martes, 14 de octubre de 2008

Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía completa (1982-2008)


Olvido García Valdés

Prólogo de Eduardo Milán
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores

Barcelona, 2008. 460 páginas, 22’50 euros.



En “Después de Y todos estábamos vivos”, uno de los textos teóricos, más que académicos, poéticos, que aquí se incluyen con todo acierto, se lee: “Lo real: no otra cosa que el conocimiento de lo real, impresión, diálogo y huella: experiencia y memoria de la experiencia: sentir saber”, lo que puede tomarse como toda una poética, o incluso una filosofía, una que sabe que lo real se escapa una y otra vez a su aprehensión y sólo permite al sujeto “el conocimiento de lo real”, una de sus figuraciones posibles, uno de sus fantasmas, una de sus irrealidades, al igual que se equiparan “experiencia y memoria de la experiencia”, siendo ésta lo que ya no puede ser aquélla, que aconteció y se desvaneció. Sin embargo, la memoria está ahí y, en su irrealidad, se hace real. Entonces, así el poema: memoria de la experiencia poética, lo real en cuanto conocimiento de lo real. Puede decirse, pues, que estamos ante una escritura que no se engaña, pues se sabe alejada de la experiencia, separada de ella por un abismo que tiene la forma de un cristal que la transparenta o la imagen en un espejo que la refleja fuera de ella.

Así, esta poesía cabe insertarla en las poéticas del conocimiento, lo que ha de leerse como indagación en lo desconocido por cuanto no dicho, de manera que, antes de ofrecer una información que se comunica, se da al lector una palabra que lo atrae hacia un saber que no sabe.

Desde tales presupuestos, la obra poética de Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950) resulta ser la de “una poeta mayor”, como la califica con toda razón Eduardo Milán en su esclarecedor prólogo de este volumen que recoge los seis libros publicados –con algunas supresiones y alteraciones– más once poemas inéditos y una sección, “De la escritura”, teórica, como ya ha quedado dicho.

Todo el conjunto es de una excelencia rara –por lo poco común– y no sólo por el rigor del planteamiento, sino por el lenguaje mismo de los poemas. Siendo que en éstos no falta nunca la presencia de lo concreto –objetos, plantas, animales, personas–, y ello otorga una nota de sensualidad, la situación, la anécdota, suelen difuminarse hasta adquirir el decir una cierta cualidad de abstracto. Se trata, creo, de que, aun partiendo de las cosas, la poesía de García Valdés busca decir el ser, atraparlo hacerlo presente, pero él mismo y la intermediación de la palabra oponen sus resistencias a tal operación. Así, la dicción está signada por una tensión –lo dicho, lo por decir– que no puede resolverse y esa tensión genera lo poético. Esto permite hablar de mística en el sentido genuino del griego: lo relativo a los misterios, lo secreto. Las cosas y el más allá de las cosas, el ser; y convendrá recordar a Heidegger cuando escribe que “el concepto de ‘ser’ es el más oscuro”.

Si se trata, pues, de decir esa oscuridad, o de intentarlo, el discurso deberá acusar tal empresa. Quizá lo más característico del estilo de García Valdés sea la eliminación de conexiones, tanto en el nivel puramente sintético, como en el de la construcción general del texto. Ella misma ha señalado su preferencia por la yuxtaposición –y añade: “Es el tropo del cine y de la vida: ella, los pájaros–; y en cuanto a lo segundo, el salto de un pronombre personal a otro, los desplazamientos de la mirada de lo evidente a lo invisible, de lo exterior a lo interior, de lo concreto a lo abstracto, etc., son algunas de las estrategias. El resultado: palabra poética y en muy alto grado.

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