecha relación con la trilogía Nocilla y todo tu trabajo anterior.

Por supuesto, todo esta ahí, obsesiones, temas. En 2004, entre la finalización de Nocilla Dream y el inicio de Nocilla Experience, vi que cada relectura de El hacedor me proponía en cada cuento nuevas historias, historias tangenciales a los cuentos, ideas que se disparaban solas…¿Por qué no iba a hacer un remake si me inspiraba tanto? Me lo tomé como un juego, un juego apasionado y serio.

Pero claro, al tomártelo así podías hacerlo con tiempo, sin plazos, construyendo el puzzle poco a poco.

Muy tranquilamente, estuve seis años. Lo terminé en diciembre de 2010 y ha sido un proceso muy satisfactorio. Quizá alguien piense que lo hice por crear algo raro, pero no, fue por el mero placer de investigar mi estética y como respuesta a un impulso creativo muy fuerte, muy intenso.

Releí El hacedor de Jorge Luis Borges hace poco y recordé sus constantes de pasado, permanencia y sueño. Supongo que usaste estos como excusas para desarrollar lo que querías plantear.

Según cómo se mire. Lo que hice fue coger en cada cuento la idea final que Borges me comunicaba, y a partir de la misma elaboraba mi propio cuento, un doble deformado en un espejo. Con los poemas operé de otra manera. Lo que me inspiraba el título determinaba la transformación.

En la parte de los poemas lo que resalta en relación a otros libros es que te desatas más con el humor y la experimentación a partir de las cosas.

Mucho más, y yo mismo me sorprendía, porque no soy tan dado en mis poemarios a poner un humor tan explícito, ni tampoco tiendo a ser tan visual. Suelo usar un humor más sintético.

Supongo que también influye el querer quitarle solemnidad al asunto.

Sí, con respeto. Por otra parte este experimento prueba que Borges es un escritor contemporáneo a nosotros, porque admite una relectura que vive, lo malo y triste sería que no nos inspirara nada.

Yo entiendo el remake como la evolución de la historia en función del tiempo transcurrido. No podías reescribir la obra basándote en el contexto de 1960.

Claro, es una adaptación a nuestra época, y reitero, hecho con respeto, yendo totalmente a mi aire, sin meterme con nadie.

Bien que haces.

Paso de navajas y estas cosas.

Lo pensaba antes. Estás apartado totalmente de discusiones y movidas varias, bastante absurdas.

Totalmente. Paso. Gastaría tanta energía y tanto tiempo en criticar a los demás para… ¿Para qué? Sigo mi camino y mi estética. Lo que voy a decir parecerá algo altivo, pero estoy convencido. Mi literatura no necesita para darse a conocer de ese tipo de aderezos de un escritor que se pasa el día hablando de los demás para destacar y ganar notoriedad.

Mejor que hablen los libros. Me parece surrealista toda la campaña creada para identificar a un grupo de escritores a partir de la trilogía Nocilla, sobre todo porque, pese a evidentes vínculos generacionales, al fin y al cabo tienes un camino muy propio y no te veo metido en políticas grupales.

Para nada. Tengo amigos como todo el mundo. Tengo un blog bastante leído y nunca he hablado mal de nadie ni de ningún libro. Ya lo dijiste. Sigo mi camino y es lo que he hecho aquí.


Detalle de una edición de "El hacedor" publicada por Alianza/Emecé


¿Consideras que El hacedor es una evolución en relación a obras anteriores?

Sí, no hay ningún tipo de ruptura con mi estilo y pensamiento. Están mis obsesiones de siempre. Por ejemplo, las ciencias. Cómo las ciencias pueden ser sublimadas y llegar a un elemento poético, sacando de quicio teorías científicas. Está el asunto del doble, del clon. Hay un cuento, Mutaciones, donde rehago la caminata de Robert Smithson y de este modo abordo también el arte conceptual y el Land Art.

Tus obsesiones resaltan más que en las Nocillas.

Mucho más. En parte El hacedor es un destilado de muchas cosas que hice antes.

Expones la física de manera lúdica.

Evidentemente. Date cuenta que en Mutaciones rehago la caminata de Smithson a través de Google Earth. La hice y era fascinante.

¿Sólo en Google Earth?

Sólo con Google Earth. Se me ponía la piel de gallina viendo esa calle, pensando que por ese punto pasó el tío, y aquí había… Fue una especie de búsqueda de la isla del tesoro. ¿ Qué es Google Earth sino un clon del mapa?

Además insistes mucho en la idea de cartografía antes de Google Earth.

Sí, y también, viéndolo desde otro punto de vista, es importante el laberinto. Veo Mutaciones como una redefinición del laberinto a través de una deriva en varios escenarios.

Y eso enlaza con Borges y su idea de la permanencia. Tú revisitas espacios buscando entender sus transformaciones.

Y en ése intento de entender surgen elementos poéticos.

La idea de captar la totalidad mediante objetos pequeños.

La epifanía o la microepifanía. Para mí es fundamental. Ver cómo un objeto común se revela como algo único. Eso es el acto poético en sí. De repente cogemos esta copa (ndlr: la que estaba en nuestra mesa) y alguien la mueve y la ve como nadie la ha visto hasta ahora. Como si un marciano bajase al Planeta Tierra y le preguntaran qué es esto. Seguramente diría un disparate. Ver la realidad como un extraterrestre recién aterrizado.

Tienes que ser ingenuo con la realidad.

Sí. Este libro lo he escrito con mucha ingenuidad, sin ninguna picardía.

Y eso da libertad porque no te ciñes a ninguna premisa que te limite.

Sí, y también hay otra cosa muy importante: el corazón, el amor, entendido en un sentido amplio. Cuando narras de cualquier cosa, como este azucarillo, tienes que estar en ese instante profundamente enamorado del azucarillo para penetrar en él, verlo, aprehenderlo.

Tratando estas epifanías no haces realismo puro, pero sí una forma de realismo.

