De todo lo que el hombre ha escrito, yo sólo amo aquello que él ha escrito con su propia sangre. Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu.

Freidrich Nietzche

Publicación en Honor al Cristo Blanco, Señor de Huayna Roque, de la ciudad de los vientos, Juliaca


Cristo Blanco Señor de Huayna Roque
Jorge E. Benavente Llerena
Publicación Especial
Grupo Editorial "Hijos de la lluvia"
pp. 48, mayo 2011
Juliaca - Perú

El Grupo Editorial "Hijos de la lluvia" con gran satisfacción publicó para los días de fe católica, - 03 mayo - en la cual se festejan las tradicionales "Fiestas de las cruces" en el altiplano nuestro, un libro de historia fundamental. Luego de ardua investigación el Prof. Jorge E. Benavente Llerena (hijo del otrora poeta juliaqueño Vicente Benavente Calla y de doña Angélica Llerena), nos presentó el libro Cristo Blanco Señor de Huayna Roque, que fue en su totalidad auspiciado por el nuevo mecenas de la Cultura juliaqueña, el señor Edgar Sullca Huaquisto, esposa e hijos, Alferado 2011 del Cristo Blanco Señor de Huayna Roque. En el libro podrán encontrar la verdadera historia de la construcción de la que fue la 3ra. efigie construida de nuestro redentor (luego del Cristo de Corcobado en Brasil y del Cristo Blanco de la ciudad imperial del Cusco), un libro, en la que se recrea junto a diversas fotografías su edificación hace 24 años, textos de importantísimos y destacados hombres de letras. Rescatamos a continuación el texto del poeta Vicente Benavente (proporcionado por la familia Benavente Llerena, que estuvo inédito, y que gentilmente facilitaron para esta edición especial).

El guardián de las nubes del cielo y la tierra *

No sé por qué los primeros días de mayo traen a mi memoria aquellos días ventisqueros de mi niñez, aquellos en que una vez pasadas las fiestas de Las Cruces, Juliaca entraba en un periodo de hibernación.

En aquel silencio se podía escuchar el paso de los trenes, que muchas veces nos servían de reloj, el sonar de las campanas de la parroquia Santa Catalina y de su torre hermana de La Merced , donde los bellísimos ocasos del sol radiante dejaba a las palomas y pájaros en los atardeceres revolotear junto a la brisa andina que acababa llenándolo todo, mientras se mezclaba el olor efusivo de los keñuales en el campo, donde sus ramas dan sombra para sentarse en la hierba a pensar en Dios. Entonces una a una caían las palabras como copos de nieve.

De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más inquietante ha sido convencerme de que la especie menos frecuente sobre la tierra es la de los hombres veraces. Yo he buscado en torno a mi andar, con mirada suplicante y de desolado, los hombres a quien importase la verdad y apenas he hallado pocos. Los busqué en todas partes, entre todos los seres humanos. Por qué los busqué, simplemente porque un alma necesita respirar almas afines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almas veraces.

El hombre del altiplano poco soñador, escasamente delicado en su trato algo introvertido, íntimamente ligado a la naturaleza, pues fusiona su sentimiento, su acción y pensamiento a ella, tienen una noción práctica de su acontecer y de su cosmología, él ignora que materia y energía son intercambiables, están acostumbrados a la soledad cotidiana frente o junto a los imponentes cerros o nevados y en algunos casos sus respetados Apus. El hombre del altiplano percibe su amparado por seres sobrenaturales con quienes hasta en ocasiones puede dialogar, lo que para el extraño que lo observa pareciera un monólogo con Pacha o Dios invisible que está en todas partes y en todo tiempo; he ahí la fusión religiosa de lo andino con la occidental. Porque aquel ser casi siempre taciturno, que tiene por amigo inseparable a la hoja de coca con la que mitiga su hambre y sus penas, es resistente como él solo, pues es capaz de soportar las inclemencias temporales, torrenciales lluvias o el sofocante calor del mediodía. Algunos de esos hombres hoy elevan sus oraciones conforme a ciertas reglas religiosas, trasmitidas de generación a generación en prácticas misteriosas y ritos silenciosos.

