De todo lo que el hombre ha escrito, yo sólo amo aquello que él ha escrito con su propia sangre. Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu.

Freidrich Nietzche

EFRAÍN MIRANDA: Mito y oscuridad de la choza del indio


Hundida su delirante existencia en una antigua casa de Yanahuara, Efraín Miranda Luján (Puno 1925) poeta, amauta, indio solitario como un matojo de ichu, posiblemente sigue meditando desde su orgullosa condición en los primeros años vividos en Azángaro y Sicuani, la juvenil estancia en Arequipa y el largo y solitario camino hasta la poesía.

La choza del indio
Antes de que se publicara Choza (1978) —segundo libro del poeta puneño y con el cual se descubre entre el amasijo de palabras, imágenes y metáforas ciertamente a un indio— Efraín Miranda pertenecía ya al viejo canon de la poesía peruana. A él lo introdujo Muerte Cercana (1954) poemario de notables rizos rilkeanos, lecho de papel para una poesía transparente, llena de vitalidad y ritmos únicos que develan a un joven de sensibilidad precoz y extraordinaria. Lo introduce humildemente el alto y descarnado Sebastián Salazar Bondy quien le brinda todo su apoyo y escribe el prólogo para este primer libro. Es parte del canon porque su lira es reconocible dentro del espectro de la más rica generación de poetas del Perú: la generaron del 50. Con Muerte Cercana el canto sencillo se trasmuta en vida. Es romántico en el sentido más amplio y su duda ante la muerte comparable a la de Walt Whitman, es puro como Westphalen, Eielson o cualquier vate de esa célebre generación. Lo demuestran sus versos libres de todo artilugio “y ante la vista de los hombres te llevo,/ a ti , que por falta de creencia no has nacido/ pero yo te interno en la existencia” de tal forma, a esa rara existencia se interna él mismo, se hunde, se sumerge y dice “Enfermo en la tierra,/ deseo vivir en el agua”. No es una queja, es la ceremonia de un estado, de una condición a la cual se ingresa y difícilmente se escapa, la condición metafísica e inútil de la poesía.

Hasta la publicación del siguiente libro hay un lapso de 24 años de los cuales gran parte los vive autoexiliado en un pueblo de la sierra puneña llamado Jacha-Huinchoca. La experiencia como maestro de escuela en esta comunidad marcará este segundo título que como dice Ernesto More, “…es indio”. Se trata pues de un texto que no apela a la tradición indigenista, es decir, a esa heterogeneidad manifiesta en el uso de una voz que no le pertenece a quien la enuncia. Casos hay como los de Ciro Alegría o Enrique López Albújar que no perteneciendo de ninguna manera al universo andino su literatura utiliza ese espacio cultural con total normalidad y hasta con destreza. El caso de Efraín Miranda es distinto, pues en él hay un claro registro de la plena conjunción y matrimonio de la cosmovisión andina con y en el poeta. More lo dice con todas sus letras “No es producto de la simpatía o amor al indio; es la respiración misma del indio. ¡Y que respiración!” Los poemas son notables, telúricos y escarpados como el propio ande, nacen de una necesidad básica, que es representar eso que ve y siente el poeta a diario, que nace de la tierra y repta por su cuerpo hasta llegar al alma. Se trata de un cronista que no habla desde fuera, como los cronistas hispanos, sino desde el epicentro mismo de la cultura. “Entre cerro y pampa está mi choza—,/ para millones de años./ Mi pueblo la ha proyectado,/ mi pueblo la ha edificado,/ mi pueblo la ha investido/ y mi pueblo le ha dado su nombre”. De esta manera se construye el discurso como un espacio vital que esta vez no estará entroncado con ningún canon. La ciudad y su nociva existencia han quedado lejos, sepulta tras cada poema que es un canto a la identidad y sensibilidad indígena del poeta. Allí está el refugio, la choza del indio.

Del mito y la oscuridad
Cada cuánto aparece en las letras nacionales un poeta de esta estirpe, cada cuánto un poema tiene un autentico olor a tierra húmeda y a trabajo aymara, cada cuánto se construye una choza a la cual parece que nadie visita. Esta última ha sido la actitud de la crítica. La limeña ha creado anticuerpos para todo aquel que hable sobre el indio más que como una peculiar roca puesta como adorno en la naturaleza, se ha negado a reconocer el impulso de una cultura, porque la suya, la letrada, la amurallada, tiene mucho más valor intrínseco que cualquier otra. A esa crítica le apesta el olor de la coca masticada, le es sucio el poncho y el chullo con que se protege el indio del frío. Por otro lado la crítica local es débil, casi paralítica, ausente la mayoría de veces y copiona de la capital las otras. Intentos ha habido de revalorar al personaje, intentos como el hecho por Gonzalo Espino, José Gabriel Valdivia, Mauro Mamani, entre otros, quienes organizaron el año pasado un congreso para discutir la importancia de Efraín Miranda en la poesía peruana del siglo XX, pero no basta, no bastarán las antologías y los estudios si es que el poeta no está en la lectura y en la memoria de nosotros.
Efraín Miranda, mítico por su posición y su arte vive aún en la oscuridad de su pequeño cuarto que alberga los folios de nuevos libros. Su voz aguda retumba en el oscuro espacio donde repite que él es un indio. Y nosotros le hemos creído porque se siente en cada poema y gesto suyo el palpitar del ande. Suya es la oscuridad y el mito, porque a falta de uno somos los jóvenes los llamados a crearle otro. (AZH)

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Tomado de:http://prurito-de-pueta.blogspot.com/5/28/2009.

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