Es sorprenderse.

Un realismo poético.

Sí, porque para la poesía ése giro que le das es real.

Pero en prosa no se estila en absoluto.

En prosa prima la acción, y francamente sólo me interesa la acción como complemento a algo, como un vehículo de narración, pero no me interesa en si misma.

Y en El hacedor la acción son los enlaces entre textos.

Eso es, pero ya es una acción que no depende tanto del tiempo, porque normalmente la acción presupone un verbo, alguien que hace algo. En la unión entre objetos el tiempo no interviene, es un tiempo topológico, no cronológico.

¿Me lo puedes concretar un poco más?

El tiempo del reloj no anima tanto mis historias y mi poética, lo hacen enlaces abstractos que puede haber entre diferentes objetos. Y esos enlaces se desarrollan en superficies reales o abstractas, a la manera matemática. Ahora mismo estoy trabajando mucho en la idea que en Internet prima mucho más el tiempo topológico, con los enlaces, que el cronológico.


Blind Pew, según el ilustrador N. C. Wyeth (D.P.)


En este sentido me sorprendió la dos versiones que haces de Blind Pew mediante su casi infinita traducción progresiva en Google Translator. Internet nos da la posibilidad de transformar el lenguaje de manera brutal.

Coges una herramienta que en principio es para apretar tornillos y con eso haces un objeto poético.

La primera versión es comprensible, la segunda es surrealista.

Sí, algo pasó por el camino (risas).

Es una pieza símbolo, quizá el colofón de la parte lírica del libro.

Para mí la pieza más redonda, es El arrepentimiento de Heráclito, no le sobra ni le falta nada. SMS y e-mails que la gente enviaba en las Torres Gemelas antes del atentado. Se compone de tres elementos: un título, un bloque y al final los mensajes. Con esa trilogía redefines el pensamiento occidental. ¿De qué se arrepiente Heráclito?

Y la parte lírica cierra el volumen, pero el libro tiene una continuidad en la red y en sus contenidos electrónicos, materiales que facilitan la comprensión de toda la idea.

Y están los vídeos que hice este verano en Buenos Aires, Montevideo y Nueva York, una experiencia fascinante.

El libro trasciende el propio libro, no abarca todo lo que una persona puede decir. No creo que desaparezca el libro tradicional, pero sí es necesario que exista la posibilidad de extenderlo fuera de la página.

Incluso te puedo decir que mientras hacía los vídeos y la música sentía como si trabajara con barro, con algo muy primitivo que está empezando. Podía haber encargado el material audiovisual, pero quería hacerlo con una cámara que me cupiera en el bolsillo, tocar las imágenes con mis manos, montarlas, soltarlas y ver como mi poética se iba creando a través de imágenes, aunque fueran de mala calidad. ¿Qué más me da trabajar con barro que con mármol?

Es básico expresar lo que deseas, sin trabas.

Y me permitía no salir del rectángulo de mi mesa de trabajo, la independencia del escritor haciendo cine y música.

Quizá, por la inclusión de nuevos materiales El hacedor tarde más en ser entendido plenamente. Hay mucha gente que aún no tiene, por ejemplo, tabletas electrónicas.

Pero no tengo culpa, ya he planteado mi proyecto literario. No sé si es el primero que se plantea con experimentos sonoros, vídeos y links a la red. Lo hice por inquietud.

Y ya lo hiciste antes.

Sí, hice el documental de sesenta minutos sobre el proyecto Nocilla, no hay intención alguna de épater le bourgeois.

Tardaste seis años en escribir El hacedor. ¿Qué proyectos barajas actualmente? Vas poco a poco pero juntas muchas cosas.

Tengo muchas cosas en marcha, pero, y siempre me pasa, no sé muy bien qué son. Estoy con un ensayo fuerte, duro, donde investigo las conexiones entre matemática y poesía. También tengo tres textos que aún no sé si serán novelas, cortas o muy largas. Finalmente estoy trabajando en un poemario que me tiene muy ilusionado, quiero editarlo el próximo año.

Siempre me hablas con más cariño de la poesía.

Claro, pero porque para mi en todo lo que hago ha de haber algo poético, porque de otro modo no tiene ningún valor.


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Tomado de:

Jordi Corominas i Julián
http://corominasijulian.blogspot.com

“El hacedor (de Borges), Remake”, de Agustín Fernández Mallo


El hacedor (de Borges), Remake.
Agustín Fernández Mallo
Alfaguara (Madrid, 2010)

Por Javier Moreno

Érase un argentino y un gallego… Parece el comienzo de un chiste. Pero no, no lo es, aunque no falte en este último libro de Agustín Fernández Mallo un sofisticado sentido del humor. Remake es un libro serio, un libro importante, quizás el más importante de este autor junto a Nocilla Dream, el comienzo de la saga Nocilla.

Dejemos de lado los poemas que constituyen la parte final del libro, de la mayoría de los cuales lo mejor que puede decirse es que son autocomplacientes; pasemos de largo ante algunos de los vídeos realizados por el propio autor –lastrados tal vez por un exceso de amateurismo- y que resultan una prolongación editorial y comercial del libro por otros medios (tecnológicos, en este caso). A pesar de todo estamos ante una obra espléndida y en ocasiones asombrosa. Resulta una tarea ímproba someter a parangón una obra como la del El hacedor, de Borges; más aún, una prueba que parece a priori abocada al ridículo. Agustín Fernández Mallo no sólo consigue superar la angustia de la influencia de la que hablara Bloom sino que, superada la efebía (en el fondo Bloom no deja de hablar de algo así como de una sodomía intelectual por parte del maestro hacia su discípulo), logra pergeñar un artefacto literario de dimensión artística considerable y del que el maestro argentino bien pudiera sentirse honrado.


