sábado, 11 de octubre de 2008

Esto no es el silencio

Ada Salas

Por: José Luis Gómez Toré

Ed. Hiperión


Ada Salas (Cáceres, 1965) se ha convertido en una referencia ineludible de la poesía española de los últimos veinte años más allá de su fácil adscripción a etiquetas tales como "poesía del silencio" (a la que probablemente, como ha señalado ya la crítica, se alude en el título), etiquetas que no dejan de ser cajones de sastre que acaban desdibujando la personalidad de cada trayectoria individual.

Si la labor del crítico resulta siempre arriesgada, más lo es cuando se pretende sumar a este precario y sospechoso oficio el de vidente y se intenta predecir, en el borroso fondo de alguna bola de cristal, la futura trayectoria del autor. Sin embargo, me atrevería a afirmar que Esto no es el silencio es el comienzo nueva etapa en la poesía de Ada Salas, siempre que no entendamos la referencia a distintas etapas con una ruptura frente a lo anterior. Hay en Esto no es el silencio una evidente continuidad con la escritura poética que culmina en el espléndido Lugar de la derrota, pero también la búsqueda de nuevos horizontes.

Un elemento novedoso que podría parecer superficial pero que, en mi opinión, va más allá de lo puramente formal, es el hecho de que, en Esto no es el silencio, la escritora tienda, frente a las formas brevísimas de su anterior libro, a poemas de mayor extensión como si la escritura necesitar ampliar su diálogo con el mundo, huir del ensimismamiento al que naturalmente tiende la voz lírica: "Yo sé que tienes algo que decirme/ mundo. Voy a limpiarlo todo para que todo/ sea/ aún más transparente". La búsqueda de la transparencia, de la luz, de la evidencia material de las cosas, de la presencia de los otros, atraviesa todo el poemario. Sin embargo, el yo poético no puede dejar de constatar la resistencia que ofrece la realidad, como si la sola mirada humana pusiera un velo entre el que contempla y lo contemplado, una distancia dolorosa que es paradójicamente al mismo tiempo cercanía pues la escisión no se da sólo entre el yo y el mundo, sino también en el propio yo. De ese dolor se nutre la poesía de Ada Salas, que afortunadamente se olvida de hacer literatura, y por eso su voz nunca suena impostada. Si bien en ocasiones, en algún poema, se acerca tal vez a un excesivo patetismo, sin embargo ese pathos, las más de las veces vertido en su medida justa, nunca llega a ahogar la capacidad de sugestión de una escritura muy consciente de sí misma.

No es de extrañar que, junto a las frecuentes referencias a la naturaleza (entre las que no falta un peculiar bestiario formado por cocodrilos, flamencos, rinocerontes, tigres, buitres, jabalíes, anguilas, babosas...), abunden las alusiones metapoéticas (eso sí, rara vez explícitas y alejadas de cualquier tipo de alarde culturalista). La pregunta por el propio habitar en el mundo conduce a la pregunta por el sentido de la escritura poética, una pregunta que no encuentra respuestas consoladoras. En este sentido, me parece muy significativa la referencia a Caeiro/Pessoa en uno de los poemas: "Leo a Caeiro y Caeiro me enseña/ de nuevo/ lo que olvido". La referencia literaria (la única explícita en el libro) llama la atención precisamente por lo inesperado, por la distancia que existe entre la escritura antimetafísica y casi antipoética de Caeiro y la poesía de marcado carácter existencial de Ada Salas.

Octavio Paz ha escrito: "Caeiro es todo lo que no es Pessoa y además todo lo que no puede ser ningún poeta moderno: el hombre reconciliado con la Naturaleza " De esa imposibilidad surge precisamente la atracción que el heterónimo del poeta portugués ha despertado en tantos poetas modernos que encuentran en Caeiro (así Ada Salas, si mi interpretación es correcta) un espejo invertido de su propia escritura y el reflejo de un anhelo imposible. Como diría Schiller, el poeta moderno quisiera ser ingenuo pero se ve abocado a ser sentimental (es decir, en la vieja clasificación del poeta alemán, una voz que constata su distancia con el todo, que se sabe fragmento desgajado de la unidad del mundo natural). Se oculta, en muchos de estos poemas, el deseo de que la palabra propia sea como la de Caeiro, pura presencia de las cosas, pero Ada Salas es demasiado honesta consigo misma para engañarse, para no constatar la distancia que crea la conciencia, una fisura que la palabra quisiera cerrar para siempre y que, sin proponérselo, ahonda. De ahí la amarga ironía que aparece de pronto en el poema: " con esta torpe ansia/ de darle forma a un mundo/ que no la necesita".
Estamos ante el viejo problema de la mediación que aparece no sólo en Pessoa, sino también en poetas como

Hölderlin o Valente y en críticos como Paul de Man: el verbo que quiere hacer carne, presencia real, y la dolorosa contatatación de que toda epifanía poética acaba revelando la imposibilidad de confundir palabra y mundo. Por ello, no creo que pueda reducirse el título del libro a una irónica distancia frente a etiquetas y clasificaciones académicas. Ada Salas sabe que la palabra poética no se resigna a ser mero intermediario entre la conciencia y el mundo. La poesía tiende naturalmente al silencio como espacio de reconciliación, reconciliación que puede expresarse en el lenguaje de la experiencia mística. Sin embargo, la poeta sabe que esa reconciliación no es definitiva y, a diferencia del místico, percibe la ambiguedad de ese silencio, que puede ser no el de la plenitud de la vida, sino el de la certeza de la muerte. Por ello, la palabra, que nace como un impulso vital, debe pronunciarse pese a todo lo que parece negarla: una palabra que a veces anhela ser silencio, borrarse en la sombra, y otras veces quisiera ser carne, animal visible, y que siempre debe habitar ese lugar fronterizo, esa casa a la intemperie que es la condición humana, entre lo real y el sueño: "Lo no reconocible/ que vive en lo real/ y lo fulmina a veces/ y queda boqueando como un pez en sequía". Nos reconocemos entonces como un animal que sueña ("Pero acaso ésta sea/ -este torpe decir-/ tu manera animal/ es decir/ más humana"), que se sabe más animal precisamente en ese intento de trascender esa animalidad, esa pertenencia a un mundo para el que somos a la vez hijos y extraños.

Esto no es el silencio no sólo muestra una ambición, siempre de agradecer, por parte de su autora, que no ha querido acomodarse y ha sabido ir más allá de los caminos ya ensayados. No estamos frente a un mero intento de renovación formal (de hecho, la escritora apenas se distancia del lenguaje simbólico que aparece en su poesía anterior): hay también un deseo de ir más allá, de cuestionarse la propia mirada sobre el mundo, que hace muy difícil una vuelta atrás. Así, estos poemas, sin dar la espalda a la escritura anterior, ofrecen una nueva hondura y una nueva complejidad a la siempre iluminadora poesía de Ada Salas. Afortunadamente, esto no es el silencio sino la certeza de una voz que nos sigue hablando con palabras necesarias y verdaderas.

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