miércoles, 12 de noviembre de 2008

Víctor Humareda...


Por: Alberto Mosquera Moquillaza


La Parada y alrededores, en el distrito de la Victoria, —otro de los grandes espacios surrealistas de Lima— fue el hábitat de Víctor Humareda, el desaparecido pintor puneño quien desde 1952 hasta 1986, año de su muerte, vivió en el Hotel Lima (cuarto 283), entre 28 de Julio y Aviación, a escasas cuadras del jirón Huatica, avenida Grau, México y Floral, barrios de putas, proxenetas y malandrines de todo tipo. En esos ambientes, devaluados y satanizados por la cucufatería e hipocresía limeñas, Humareda va a encontrar la fuerza, la alegría y la motivación para pintar el lado oscuro de la ciudad: mendigos, locos, ropavejeros, prostitutas, como lo hiciera con los tugurios del Rímac, Barrios Altos y San Cosme, actitud vital que lo acompañó hasta concluir con un cuadro de la Quinta Heeren, 48 horas antes de su deceso.



Para Humareda, la pintura no era sólo color, era también forma, armonía, composición, dibujo y realidad. Pero una realidad que tenía que sentirla y gustarle, con temas que debían coincidir con su estado de ánimo y su manera de pensar. «¿Mi cuarto? Mi cuarto es más alegre, me gusta. Me gusta La Parada, el barrio, por su bullicio, por la gente. Aunque también siento agrado por la noche, por las mujeres bonitas, de buenas formas» dijo en una oportunidad Humareda, el pintor que dejó París por Lima, que no tomaba alcohol ni fumaba pues prefería el agua de manzanilla para bosquejar sus trabajos, mientras aguardaba la noche, a cuyo amparo incursionaba en los prostíbulos capitalinos, a la caza de damiselas con quienes fundir sus sueños de acostarse con su adorada Marilyn Monroe, la endiosada rubia norteamericana que también sacó de sus cabales a los todopoderosos hermanos Kennedy.


A pesar de todo a pocos se les ocurre pensar que en el fondo de los callejones y solares de la vieja Lima, en sus hoy destartaladas calles y jirones, en sus cantinas y esquinas, o en sus antros, bulle la vida en todos sus colores y matices, con sus héroes, malos y buenos —todo depende del cristal con que se les mire— y en el quehacer cotidiano de una población anónima, que desde las entrañas de la «bestia de un millón de cabezas», va cincelando también el país; cantando y bailando, añorando, los más veteranos, los tiempos pasados: los valses de Felipe Pinglo Alva, los tangos de Carlos Gardel, enzarzándose como siempre en las interminables discusiones sobre si fue mejor Bienvenido Granda (Angustia de no tenerte a ti /tormento de no tener tu amor/ angustia de no besarte más/nostalgia de no escuchar tu voz/) o Daniel Santos (Ayer se cumplieron diez años/de no ver tu cara/de no mirar tus ojos/de no besar tu boca/), aunque unos y otros comulguen con la inigualable Sonora Matancera, Los Compadres, el trío Matamoros o Celina y Reutilio, clásicos representantes de la música caribeña, cuyos ecos, renovados por viejos o nuevos cultores, siguen dando que hablar y bailar.

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