Hay quien opina que lo mejor de Agustín está en este libro, algo con lo que sólo parcialmente puedo estar de acuerdo (mi observación acerca del apartado poético creo que deja clara mi disconformidad, más aún teniendo en cuenta la importancia que la poesía tiene en la escritura de este autor). Una vez salvada la objeción poética sí que es cierto que en las páginas de Remake se cifra la mejor prosa del autor gallego y, sobre todo, la materialización más palpable de su ideario estético (la fascinación por el pop, el apropiacionismo como canibalismo artístico, etc). Era previsible, incluso para aquellos que no gozasen de la intimidad del autor, que Borges formara parte de la lista de autores dilectos de Agustín Fernández Mallo. Ambos autores prescinden casi al cien por cien de lo biográfico en sus obras, ambos autores gustan de convertir sus textos en casas de citas –culturales- más o menos explícitas, ambos autores evitan todo discurso social o político para atenerse al mundo ideal de las formas y su deriva metafórica, ambos escritores tienen una concepción del tiempo sincrónica donde pasado, presente y futuro se entremezclan y confunden. Y, sobre todo, ambos son poetas. Demasiadas similitudes como para no tenerlas en cuenta. Agustín coge a Borges (entiéndase en todos los sentidos, incluso en el haroldbloomesco) y le da una pátina pop, sin restar misterio a los relatos del autor argentino. Agustín extrae de los objetos cotidianos e incluso netamente publicitarios un imprevisto halo siniestro. Fernández Mallo es un buen lector, no sólo de textos, sino también de imágenes e iconos culturales. Y este libro es en su sentido más amplio un libro visual, que desborda el ámbito filológico y en cuya lectura resultan imprescindibles los códigos del cine o de internet.

Podemos compartir o no la obsesión del autor por el arte pop, puede interesarnos más o menos la posmodernidad como sistema de coordenadas de producción artística. Lo que de ningún modo parece objetable es que relatos –o simplemente textos- como Una rosa amarilla, Diálogo de muertos o Mutaciones poseen una poesía y un encanto (encanto, sí, hermosa palabra) inconfundibles, que resulten una especie de paraíso (como decía Hilbert a propósito de la teoría de los números transfinitos de Cantor) al que no estamos dispuestos a renunciar.

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Tomado de: Javier Moreno
http://peripatetismos2.blogspot.com

El hacedor (de Borges), Remake

«Borges vive, se deja vivir, para que yo pueda seguir
tramando en él mi literatura.»

Armado de escritura lúdica y rigor poético, Agustín Fernández Mallo recrea el clásico borgiano con humor y altas dosis de sabiduría narrativa. Despliegue apócrifo, imaginativo y bizarro. Un libro cargado, como el original del que parte, de insospechadas significaciones.

Desde hallar una epifanía en una rebanada de pan, a imaginar el tiempo como un palimpsesto de elasticidad extrema, o sostener que los aeropuertos flotan a pocos milímetros del suelo, cualquier cosa puede caber en esta miscelánea que homenajea y reelabora El hacedor de Borges a medio siglo de su aparición.

Un volumen que despliega una poética apropiacionista con la voluntad de reescribir la obra de Borges y reconsiderar su legado en la Era de Internet. Más que un ejercicio de paralelismos, este remake subraya a Borges como el agente provocador de una ficción metafísica, y a Fernández Mallo como el escritor que convierte el tiempo, el espacio y la matemática en materia de legítima poesía y ficción.

Si sacar una obra de su contexto ya es crear algo nuevo, el narrador de este intencionado cruce de géneros (cuentos, ensayos, poemas y apuntes, bañados por la emoción lírica y lo conceptual) se muestra el topógrafo perfecto para cartografiar la nueva realidad desde el siglo xxi.

Ficha técnica:

Editorial: Alfaguara | Páginas: 180 | Publicación: 23/02/2009 | Género: Novela | Precio: 18,50 € | ISBN: 9788420407074

Críticas:

«Resulta indiscutible que su capacidad de generar estímulos y sugerir nuevos horizontes narrativos por página es apabullante.»

Antonio Lozano, Qué Leer


«Pocos narradores españoles pueden apoyarse en una poética tan coherente y explícita como la suya. Extraña y sensatamente descabellada, posee una fuerza transgresora que afecta a la naturaleza misma de lo que entendemos por novela.»

J. A. Masoliver Ródenas, Cultura/s, La Vanguardia


«Un disparo directo al corazón de la representación novelística tradicional. Una poética de la incertidumbre (como extraído de la física cuántica).»

J. Ernesto Ayala-Dip, Babelia, El País


«Lejos de acomodarse en su hallazgo, Fernández Mallo ha optado una vez más por el riesgo y la voluntad transgresora.»

Antonio J. Gil, Quimera


«Un auténtico desafío al establishment literario que, además, se deja leer muy bien.»

David Morán, Rockdelux


«Ha demostrado que al crear no hay material de deshecho. Se acercan cambios, y Fernández Mallo ayuda a conectarlos.»

Ricard Ruiz Garzón, El Periódico de Catalunya

'El hacedor (de Borges), Remake' (Agustín Fernández Mallo):

'El hacedor (de Borges), Remake' (Agustín Fernández Mallo):



Escribe: Clément Cadou
s.l.u. (Pablo Miravet Bergón)



Dos años después de que el escritor argentino Pablo Kachadjian ejecutara una cirugía aditiva en El Apeph consistente en siliconar el texto de Borges emboscando más de cinco mil palabras de cosecha propia en el relato original (El Aleph engordado, Buenos Aires, IAP, 2009), Agustín Fernández Mallo publica El hacedor (de Borges), Remake, otra intervención típicamente borgeana. Respetando escrupulosamente la estructura y la titulación de los relatos, fragmentos y poemas del texto que Borges diera a la imprenta en 1960, Fernández Mallo ha reconstruido por completo la obra homónima del escritor bonaerense con intenciones que parecen bascular entre el afán de rendir tributo al autor de Historia universal de la infamia y la no disimulada voluntad de realizar un aggiornamento del libro de Borges a la época en la que al presunto sujeto global high tech-mid class encastado en esa ilusoria neo-mesocracia teorizada por la sociología más ciega de las últimas décadas le es dado portar a Monica Vitti en el bolsillo y contemplarla en la pantalla del iPhone corriendo por la superficie de la isla en la que Michelangelo Antonioni filmó La aventura (cfr. El hacedor (de Borges), “Mutaciones”, pp. 58-99).