Nuestro pueblo no siempre tuvo la relativa relevancia que hoy tiene en sus manifestaciones religiosas del mes de mayo. El centro de su devoción, como ahora, fue desde luego la hermosísima y venerada imagen de la Virgen de las Mercedes, alrededor de ella giraba la sencillez y austeridad de su fiesta en el mes de setiembre.

De aquel verso Juliaca mi madre tierra, obra gigante y extraña de fríos, vientos y lluvia… quedó por desagregar una de las características más sorprendentes y benefactoras de la ciudad de los vientos, desde una perspectiva cultural e histórica. Su geografía altipampina y cómplice a faldas del pedregoso y secular cerro Huayna Roque, semeja un espejo de la secular y benéfica costumbre del ser humano por trasuntar y peregrinar hasta encontrar el Paraíso y generar, pese a todos los tradicionales y modernos obstáculos, una nueva aventura de vida, de la mano de nuestro redentor: El Cristo Blanco. Actualmente la hermandad del Cristo Blanco, señor de Huayna Roque de Juliaca, que le rinde culto a esta hermosa imagen, radica canónicamente a la fe de sus feligreses, y como es lógico se limita a los fines y cultos de sus reglas y entre ellas, venerarlo solemnemente el 3 de mayo de cada año con su respectivo alferado, responsable de toda una devota reminiscencia.

Por ello tengo que reconocer y agradecer a los hombres cuyos espíritus fueron iluminados, entre ellos al Dr. Ricardo Maraza, al Ing. Tomas Solórzano Huacasi, al Sr Celestino Chalco, al Sr. Hipólito Quispeluza Pacheco, al Prof. Narciso Borda Ccalla, al T. .C. (EP) Rolando Andrés Tejada Mansilla; entre otros hombres de fe; para que en la madrugada de aquel 3 de mayo de 1987, el bendito nazareno con sus manos abiertas de par en par, como un padre abre las manos para abrazar a sus hijos, con su corazón enfervorizado, ya no seguirá penitencia, como nos enseñaron en las santas escrituras, desde el sermón de Pasión, hasta el calvario; sino porque desde ese día sería venerado por el resto de los días en la cumbre del cerro que lleva su nombre en una efigie denominada Cristo Blanco, señor de Huayna Roque; tengo que coincidir con la elegía que leí de mi hermano, el poeta consagrado José Parada Manrique, cuando hay que destacar que la imagen del santísimo Cristo Blanco… es una maravillosa plasmación de arte escultórico, un logro total en cuanto a perfección del rostro se refiere resaltando en él los bellísimos ojos increíblemente expresivos… no queda duda que es de una relevante calidad escultórica, hecha por manos de artistas iluminados, hombres de espíritu humano.

Por ello siento que Juliaca junto a su Cristo Blanco, forman parte ya de mi propia biografía de poeta, lo que implica un compromiso con el señor, con sus adeptos, y con todo tipo de poblador, y me reúne con esta confesión de reconocimiento a sus costumbres y tradiciones. Y con una declaración a la vida religiosa que se dibuja y extiende desde aquí, desde el cerro Huayna Roque al horizonte, con la fe de la generosidad y de ganas del mejor de los futuros. Hablando de Juliaca y del Cristo Blanco, no sólo estaremos expresando con pasión un deseo de solvencia para ese mismo futuro, sino una necesidad de reconocimiento. No obstante, espero y deseo que se conserven las sanas raíces litúrgicas en las familias y que aquellos idílicos otoños de ayer, sean preludio de unas futuras y exuberantes primaveras. A hombres y mujeres de tan rara índole se dirige este mensaje, escrito en voz baja.

Juliaca, 02 de mayo de 1999.

Vicente Benavente Calla


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