En el cierre de la sugestiva trilogía Nocilla, el dibujante Pere Joan plasmó la imagen de Fernández Mallo dialogando en la pista de una plataforma petrolífera con Enrique Vila-Matas en torno a la recurrente cuestión de la auto-inmolación simbólica del artista –“quería dejar de escribir, desaparecer”, dice Vila-Matas en una de las viñetas de Nocilla Lab (p. 172)–, una conversación ficticia que parecía sugerir que Fernández Mallo tenía poca cosa más que decir en el futuro. El desdeñoso silencio de Vila-Matas al verse retratado en el cómic y su reciente comentario –tan pertinente como mordaz– vertido en un artículo no por azar titulado “El brillo de lo auténtico” (“Viendo que entre nosotros se va poniendo de moda el engaño, el fraude artístico –el homenaje hispano tardío al Fake de Orson Wells, por ejemplo–, la poética trillada de lo heterónimo, el remake que traiciona el espíritu de lo imitado, lo cibernético como ilusoria acreditación de modernidad (…) uno termina por decidir que lo mejor será permanecer en lo auténtico que tiene todo camino propio”, Babelia, 26 de marzo de 2011, p. 14) invitan a pensar que Fernández Mallo ha elegido esta vez a un maestro muerto, Jorge Luis Borges, por la sencilla razón de que los cadáveres no pueden protestar. Hay que anotar, en descargo del escritor coruñés afincado en Mallorca, que el remake de El hacedor es un trabajo forjado en los últimos seis años cuya pausada e intermitente escritura no se ha visto condicionada por las consideraciones intempestivas del maestro vivo.

Dejando a un lado los comentarios dictados por el imperativo de la inmediatez, aproximaciones que, si nos atenemos a la etimología greco-latina del término –kríno, cernere, i. e., discernir, observar, distinguir–, poco tienen que ver con la crítica, me parece que tres malentendidos estrechamente relacionados recorren las reacciones que ha suscitado la publicación de El hacedor (de Borges) en nuestro medio literario. El primero –a saber, que Fernández Mallo ha hecho algo “nuevo”– no merece mayor comentario, siendo así que el remake, el cover, es un procedimiento que se pierde en la noche de los tiempos de la creación artística en general y de la producción literaria en particular. Tampoco hay, por cierto, nada propiamente nuevo en el resto de la obra del autor de la trilogía Nocilla. La justificación de este aserto reclama un ensayo aparte.

El segundo equívoco, exteriorizado en tono generalmente celebratorio y fundado consciente o inconscientemente en ideas como las que propone Bourriaud en Postproduction (Culture as screenplay: how art reprograms the world), descansa en la asunción de que el bricolaje, el sampling, el apropiacionismo y la depredación de materiales, motivos y elementos ordinarios, plebeyos y lowbrow, de piezas y referentes ajenos al todavía supuestamente aurásico territorio del Arte y, más específicamente, la incorporación de este tipo de material al texto literario –en El hacedor de Fernández Mallo tropezamos con un huevo Kinder Sopresa (p. 50) vinculado a la épica helénica; con el guante blanco de Michael Jackson metaforizado en el cursor de Google Maps (p. 61); con los fuertes de los muñequitos Playmobil equiparados a los cajones que contienen las muestras radiactivas de una central nuclear, homologados, a su vez, al cajón que halló Robert Smithson en su deriva de 1967 (p. 80); con un boli BIC tematizado como flecha del tiempo (ibid.); con una rebanada de pan que acoge ecos de Wittgenstein, Vico y Kant (p. 102) o con Ian Curtis oficiando de dandy baudeleriano de aeropuerto (p. 109)– expresa una voluntad de fractura y aun vehicula una fuerza “transgresora”. Con respecto a este punto, creo oportuno traer aquí el siguiente pasaje de un reciente texto de Alberto Santamaría sobre la naturalización del voyeurismo culto en el marco de la nostalgia por el posmodernismo: “la postproducción y su técnica de sampleado (también en su versión literaria hispana) no dejan de ser, como todo lo nostálgico, formas muy conservadoras en un doble sentido: por un lado, en cuanto que eliminan todo sentido crítico de lo usado y, por otra parte, como extensión de esta desactivación crítica, en tanto que tiene un desenfrenado interés por el éxito mercantil.”

Sentado, pues, que no hay nada transgresor bajo el sol de El hacedor (de Borges), Remake, sino más bien una amalgama de optimismo tecnológico y escepticismo político o, si se quiere, una fusión de tecno-progresismo y conservadurismo irónico cristalizada en las implícitas apologías de lo existente que Fernández Mallo disemina en el texto –los nuevos controles invasivos de los aeropuertos le “encantan” (p. 46); un Airbus “mejora más el mundo que toda la Historia de la literatura” (p. 51); los pesticidas son algo en lo que el autor-narrador “confía” (p. 74); o, en fin, la tierra vista desde el espacio es un objeto cursi y arcaico, “pasto de todo tipo de ecomitologías” (p. 120)–, el tercer equívoco que a mi juicio ha suscitado el lanzamiento al mercado de El hacedor (de Borges), Remake reenvía al pretendido conflicto de la última obra de Fernández Mallo con el imaginario establishment literario del que habla uno de los enfáticos blurbs del paratexto. Hace ya algunos años que la batalla por la hegemonía cultural en nuestro país se está decantando, no sin apoyos institucionales, a favor de propuestas ubicadas en la onda de la producción de Fernández Mallo. En este sentido, la idea de que este remake “desafía” al establishment literario parece altamente desacertada, si no insensata.

Nada nuevo, nada transgresor y ningún desafío. ¿Entonces? Entiendo que el estante que le corresponde a El hacedor (de Borges), Remake en la archivística cultural es la balda de lo arrebatadoramente ingenuo, es decir, el estante de la poética naïve, e incluso la casilla de lo camp entendido a la manera heterodoxa que Sontag propuso allá por 1964 en sus “Notas sobre lo camp” (Contra la interpretación): “La sensibilidad camp es aquella que está abierta a un doble sentido en que las cosas pueden ser tomadas. Pero no es ésta la construcción familiar dicotómica de un significado literal, por una parte, y un significado simbólico, por otra. Es, más bien, la diferencia entre la cosa en cuanto significa algo, cualquier cosa, y la cosa en cuanto puro artificio”. Aun dando por buena esta conjetura interpretativa –el naïve como hipótesis–, resulta difícil discernir si este remake de Borges se encuadra en una estética naïve digamos, sincera, o si estamos ante un overacted naïve, es decir, un naïve sobreactuado y, como tal, paródico y paradójicamente serio porque autoconsciente. Esta indefinición es tal vez uno de los principales atractivos del decepcionante último libro de Fernández Mallo, que repite la receta que le ha proporcionado éxito como trend-setter literario entre los segmentos lectores más modernos –no necesariamente más cultivados– de nuestro país, una fórmula acogida con entusiasmo epigonal por la chavalería enamorada de la moda juvenil que hoy dictan autores nacidos en los sesenta y los setenta.

Una vez más, el autor de Postpoesía exhibe su habilidad para compensar sus limitaciones como prosista –señaladamente, su lábil aliento narrativo, del que tal vez quiso redimirse en el derrame cortazariano-bernhardiano de Nocilla Lab– con emocionantes chispazos poéticos y seductoras cabriolas iconológicas que nos recuerdan que es el autor de dos hermosos libros (Creta lateral travelling y Carne de píxel) y que hay vida antes y más allá de su trilogía. De nuevo, hace gala de su humor lacónico, un sarcasmo gélido –pp. 37 y 153, entre otras– que dibujará alguna sonrisa en el rostro del lector, más allá de la irritación que pueda provocar la axiología subyacente a ese ludismo seco. Y, otra vez, muestra su acreditada pericia a la hora de poner en marcha la turbina de la imaginación para hallar nexos, vínculos y relaciones, una inclinación muy bien compadecida con lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello (El nuevo espíritu del capitalismo) denominan críticamente “las nuevas representaciones reticulares del mundo” o “el mundo conexionista”. Poco sugerentes resultan, en general y salvo excepciones puntuales, los poemas del último trecho del libro, especialmente si se cotejan estos textos con la poesía y la prosa poética que Fernández Mallo ha escrito en los últimos años. Queda añadir que la condición pop –dejemos para otra ocasión el juego de los prefijos–, de la que el autor de El hacedor (de Borges), Remake se reclama heredero –y que en su libro asocia a “lo totalmente visto” (p. 122) en contraste paradójico con la definición del pop sugerida por Eloy Fernández Porta (“el hallazgo casual de una verdad oculta en el corazón de un producto”)–, no se deja valorar desde parámetros que trasciendan su campo, dado que siempre resulta posible atribuir al receptor su incompetencia para comprender el sentido de la verdad oculta que a cada momento se le ocurra estipular al artista-emisor. Es, por tanto, al lector al que corresponde decidir si El hacedor (de Borges), Remake es una obra estimable o si conforma un capítulo más de esa metafísica de la ocurrencia banal y auto-blindada que, usando la expresión de Boris Groys (Sobre lo nuevo), queda tardíamente “museografiada” en nuestro medio a través de esta nueva repetición de un patrón estilístico exitoso.

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Publicado en Agitadoras. Revista Cultural, nº 23, mayo de 2011

domingo, 12 de junio de 2011

El Nobel, premio esquivo de Borges

Jorge Luis Borges y María Kodama

A 25 años de su muerte, aún no se entiende por qué no alcanzó el galardón. El próximo martes se cumple un aniversario más de su muerte. Aquí recordamos la gran injusticia de no ganar el más alto premio literario.

Gabriela Mayer. Cortesía DPA.

Mario Vargas Llosa, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, pudo romper el año pasado la larga espera y atribuirse el galardón que la Academia Sueca le negó sistemáticamente a Jorge Luis Borges. En sus primeras reacciones, el escritor peruano dijo sin rodeos: “Pues me da un poco de vergüenza recibir yo el Premio Nobel, no habiéndolo recibido Borges”.

Y es que a 25 años de la muerte del autor de El Aleph, sus méritos para acceder al máximo galardón de las letras “son tan universales y actuales, que para siempre el Nobel será el premio que se deslució al ignorar a Borges”, analiza el estudioso de la literatura latinoamericana contemporánea Julio Ortega.

“He sido, lo puedo contar ahora que dejé de serlo, uno de los críticos consultados por el premio. Y aunque el acuerdo era generalizado a favor de Borges, una y otra vez le fue denegado. Más ha perdido el Nobel que Borges”, afirma el peruano Ortega.

María Kodama, viuda del escritor, sostuvo que su marido no inscribió su nombre en la lista de ganadores por “cuestiones políticas”, pese a haber sido uno de los mejores autores del siglo XX. “Su forma de pensar no caía bien”, dijo Kodama hace un tiempo en España. “Era un hombre íntegro y no se dejaba llevar por la corriente, aunque esto le supusiera perder muchas cosas”.

Las razones para que Borges se quedara sin el galardón de la Academia Sueca fueron triviales, observa Ortega. “Porque habían premiado recientemente a otros escritores de lengua española, porque Borges había recibido una medalla de Pinochet, porque para algunos lectores Borges seguía siendo más europeo que latinoamericano, porque la diplomacia argentina ha solido ser muy poco borgiana, y, no hay que descartarlo, por mera ignorancia”.

También el escritor argentino Pablo de Santis estima que Borges perdió el Nobel al aceptar una condecoración del dictador chileno y por el discurso que entonces pronunció. “El escritor chileno Miguel Rojas Mix, autor de grandes ensayos sobre América Latina, me recordó en una ocasión la frase que Borges dijo en esa oportunidad: ‘Prefiero la clara espada a la furtiva dinamita‘“, indica De Santis.

Tras el anuncio de que sería el undécimo hispanohablante en quedarse con la máxima distinción a la que puede aspirar un literato, Vargas Llosa reflexionó en medio de su alegría: “Creo que es una ausencia (Borges) que ha sido muy justamente criticada. También la Academia Sueca se equivoca a veces”.

Y antes de llevarse el Nobel, Gabriel García Márquez comentaba en una nota periodística la infructuosa espera del asiduo candidato: “Borges es el escritor de más altos méritos artísticos en lengua castellana, y no pueden pretender que le excluyan, solo por piedad, de los pronósticos anuales”. “Lo malo es que el resultado final no depende del derecho propio del candidato, y ni siquiera de la justicia de los dioses, sino de la voluntad inescrutable de los miembros de la Academia Sueca”.
“Yo siempre seré el futuro Premio Nobel. Debe ser una tradición escandinava”, se resignaba Borges. El argentino Roberto Alifano, quien fuera secretario de Borges, cuenta a Dpa cómo vivía el escritor el anuncio del esquivo Nobel: “La noticia, cada año, cuando no se lo otorgaban, la recibía con una sonrisa y con una broma. Decía: ‘Está bien que no me lo den; no me lo merezco. Pero eso hace que muchos se sientan culpables y me otorguen otros premios‘“.

Los criterios de la Academia Sueca para decidir el galardón cambian según los jurados, indica Ortega. “En una época favorecían a los escritores de izquierda, porque representaban la resistencia de las sociedades sometidas por la violencia. O a escritores del bloque soviético, censurados y mal traducidos. En otra, favorecieron las voces del Tercer Mundo, para ensayar la inclusividad. Más recientemente, han optado por premiar a escritores de lenguas que no han tenido aún un Premio Nobel de Literatura. Es un premio, qué duda cabe, político hasta cuando no quiere serlo”.

El profesor afirma que el Nobel es más importante en español que en otras lenguas. “Es, como dijo Borges, un mito nórdico. Es remoto, más bien imprevisible, y tiende al patetismo”, concluye Ortega.

Entretanto, hasta que la Academia Sueca abra en unos cuantos años los archivos que arrojen luz sobre qué sucedió con la candidatura del escritor argentino, la única certeza es que Borges quedará para siempre como el Nobel que no fue.

Perfil

El escritor. Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y murió en Ginebra el 14 de junio de 1986.
El premio esquivo. Borges fue candidato al Nobel casi por 30 años. No le perdonaron sus posturas políticas.

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Tomado de: http://www.larepublica.pe/11-06-12

La Novela Perdida de Borges


La Novela Perdida de Borges

Pablo Paniagua

Editoria Indie*.

160 páginas. 2011.

100 pesos

Este libro despierta nuestro interés, pues en él se aborda y analiza, desde la irreverencia, la obra y figura del escritor argentino Jorge Luis Borges. La novela perdida de Borges supone, en cierta medida, un atentado contra la imagen de un escritor supuestamente bajo la marca de la genialidad y aceptado por la crítica como uno de los grandes de la literatura del siglo XX, un icono que, en este caso, es derribado junto con toda la tradición que representa.

La novela perdida de Borges, que está escrita en primera persona, se desdobla en dos voces que son en realidad la misma voz, más la de un erudito que, a manera de ensayo, disecciona las deficiencias narrativas del escritor argentino Jorge Luis Borges, para que paulatinamente la historia evolucione y se desarrolle, de forma prodigiosa, por medio de una dinámica fractal que afecta a las situaciones, los personajes, los símbolos y los experimentos con el lenguaje. La novela perdida de Borges, desde este punto de vista, es todo un acontecimiento: una obra de arte en sentido estricto, una novela fractal con múltiples guías de lectura, abierta y que tiende al infinito.

¿Por qué Jorge Luis Borges nunca escribió una novela? Esta pregunta es el origen de la presente obra, que, mezclando el ensayo y la ficción, nos arroja las respuestas y las razones psicológicas que se esconden detrás de dicha pregunta. La novela perdida de Borges, en su intención, viene a desmitificar al escritor argentino Jorge Luis Borges, cuando para llevar a cabo dicha tarea es indispensable superar la calidad literaria de quien, en este caso, es abatido del pedestal donde le tienen. He ahí la apuesta arriesgada de Pablo Paniagua.

sábado, 11 de junio de 2011

Bajo la piel, los días


Bajo la piel, los días
Eduardo Moga Calambur Madrid, 2010

Por: Andreu Navarra Ordoño

La lectura del nuevo libro de Eduardo Moga nos ofrece varias novedades. O quizás debería decir “innovaciones”, puesto que su formato viene a desafiar (como callando) varios estatutos nunca antes lo suficientemente discutidos. El primero de ellos es el propio vehículo de esta poesía: Moga ha escrito un diario, y no ha renunciado a la narratividad que es inherente a este género, mientras que, a la vez, ha escrito treinta poemas, sobreponiendo o fusionando las funciones de su discurso. Y el resultado es un texto donde la vida cotidiana, la crítica literaria, la propia reflexión sobre el escribir y el lirismo más salvaje, se mezclan en un libro que rezuma líquidos corporales y fuerza creadora.


Más heterodoxias. La inclusión de fragmentos poemáticos escritos por Sergio Gaspar en los poemas XXVI y XXVII desafía al concepto clásico de autor, pero también a la falsa noción no clásica o postmoderna (ya clásica o tópica o canónica) del concepto de autor. En otras palabras, Eduardo Moga evita caer en la escolástica de los debates al uso, y se limita a trabajar: a observar, a crear, a encarnar su dolor y su deseo en una prosa deslumbrante. Lo que no hay en el libro de Moga es el sistema de respetos en que ha derivado la radical estupidez de los debates literarios actuales (felizmente es un autor extracadémico). Moga puede reivindicar la escritura ortográfica y pulcra y malhablar de las idioteces post mientras glosa su amistad con Agustín Fernández Mallo. Moga puede presentar como clásicos a escritores tan desconocidos como Manuel Álvarez Ortega y Basilio Fernández, mientras nos confiesa que Jaime Gil de Biedma no es santo de su devoción. Y puede porque en su expresión poética es completamente libre, no se debe a nadie, y no pueden turbarla las pequeñeces doctrinales de nuestra triste edad.


Y ésta creo que es una de las enseñanzas (sí, sí, enseñanzas, ¿por qué no?) o lecciones de Bajo la piel, los días. Asistimos al autoanálisis despiadado de un hombre transido que husmea en sí mismo mientras realiza algunas actividades no libres, a través de la palabra poética. El enraizarse en el Ser Aquí Mismo resulta fundamental, puesto que genera el discurso y el vuelo de la especulación. Así, por ejemplo, el primer poema nace a partir de un paseo casual, el segundo, de una noche de insomnio, el tercero, de una experiencia sexual, el cuarto, de una tendinitis y una fístula anal… pero dejemos esto, pues empiezo a parecer uno de aquellos comentaristas bizcos de Joyce. Lo importante es dejar aquí consignado cómo la convivencia vulgar con objetos y situaciones cotidianas, como puede ser una sesión de gimnasio (poema XVI), arrastran tras de sí (y en diversos niveles internos o estatutos de autoría marcados por sucesivos corchetes y paréntesis) apasionadas floraciones de devoradora poesía.


Más sensaciones curiosas. El tono ha cambiado: ya no es el de ángel mutilado que se agita en el suelo, o en la pura mierda, en un vuelo virtual desesperado e imposible, la voz propia de El barro en la mirada o Ángel mortal, sino el tono de un animal más parecido al reptil que se arrastra con una linterna en la mano, e irrumpe en su propia casa, en sus propias cosas, en su propio cuerpo, y en lugar de dirigir su chorro de luz hacia el cielo lo enfrenta a un volumen de derecho civil, o al teclado de su ordenador, a los guantes de una enfermera, o a unas braguitas. El tono es el de un husmeador impudoroso que lo desnuda todo, cuando el todo es un sí mismo. El tono es el de un secuestrador que trata de raptar a su propia familia para amarla y entenderla.


El autor en ningún momento renuncia a ser quevedesco, creo que en algunos pasajes palpita el gusto por ser barroco y demostrar el dominio valleinclanesco de la pura plástica. Así, por ejemplo, el episodio donde se describe a un vagabundo norteamericano (poema XV), o el lezamiano inicio del poema XXI.


Moga ha querido ser confesional. Ha querido hacer que estallen ante nuestra frente, y se llenen de color y fuego, sus lecturas juveniles, sus masturbaciones (pero no pajas mentales, sino sus pajas reales, sus pajas del pene), sus sensaciones ante el progresivo arruinarse del cuerpo. Ha querido ser clínico y tierno, cuidadoso y satírico, superficial y denso, lógico y paradójico, quirúrgico y lírico, y por eso su libro puede considerarse una obra total cuyas conclusiones podrían ser: “El poema me afirma, aunque yo quiera negarme”, o bien “Mientras pedaleo, veo un programa para sordos, pero, como nunca traigo auriculares, no lo oigo”. Lecciones que provienen del puro vivir como un incendio que piensa.

viernes, 10 de junio de 2011

De camino a Oku y otros diarios de viaje,


De camino a Oku
y otros diarios de viaje,

Matsuo Bashō
(Versión de Jesús Aguado)




Matsuo Bashō nació en Ueno, población cercana a Kyōto, en el año 1644. Después de un breve período al servicio de un samurai de alto rango, desde 1666 inicia una vida de estudio (budismo zen, poesía, filosofía, caligrafía), de vida retirada y de vagabundeo que acabarían convirtiéndole en el gran renovador del haiku y en uno de los más importantes escritores de la literatura universal. Dejó más de dos mil haikus, cuatro diarios de viaje y decenas de textos de distinta naturaleza.


***
Bashō, para muchos el escritor más importante de la literatura japonesa, se pasó buena parte de sus cincuenta años de existencia caminando sin apenas descanso y trenzando, con el hilo refinadísimamente basto de sus palabras, con sus sandalias de paja, con la rama en la que se apoyaba y con el amplio sombrero cónico de tiras de cedro, todos productos manuales que intentaba fabricarse él mismo, los retales de una Palabra desperdigada y olvidada por el mundo. Un acto de la máxima trascendencia al que Bashō se empeñó, desde su vida y desde su obra, y no por falsa humildad sino por hondísima sencillez (la de los arroyos que cruzaba, la de las cumbres que escalaba, la de las posadas en las que se alojaba o la de las cabañas con goteras, chinches o ratas en las que se retiraba del mundo, la de los versos que escandía y luego dejaba colgados de los aleros de las cabañas como ropa puesta a secar o grabados con tizones sobre muros y rocas), en calificar de intrascendente, de menor, de pasajero, de irrelevante y de asocial. Y mientras caminaba, un hombre débil y achacoso pero lleno de luz que se desplazaba por un Japón agreste y peligroso, fue recogiendo sus impresiones en los cuatro diarios, sólo uno de los cuales (De camino a Oku) había sido vertido hasta la fecha al castellano, las decenas de haikus y los distintos textos complementarios que recogen esta edición, completada, además, con una cronología de Bashō, más de cien notas y un prólogo explicativo.



ALGUNOS FRAGMENTOS DE LOS DIARIOS

Dentro de este cuerpo perecedero, compuesto de cien huesos y nueve orificios, reside un espíritu que, a falta de una imagen más adecuada, podemos pensar como si fuera algo parecido a un soplo de viento. Como una delicada pieza de tela, la más ligera brisa se lo lleva por los aires. Fue esto lo que, hace ya muchos años, me llevó a escribir poesía, al principio sólo por el placer de hacerlo, aunque más adelante acabó convirtiéndose en mi forma de vida. En muchas ocasiones el resultado de mi dedicación era tan decepcionante que pensaba seriamente en dejar de escribir; en otras, por el contrario, me envanecía tanto por los logros conseguidos que sólo me preocupaba de exhibirlos como victorias ante los demás. Desde que empecé a dedicarme a la poesía cada verso que he escrito ha surgido en medio de un mar de dudas de distina naturaleza. Este espíritu poético unas veces me invitaba a probar las seguridades que ofrece entrar al servicio de una corte y otras veces me sugería que completara mi formación y me convirtiera en un erudito para librar a mis poemas de mi ignorancia. Pero lo que más me pedía, que es lo que hice, era entregarme a la poesía sin más, un arte que no admite componendas y que, por el contrario, sí que exige mucho amor y tenacidad.

(Diario de mi mochila)

松尾 芭蕉

Qué fácil es darse cuenta de que llueve al amanecer y que al atardecer luce el sol, que un pino sobresale, en un lugar determinado, del resto de los árboles, o anotar el nombre del recodo de un río. Esto es lo que el común de las personas escribe en sus diarios de viaje, es decir, nada distinto de lo que los ojos más sencillos puedan darse cuenta por sí mismos sin que nadie les ayude con sus comentarios. Los lectores de mi diario, por su parte, encontrarán entre estas páginas una variopinta selección de lo que me ha ido conmoviendo a medida que avanzaba por el camino, tales como una casa aislada en las montañas o una posada solitaria rodeada de brezos. Lo que he intentado ha sido proponerles interesantes temas de conversación y serles útil en caso de que alguno de ellos se animara a hacer este mismo trayecto. Pero quizá no lo haya conseguido y estas notas, en realidad, no alcancen a ser sino las chifladuras de un borracho o los balbuceos de un durmiente, en cuyo caso invito a mis lectores a que las tomen indulgentemente como tales.

(Diario de mi mochila)

松尾 芭蕉

En el lugar donde se bifurcaba el río, en Fukagawa, viví solo y pobre en una choza de paja. Desde ella pasaba mi tiempo contemplando los lejanos picos nevados del monte Fuji y el paso de barcos procedentes de tierras muy distantes. Al amanecer me ensimismaba con la blanca estela de los barcos que partían. Al atardecer, con el sueño del viento que atravesaba los juncos marchitos. Sentado bajo la luz de la luna, me lamento por mi falta de vino y, cuando me acuesto, por la delgadez de mi manta:

Escucho remos
tiritando en mi choza.
Noche de lágrimas.

(Palabras en una noche fría)

松尾 芭蕉

En los momentos de ocio, apoyo mi codo en ella y, olvidándome de mí y respirando profundamente, cultivo mi paz interior. Cuando estoy tranquilo abro un libro sobre ella y me sumergo en el espíritu de los sabios de la antigüedad. Si estoy inspirado, tomo el pincel e intento ser un digno discípulo de Wang Xizi y Huai Su. Es por esto que esta mesa tan bien hecha, y que mide ocho pulgadas de alto y dos pies de ancho, parece una única cosa pero es en realidad tres. En dos de sus patas hay grabados los trigramas que representan el Cielo y la Tierra, que me hacen meditar sobre las virtudes del dragón escondido y la yegua, que nunca sé si existen por separado o pertenecen a un mismo principio.

(En alabanza de mi mesa)

松尾 芭蕉

Siendo mi vida tan apartada, pues nadie traspasa la puerta de mi choza de hierba, y mordiéndome tanto la soledad cuando el viento del otoño sopla a través de ella, le pido prestada la espada a Myōkan y, emulando la destreza del cortador de bambú, la uso para cortar uno, doblarlo y nombrarme «Anciano Sombrerero». Pero, dado que, en realidad, no conozco la técnica de este oficio, me paso todo un día intentando sin éxito hacerme un sombrero. Después de fracasar varias veces consecutivas quedo completamente agotado y descorazonado. Demasiadas mañanas extendiendo el papel sobre el bambú; demasiadas tardes, una vez que se ha secado, añadiendo más papel. Y luego venga teñir el papel con zumo de caqui y endurecerlo con laca. Hasta que no han pasado veinte días no he conseguido terminarlo. El borde del sombrero, como si fuera una hoja de loto medio abierta, se dobla primero hacia dentro y luego hacia fuera. Prefiero esta forma irregular que las perfectas que venden los artesanos profesionales. ¿Es éste el sombrero de la soledad al que se refiriera Saigyō o el que llevara Su el Viejo bajo la nieve? Es posible que me anime a viajar para contemplar el rocío sobre la llanura Miyagi o para sentir cómo mi bastón se hunde en la nieve bajo el cielo de Wu. Protegiéndome del granizo o resguardándome de las lluvias invernales, este sombrero fiel me acompañará por los caminos. De repente tengo muchas ganas de volver a quedar empapado por la lluvia de Sōgi. Así que cojo mi pincel y anoto lo que sigue dentro de mi sombrero:

Mundo de lluvia.
En esta vida estamos
sólo de paso.

(Hacer un sombrero)

松尾 芭蕉


De camino a Oku y otros diarios de viaje
Bashō
Versión de Jesús Aguado
160 páginas
15 euros
Colección poesía, 141